Podrán darse facilidades para que quien realmente quiera omitirse del ejercicio democrático lo haga, pero la regla general debe ser como las cosas son en la realidad: el voto no es un privilegio, tampoco una obligación: el voto es una responsabilidad.
Publicado el 02.10.2016
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Las modas son peligrosas, así llegamos a los pantalones pata de elefante y a las chaquetas amasadas. El populismo es una moda que, como casi siempre que se importan soluciones extranjeras, nos llegó mal y tarde. Hoy sufrimos las consecuencias de lo que podríamos llamar el Transantiago de nuestra democracia: el voto voluntario. Otro error sería la elección de intendentes, pero eso es otra historia.

Así como más elecciones no hacen una mejor democracia, más libertad para elegir si votar o no tampoco hace una democracia más fuerte, sino una menos representativa y satisfactoria.

La democracia chilena es frágil, lo expuso bien en los 80 el abogado Pablo Rodríguez Grez en “El Mito de la Democracia en Chile”. Allí se explica con detalles cómo hasta 1930, las élites concentraron todo el poder a través de instrumentos como el cohecho, el caciquismo, el poder económico y, el peor de todos, la bajísima votación con relación a la población, porque este defecto fue (y ha vuelto a ser) el pilar que hace fácil (e incluso más barato) el ejercicio de los otros instrumentos de manipulación de nuestra democracia. Sin concordar con Rodríguez en sus conclusiones, el ejercicio de diagnóstico es notable.

Otro ejercicio, desde un prisma político totalmente opuesto, es el que hizo más recientemente el historiador Felipe Portales en “Los Mitos de la Democracia en Chile”: cómo transitamos de la figura del Gran Elector (el Presidente en ejercicio) en el siglo XIX, al cohecho después de la guerra civil de 1891, apreciado como una institución “correctora de la democracia” por las élites culturales, políticas y económicas. De allí, nos recuerda cómo en 1925 se instauró la cédula única (gran remedio contra el cohecho aún no implementada en Argentina, por ejemplo), lo que produjo un resultado tan inesperado -el candidato proclamado a la rápida por la Convención de Asalariados de Chile obtuvo casi el 30% de los votos contra Emiliano Figueroa- que rápidamente se dio marcha atrás y se eliminó la cédula única hasta 1958.

Nunca nuestro sistema electoral fue más democrático que en el ejercicio del sistema legado por el Gobierno Militar y administrado por la extinta Concertación. Se produjeron y agudizaron otros vicios, eso sí: el cuoteo y blindaje de candidaturas, el asistencialismo, el “cosismo” y la exacerbación del marketing político, entre otros, vaciando a la política de valores y contenidos.

Se hacía necesaria una corrección, efectivamente. Pero las élites muchas veces aprovechan los diagnósticos correctos que se instalan en la sociedad para imponer soluciones a problemas que la sociedad no tiene, pero ellos sí: hoy basta con amarrar al 5% de los votantes potenciales de cualquier comuna o distrito (o menos) para asegurar casi cualquier elección.

Vemos como campea lo anti-sistema, los caudillos que creen ser un partido en sí mismos, las camarillas instaladas que dominan territorios a su antojo, y a ellos conviene el voto voluntario. Pero no conviene a la nación: perjudica al país.

Como planteó Rodríguez en los 80, la democracia liberal hizo crisis cuando ya no bastaba imponer la visión de una élite, sino que era necesario conjugar las necesidades e intereses de diferentes grupos y estratos sociales.

Chile es un barco que se manejó firme en el siglo XIX cuando el capitán dirigía consultando sólo a sus oficiales y designaba a su sucesor, pero los marineros y pasajeros no tenían ni siquiera voz.

Luego, logró avanzar, después de Balmaceda, cuando se instauró un sistema en que se generalizó el voto, pero en que la oficialidad y la primera clase financiaban pagos directos o indirectos a quienes votaban.

Hubo relativa universalidad y libertad en pocas elecciones desde 1958 hasta el gobierno de Allende, pero coincidió con el período convulsionado e ideologizado de la guerra fría, llegando a producir a un Capitán del barco que afirmaba que él no era Capitán de todo el barco, sino sólo de aquellos grupos que lo apoyaban (un tercio de los pasajeros).

Pasamos a la supresión de la democracia en un Gobierno que hizo avanzar el barco más que muchos otros buques comparables y que, además, hizo mejoras estructurales en él, pero a costa del sacrificio de muchos pasajeros. Nadie lo eligió, fue culpa de todos, pero los beneficios de esos grandes cambios los disfrutamos hasta hoy, aunque no se sabe hasta cuándo.

Con el plebiscito del 88, llegamos a una democracia representativa donde todos los pasajeros, tripulantes y oficialidad votaban para elegir y generar a un grupo de oficiales que tenían el poder; sin embargo, a poco andar, se formaron bolsones en este buque en que grupos de oficiales se instalaron, dominando su sección sin contrapeso. Y la oficialidad cayó en desprestigio y la generalidad de los pasajeros comenzó a sentir que su voto no importaba.

Entonces una parte de la oficialidad que pecó de ingenuidad y otra que dominaba a su antojo sectores del barco y grupos de personas, determinaron el “remedio”: el voto voluntario.

Y hoy proliferan los caudillos que despotrican contra los partidos y nuestras instituciones, logrando que aún menos gente vote y, de esta forma, sus bolsones de electores pesan cada vez más. Pero sus intereses no son los de la mayoría, siendo absolutamente incapaces de unificar voluntades y conciliar los intereses de los diferentes grupos que transporta el barco.

¿Será mucho pedir que nuestros políticos sean valientes y patriotas? Es la hora de que emerjan figuras que se agranden al liderar, que se pongan al frente y avancemos del “voto voluntario” al “voto responsable”. Podrán darse facilidades para que quien realmente quiera omitirse del ejercicio democrático lo haga, pero la regla general debe ser como las cosas son en la realidad: el voto no es un privilegio, tampoco una obligación: el voto es una responsabilidad. Los muchos derechos que se han reconocido no pueden ser gratuitos, sino que su ejercicio debe estar condicionado a que cada uno cumpla con sus responsabilidades, incluida la de votar y generar a nuestras autoridades.

Este barco llamado Chile es uno solo. Si naufragamos o si llegamos a puerto lo hacemos todos. Hoy Chile necesita el liderazgo político grande, ese que sale en los libros de historia y no sólo en las hojas de cálculo.

 

José Ignacio Pinochet Olave, abogado y Presidente del Tribunal Supremo de Renovación Nacional.

 

 

 

FOTO: FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO