Frente a esta manifestación silenciosa, tal vez lo aconsejable sería volver al sentido común y escuchar más y mejor a los votantes, quienes no suelen estar representados por las demandas de algunas ruidosas minorías.
Publicado el 18.11.2016
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En los últimos procesos eleccionarios que hemos vivido y observado en el mundo, estamos resultando sorprendidos en forma reiterada. Escuchamos y leemos múltiples descripciones y opiniones de los fenómenos sociales que podrían estar operando para que los resultados nos parezcan sorprendentes y se comenta: “Fallaron las encuestas”. La pregunta que queda en el aire es, ¿están fallando? Y si es así, ¿por qué?

El resultado de referéndum acerca del Brexit sorprendió al mundo, lo mismo que la consulta por el acuerdo de paz con las FARC en Colombia; sensación similar nos dejó el resultado de las elecciones municipales en Chile y la última gran sorpresa la dio el triunfo de Donald Trump en Estados Unidos. Gran sorpresa respecto de lo que anticipaban las encuestas, pero ¿son realmente éstas las que están fallando? ¿O su solo resultado ya no basta para analizar y proyectar?

Al parecer estábamos acostumbrados a que cuando uno o más sondeos tendían a anticipar un resultado, las elecciones no hacían más que corroborarlo. Bueno, pues eso parece estar cambiando y pone en duda la interpretación simple y directa de los resultados de determinadas encuestas e incluso del conjunto de ellas, sin considerar otros factores de contexto adicionales que convergen en forma compleja.

Las encuestas consultan a grupos representativos en cierto momento, de ellos no sabemos cuántos tienen una preferencia definida en ese minuto y si la cambiarán, ni cuántos realmente manifiestan su verdadera intención o se la guardan, ni tampoco cuántos votarán efectivamente el día de la elección. Estos y tal vez otros factores pueden hacer difícil la proyección y eso se lo dejo a los expertos. Pero sí sabemos que, además, hay otras dos realidades interactuando como las dos caras de una misma moneda: el voto voluntario y la abstención.

Ambos ya son parte de la realidad electoral chilena y debemos considerarlos a la hora de hacer lectura de los resultados de las encuestas o al menos del análisis en torno a su resultado. En principio, el voto voluntario ha disminuido la cantidad de votantes que participan de los procesos en Chile y aunque veremos qué ocurre en el futuro, la tendencia parece indicar que un grupo desafecto o desilusionado de la política, o del sistema político, prefiere abstenerse, dejando así las decisiones a quienes tienen una opinión y preferencia definida dentro de las posibilidades que se ofrecen.

En este momento es cuando recuerdo a analistas haber mencionado el término “voto castigo”, para referirse a aquella situación en que una porción de la población que se esperaba fuera de centro o de una tendencia en particular, se vuelca en sentido contrario para mostrar su descontento con un candidato, partido, coalición o propuesta en particular. Hoy parece estar operando un nuevo fenómeno, que es: no voto, para así castigar o manifestar de alguna manera mi descontento con el estado de cosas o con la oferta electoral.

Claramente, a un año de las próximas elecciones presidenciales en Chile, no basta el solo resultado de las encuestas para poder proyectar lo que ocurrirá. Otros factores tan reales como la abstención estarán incidiendo en lo que ocurra. ¿Será que estamos en la presencia de un nuevo fenómeno: el “No voto, castigo”? Y frente a esta manifestación silenciosa, tal vez lo aconsejable sería volver al sentido común y escuchar más y mejor a los votantes, quienes no suelen estar representados por las demandas de algunas ruidosas minorías.

 

Mónica Reyes R., Fundadora de Makers Liderazgo Femenino

 

 

FOTO: MARIO DAVILA/AGENCIAUNO