Cuatro años más puede ser mucho o poco tiempo; eso depende de múltiples variables. Sin embargo, no sería aventurado decir que Japón —camino a los próximos JJ.OO.— enfrentará nuevos e importantes desafíos en su constante proceso de cambio y modernización.
Publicado el 28.08.2016
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No cabe duda de que uno de los momentos más sorprendentes de la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos de Río, fue el video con el que se anunció el destino y la fecha de la próxima cita olímpica: Tokio 2020.

Japón ofreció un hermoso espectáculo en que se combinaron imágenes de atletas compitiendo en diferentes disciplinas, bellas postales de su capital y muestras de la avanzada tecnología de este país. Incluso estuvieron presentes figuras emblemáticas del animé y los videojuegos, como Los Supercampeones, Doraemon, Hello Kitty y Pac-Man (algunos echamos de menos a Mazinger Z y a Ultraman). Pero el momento culminante fue ver al primer ministro, Shinzo Abe, convertirse en el personaje de Super Mario y aparecer en pleno estadio Maracaná, como si hubiera cruzado el mundo en apenas unos segundos.

Que Tokio vuelva a ser sede de unos Juegos Olímpicos —ya lo había sido en 1964— representa un largo anhelo de este país. Y, sin duda, será la oportunidad para que Japón muestre no solo su impresionante infraestructura deportiva (aunque mucha de ella aún está en construcción), sino también su capacidad organizativa en términos de seguridad y logística.

Cuatro años más puede ser mucho o poco tiempo; eso depende de múltiples variables. Sin embargo, no sería aventurado decir que Japón —camino a los próximos JJ.OO.— enfrentará nuevos e importantes desafíos en su constante proceso de cambio y modernización.

Uno de ellos tiene que ver con la figura del emperador Akihito, quien a sus 82 años hizo noticia hace algunas semanas, cuando —a través de un discurso en video— puso sobre la mesa la posibilidad de abdicar, pues ya no se sentiría capaz de continuar cumpliendo las tareas que involucra su cargo. Un tema que aún está lejos de resolverse, debido a que hoy no existen los mecanismos que permitan concretar su renuncia.

Akihito es el 125º emperador de una dinastía que tiene más de 2.700 años de antigüedad y desde que subiera al trono en 1989, se ha caracterizado por su irrestricto compromiso con la paz y la reconciliación regional.

Por ejemplo, ha visitado China y Filipinas, dos de los países asiáticos que fueron invadidos por Japón durante su etapa imperialista, mostrando su arrepentimiento ante los crímenes de guerra cometidos por el Ejército de aquella época.

En ese sentido, el emperador Akihito representa un monarca que ha buscado ir con los tiempos, rompiendo muchas veces el protocolo y las tradiciones. Así lo demostró al visitar —junto a la emperatriz Michiko— zonas afectadas del país por el terremoto y tsunami de 2011, compartiendo con sus ciudadanos.

Lograr que se establezca formalmente el procedimiento para abdicar —siguiendo los pasos de Beatriz de Holanda y Juan Carlos I de España— sería no solo un éxito personal del emperador Akihito, sino también una clara señal de modernización de la casa imperial.

Otro frente es la situación económica del país. Porque a pesar de ser la tercera economía más poderosa del mundo, Japón enfrenta un crecimiento muy por debajo de sus expectativas. De hecho, el gobierno confirmó que el PIB japonés solo creció un 0,2% durante el segundo semestre de este año, muy por debajo del 0,7 esperado. Y que pone a prueba la efectividad de las políticas de reactivación económica impulsadas por el premier Abe —conocidas como “Abenomics”—, desde que llegó al poder en 2012.

El bajo nivel de consumo interno, así como la incertidumbre de las economías internacionales, son algunos de los elementos que influyen en este estancamiento. Pero que el gobierno japonés espera revertir con un nuevo paquete de medidas por más de US$ 110 mil millones.

Otro cambio importante de Japón tiene que ver con su política de defensa, que en los últimos años ha sido puesta a prueba reiteradamente por la agresividad del régimen norcoreano —a través de sus ensayos nucleares y pruebas de misiles balísticos— y las pretensiones territoriales de China en diferentes áreas del Pacífico.

Frente a ello, Tokio ha dado pasos trascendentales para que sus fuerzas de autodefensa tengan una mayor capacidad ofensiva y la posibilidad de operar en el extranjero, fundamentalmente como parte de operaciones de paz y estabilización. Todo lo anterior, sin renunciar a la impronta pacifista de su Constitución.

Solo cuatro años nos separan de la próxima cita olímpica. Y durante ese lapso, Japón seguramente continuará cambiando y adaptándose a un mundo que resulta cada vez más dinámico. Nos vemos en Tokio 2020.

 

Alberto Rojas M., Director Observatorio de Asuntos Internacionales Universidad Finis Terrae.

 

 

FOTO: SONOTOKI/FLICKR.