Si en Chile hubiera mucha libre competencia, los trabajadores no solo deberían ser capacitados por las empresas para poder competir entre ellas, sino que éstos podrían optar a mejores empleos, ingresos y financiamiento para sus propios proyectos.
Publicado el 07.05.2016
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«Es distinto ser un emprendedor a ser dueño de un negocio». Esa sutil distinción ―que hizo el doctor en Biotecnología, Nima Sanandaji, durante su conferencia en la universidad Finis Terrae― implica la idea del conocimiento disperso y la destrucción creativa como factores que, nos guste o no, son los que dinamizan una economía o la vuelven estancada. No es lo mismo tener muchos dueños de negocios pequeños que muchos emprendedores. Si fuera lo mismo, bastaría con iniciar una política pública que genere nuevos propietarios de quioscos, todos dedicados a vender revistas y esperar a que la innovación aparezca. Tarde o temprano esa lógica tocaría el fondo del atasco.

Lo mismo ocurre a gran escala en cuanto a las exportaciones, sobre todo de materias primas. Que todos se pongan a producir kiwis no hace innovadora la economía. La innovación tiene relación con la forma en que el conocimiento ―siempre disperso― se utiliza y aprovecha en una economía. Este factor dinámico y global por donde se mire, hace inviable la visión de una economía rentista, estática, cerrada o autárquica, dependiente de una materia prima o de un monopolio productivo a manos del Estado. Salvo que nos conformemos con una lógica de subsistencia.

En Chile, lamentablemente, predomina una arraigada mentalidad rentista, no solo en el mundo empresarial, sino también en el ámbito político y científico. Incluso las medidas que se proponen para acabar con dicha concepción o para promover mayores emprendimientos e innovación tecnológica, responden a esa mentalidad: alguien debe darnos los tractores para producir más trigo. Como dijo el economista de Harvard, Ricardo Hausmann, tiempo atrás con respecto a nuestro país: «sabemos muy poco para ser desarrollados».

El economista no se refería a estar llenos de profesionales o doctorados ni burócratas expertos, sino a personas con el know how que se genera en las empresas. Ese conocimiento que nos permitiría dejar de seguir vendiendo los mismos arándanos de hace 30 años, como el mismo Hausmann criticó en esa oportunidad. Eso depende de una actitud, lo que el economista Israel Kirzner llama perspicacia empresarial (alertness), que permite usar los saberes buscando nuevas posibilidades. Esto es algo que no se aprende necesariamente en las escuelas o universidades, sino en las empresas, pero que además requiere de marcos institucionales formales y sobre todo informales que permitan y favorezcan aprovechar el conocimiento y la innovación.

Difícil desafío tomando en cuenta que en Chile confundimos el uso del conocimiento con la posesión de títulos académicos. Estamos llenos de profesionales con ganas de ser gerentes de inmediato, pero pocos con las ganas de aprender nuevas cosas trabajando o de buscar nuevas opciones a partir de sus habilidades. Ni hablar de la aversión al fracaso que culturalmente tenemos arraigada como chilenos. Al primer intento y tropiezo, en Chile te dicen: Mejor dedícate a otra cosa o búscate una pega de verdad. Creemos, erróneamente, que para ser innovador debes tener un doctorado o tener un gran capital y ganar dinero de inmediato.

¿Cuánto talento, conocimiento e innovación desperdiciamos bajo ese sesgo? No me refiero solo al sistema educativo, entrampado en el siglo XIX y cuyo único propósito parece ser producir gente titulada, sino a la visión sesgada con respecto a la innovación en todo sentido. Ningún banco chileno financiaría a un tipo, con una idea genial pero arriesgada. Primero le pedirían el título profesional.

En nuestro país, tampoco se considera la capacitación constante del trabajador como un elemento clave de la innovación. Las compañías invierten muy poco en investigación y en capital humano, aun cuando eso les permitiría fortalecer su competitividad. Los trabajadores tampoco ven en la capacitación algo beneficioso para ellos. Sin embargo, según la economista Deirdre McCloskey, actualmente esta es la principal fuente de capital para los trabajadores, al permitirles ser más competitivos y elevar sus salarios. Obviamente, eso requiere una economía competitiva donde el trabajador, con sus habilidades fortalecidas, puede optar a diversos empleos, nuevas capacitaciones y a crear sus propias empresas.

Si en Chile hubiera mucha libre competencia, los trabajadores no solo deberían ser capacitados por las empresas para poder competir entre ellas, sino que éstos podrían optar a mejores empleos, ingresos y financiamiento para sus propios proyectos. Pero actualmente el escenario no es ese y las habilidades de los trabajadores no son potenciadas, por lo que es fácil promover discursos rancios como los de la CUT, donde empleadores y empleados parecen ser contrarios y antagonistas.

Por otro lado, en todas estas discusiones hay un factor que siempre se obvia, el centralismo político administrativo chileno. Nuestro rentismo es tremendamente centralista y de viejo cuño en Chile. El problema es que nuestras políticas y propuestas contra éste también son centralistas y rentistas. Por ejemplo cuando se dice que el Estado debe ser dueño de las empresas estratégicas. Es decir, se propone pasar de un rentismo privado a uno estatal o corporativista. Pero sabemos que el rentismo estatal no es garantía de éxito productivo ni de desarrollo económico. Venezuela es un buen ejemplo de aquello actualmente.

Lo mismo sucede cuando se plantea dar privilegios a ciertos gremios o regiones. Es centralismo y rentismo a la vez. ¿Y si promovemos descentralizar tributariamente el país, por ejemplo, para permitir diversificar las inversiones y la productividad a nivel regional? Los mismos promotores de la descentralización se espantan cuando escuchan aquello. O sea, muchos hablan de descentralizar pero quieren mantener la dependencia con respecto al centro político administrativo. En el fondo, mantienen el rentismo ¿Le suena a lo ocurrido con Aysén años atrás y ahora con Chiloé?

Una última reflexión. En Chile pretendemos transformar nuestra mentalidad rentista de sopetón, sin considerar aspectos culturales fuertemente arraigados que harían del aventón un impulso sin sentido. Acabar con el rentismo estatal y empresarial, promoviendo la innovación y el emprendimiento no trata solo de iniciar negocios. Innovar es aprender. Es buscar nuevas formas. Eso requiere promover la perspicacia de la que habla Kirzner. Eso exige cambios a nivel institucional sin duda, pero en primer lugar, un cambio de mentalidad.

 

Jorge Gómez, Director de Investigación Fundación para el Progreso.

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO