Es un mes de conmemoraciones, en el pasado celebradas con ardor, que devinieron, por el desarrollo mismo de la historia, en fechas amargas o cuando menos incómodas.
Publicado el 07.11.2017
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Probablemente noviembre, y en especial este noviembre, sea el mes más complicado para la izquierda chilena. Es un mes de conmemoraciones, en el pasado celebradas con ardor, que devinieron, por el desarrollo mismo de la historia, en fechas amargas o cuando menos incómodas.

Podemos comenzar con este 7 de noviembre, cuando se cumple el centenario de la Revolución Bolchevique (en rigor, un golpe de estado), liderada por Vladimir Ilich Lenin, que instaura el socialismo a sangre y fuego en Rusia. Esa etapa constituyó la antesala al régimen estaliniano, el régimen de terror que más comunistas ha ejecutado, que derrotó al nacional socialismo en el campo de batalla y sólo expiró con el fallecimiento (plagado de especulaciones) de José Stalin. Pocos años después de la caída del Muro de Berlín y el desplome de los gobiernos comunistas de Europa del este, la Unión Soviética decide disolverse.

Hoy ni Vladimir Putin, líder de Rusia y ex agente de la KGB instalado en Berlín Este hasta el fin del socialismo, muestra interés por la revolución. Si bien su ambición de reinstalar a Rusia entre los grandes del planeta coincide con la de la extinta URSS, su agenda es diferente en lo económico, aunque no tanto en lo relativo a los derechos individuales, la tolerancia y la democracia. Se dice que el éxito tiene muchos padres y que el fracaso es huérfano, y esto ocurre con la revolución bolchevique. Ya no es posible ver en la Plaza Roja las legendarias paradas militares en honor a Lenin. Imagino que, en Rusia y Chile, los incorregibles y nostálgicos de siempre aplaudirán en actos minoritarios y retrógrados a Lenin, Stalin y el socialismo.

Esa primera semana de noviembre es complicada para la izquierda por otra razón: se conmemoran los cincuenta años del congreso en Chillán del Partido Socialista chileno. El documento final contiene, entre otras resoluciones descabelladas, la siguiente: “La violencia revolucionaria es inevitable y legítima. Resulta necesariamente del carácter represivo y armado del Estado de clase. Constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y económico, y a su ulterior defensa y fortalecimiento. Sólo destruyendo el aparato burocrático y militar del Estado burgués, puede consolidarse la revolución socialista”.

Esta visión de los socialistas (plenamente coincidente hoy con la del candidato Artés) sobre el poder en el Chile de 1967 —cuando gobernaba el DC Eduardo Frei Montalva, político de innegable trayectoria democrática— tiene responsabilidad innegable en el drama del 11 de setiembre de 1973. Esta convicción, profunda en el principal partido de la Unidad Popular en la estrategia para acceder al poder, sembró el terreno para que la polarización política extrema entre chilenos terminara resolviéndose con armas.

Supongo que, al igual que en el caso de la revolución rusa, pocos en Chile desean conmemorar hoy este congreso. Sin embargo, lo peor es optar por la amnesia en lugar de extraer las lecciones ante el país, en lugar de asumir la responsabilidad propia y proponer con nitidez la ruta que ese influyente partido ofrece hoy al país. Esa oferta no puede desligarse del recuerdo del congreso de Chillán y de una crítica a quienes siguen postulado la división nacional y la violencia como modo de llegar al poder para refundar a Chile.

Pero noviembre acarrea más fechas complejas para el sector. Fue el 3 de noviembre de 1970 que Salvador Allende asumió la Presidencia. Allende no obtuvo el triunfo en las urnas (allí alcanzó sólo el 36,8% del sufragio popular), sino en el Congreso, gracias a que parlamentarios de la DC —cuyo candidato había llegado en tercer lugar, detrás del independiente de derecha Jorge Alessandri— le entregaron una mayoría circunstancial, atada a un pacto de respeto al orden democrático.

Este tres de noviembre pasó prácticamente ignorado. En época de elecciones, la izquierda prefirió guardar las banderas con su rostro, porque Allende divide a los chilenos y pocos anhelan el regreso a un gobierno como el que encabezó. Bien miradas las cosas, lo que la izquierda mesurada reconoce hoy en Allende es su decisión de morir por sus ideales, en un continente donde sus principales líderes, a “la hora de los mameyes”, se entregaron al enemigo que combatían con las armas en la mano: Fidel Castro después del ataque al Cuartel Moncada; Ernesto Guevara en Bolivia, donde es ejecutado al día siguiente de su rendición, y Hugo Chávez, que se rinde tras su fallido intento de golpe de Estado.

Los recuerdos amargos siguen para la izquierda en noviembre: el 9 se cumplen 28 años de la caída del Muro de Berlín, que implicó el fin del “socialismo real” más exitoso de Europa oriental y la desaparición, por voluntad ciudadana, del Estado de la República Democrática Alemana, y el ingreso de esos ciudadanos a la República Federal de Alemania. Hasta el momento, Alemania occidental ha tenido que destinar billones de euros al saneamiento de la ex economía socialista y a la nivelación de condiciones de vida entre ambas zonas.

Aunque en Chile hay connotados políticos nostálgicos de la RDA, el Muro y su dirigencia —gente que dice no haber visto, durante su exilio en ese país de partido único, la muralla en Berlín ni notado la insatisfacción ciudadana ni la represión política—, cuesta imaginar que muchos izquierdistas deseen celebrar la libertad de los alemanes con los cuales convivieron encerrados detrás del Muro.

Y, como si fuera poco, se aproximan las elecciones del 19 de noviembre. Todas las encuestas pronostican una amplia victoria de Sebastián Piñera, e incluso hay una experta en encuestas, de simpatías por el oficialismo, que anuncia que el candidato de la centroderecha obtendrá la mayoría absoluta en primera vuelta.

Noviembre, por lo tanto, es un mes de crisis para la izquierda chilena. Pero la crisis implica también oportunidades, alternativas, la posibilidad de renacer. Y creo que noviembre, con su collar de conmemoraciones de fracasos, le brinda a la izquierda socialdemócrata, liberal, tolerante, moderna, que se halla aún arrinconada, a la defensiva y que se oculta ante los jacobinos como una tortuga ante el peligro en su caparazón, la posibilidad de resucitar, fortalecerse, desplegar sus banderas democráticas y modernizadoras, ajenas a dogmas derrotados y al populismo estancador.

Eso le permitiría desplazarse hacia el centro y convertirse en una fuerza más que estima que el futuro de Chile se escribe a partir de acuerdos, de consensos, de saber convivir en la diversidad y de buscar el reencuentro de los chilenos. Sólo políticos con esa actitud y proyectos viables podrán contribuir a la construcción de un país más justo, digno, solidario y horizontal. Eso les permitirá, ademá,s recuperar a su vez la confianza perdida de la ciudadanía.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero

 

 

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