Proteger a los animales del abuso, maltrato y la crueldad no es una postura mal intencionada, pero se puede convertir en una amenaza cuando predominan exaltaciones que logran marginar a la razón y reducen el comportamiento humano a meros impulsos y sentimentalismos.
Publicado el 27.05.2016
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Complacencia morbosa frente al drama humano. Una frase cruda e incómoda, y para algunos quizás hasta políticamente incorrecta, para describir las agrias manifestaciones en contra de la temeraria e incomprensible conducta de Franco Ferrada. Quien, el pasado 21 de mayo, literalmente se arrojó a la jaula de los leones del Zoológico Metropolitano, a vista y paciencia de todos los presentes.

Desde entonces, las redes sociales explotaron con expresiones de horror, pero lo más sorprendente, por no decir inconcebible, es que hubo muchas muestras de abierto rencor hacia el joven. Antipatía por doquier, al responsabilizarlo de haberle provocado injustamente la muerte a “Manolo” y “Flaquita”.

El inesperado hecho provocó, incluso, furiosas opiniones desde el extranjero destinadas a condenar el actuar del personal del zoológico por no haberle salvado la vida a los felinos; y la concurrida velatón, en memoria de los leones, a pocas horas del suceso, contrasta con la arremetida de amenazas, gritos e insultos que han debido enfrentar los funcionarios del parque, a pesar de que tomaron la correcta decisión de anteponer la vida humana por sobre la animal.

¿Qué ha sucedido en nuestra sociedad para que se llegue a cuestionar el valor inconmensurable de la vida humana? ¿Es que hemos perdido toda capacidad de empatía, compasión y compromiso hacia los demás?

Einstein señaló que estaba seguro de que existían dos cosas infinitas: el Universo y la estupidez humana, pero que, en realidad, de la primera, no tenía completa certeza. Por cómo ciertas personas reaccionaron tras los hechos, el axioma del físico alemán se mantiene (inalterado).

Acorde al filósofo inglés Roger Scruton, nosotros también somos animales, pero de una clase muy particular, ya que sólo los seres humanos poseemos conciencia moral. Esto suscita que a ninguno de nosotros se nos pueda tratar como a una mascota, a la cual se le puede amaestrar, domesticar e incluso acariciar sin su consentimiento.

Por otra parte, gozamos de derechos, pero también de responsabilidades y la obligación de cumplir deberes sociales. Por lo tanto, ante quienes abogan frenéticamente por los derechos de los animales, surge la interrogante: ¿si éstos mantienen derechos, qué deberes le podemos asignar frente a los demás?

A esto se añade que nuestra vida no está predeterminada y que nuestra naturaleza no está sometida a un patrón genético, sino a nuestro poder de discernimiento (de ahí emana nuestra libertad). El animal, en cambio, no orienta su “inteligencia” acorde a su voluntad, sino a la experiencia del momento y conforme a sus impulsos e instinto.

Por último, los animales no poseen sentido estético y no podemos intercambiar ideas ni que surjan diálogos con ellos, porque éstos no poseen la capacidad de generar un lenguaje abstracto, ni la posibilidad de razonar. Tampoco están capacitados para juzgar nuestros actos o incluso de rechazar o criticar nuestros comportamientos, actitudes y costumbres.

Muchos “animalistas” poseen animales domésticos que reciben el afecto, compañía y hasta ciertos privilegios que muchas personas desearían alcanzar. Es así como se le imponen a ciertos animales las ideas humanas sobre bienestar, calidad de vida y realización personal. Pero lo que nunca obtendrán, por parte de sus amos, es la capacidad de orientar sus vidas a través de un proyecto que tenga un sentido de trascendencia.

Proteger a los animales del abuso, maltrato y la crueldad no es una postura mal intencionada, pero se puede convertir en una amenaza cuando predominan exaltaciones que logran marginar a la razón y reducen el comportamiento humano a meros impulsos y sentimentalismos.  

El mayor castigo hacia un hombre no es desearle la muerte, sino más bien abandonarlo en su sufrimiento y expresarle, a través de la indiferencia, que se encuentra absolutamente solo. Franco no sólo requerirá de tiempo para sanar sus heridas, sino también de una segunda oportunidad. Pero ésta debe provenir de una sociedad reflexiva que desee fortalecer a aquellos quienes más la necesitan y no de una que se arrogue autoridad moral para juzgar despiadadamente cuando se han cometido errores.

 

Paula Schmidt, periodista e historiadora Fundación Voces Católicas.

 

 

FOTO: RAFA MARTINEZ/AGENCIAUNO