En 2005 se puso en marcha el Plan de Acceso Universal de Garantías Explícitas (Auge), que debía otorgar mejores prestaciones de una salud que sería garantizada en un plazo máximo para la atención. Sin embargo, 12 años después, se siguen conociendo los casos de personas que murieron esperando recibir el tratamiento adecuado, o sin siquiera haber obtenido un diagnóstico certero que les permitiera mejorar su calidad de vida.
Publicado el 18.08.2017
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Para enjuiciar a los líderes políticos con mayor perspectiva y una mejor capacidad de reflexión, lo que se necesita es tiempo. Figuras que en un comienzo fueron denostadas por algunas de sus decisiones podrían encontrar, en el largo plazo, una especie de absolución social. Por otra parte, quienes en un principio gozaron de altos índices de aprobación, ya fuese por su carisma o la fuerza de sus ideas, podrían ver sucumbir su popularidad porque sus políticas —una vez arrojados sus resultados— no lograron cumplir con las expectativas, debido a que nunca se ajustaron a la realidad. ¿Le suena esto último algo conocido?

Por ejemplo, Barack Obama culminó su segundo mandato con un cómodo 62% de aprobación.  Contraste total con los magros índices alcanzados por el controversial Donald Trump, quien inició su período con un escaso 42%.

Independiente de las claras diferencias de sus estilos para gobernar, lo que hoy podría asemejar a la administración de Obama con la de Trump es la reprobación generalizada a sus propuestas para mejorar el sistema de salud pública de Estados Unidos. El Obamacare, instaurado en 2010, no logró lo que prometía en cuanto al acceso a cuidados de salud y disminución del gasto público mediante regulaciones e impuestos. Por otra parte, Trump aún no logra convencer ni a la opinión pública ni al Congreso de que su proyecto de salud vaya a ser mucho mejor que el de su antecesor.  En el intertanto, son millones los norteamericanos que siguen entrampados por un sistema que se perpetúa como ineficiente. Todo porque sigue siendo un régimen que no ha sabido adecuarse a sus necesidades, una ecuación que se replica en todas partes del mundo y de la cual Chile no es la excepción.

Se podría decir que nuestro sistema de salud pública está en la Unidad de Cuidados Intensivos, y que la palabra “déficit” es el mejor término para describir su ralentización. Porque existe un déficit de hospitales, de infraestructura, de médicos, enfermeras y, sobre todo, de especialistas en lugares periféricos; escasez de ambulancias, de tecnología de punta y de camas hospitalarias; también de condiciones laborales no sólo más favorables, sino más flexibles para quienes se desempeñan en los más de dos mil establecimientos de salud pública a lo largo del país.

En 2005 se puso en marcha el Plan de Acceso Universal de Garantías Explícitas (Auge), que debía otorgar mejores prestaciones de una salud que sería garantizada en un plazo máximo para la atención. Sin embargo, 12 años después, se siguen conociendo los casos de personas que murieron esperando recibir el tratamiento adecuado, o sin siquiera haber obtenido un diagnóstico certero que les permitiera mejorar su calidad de vida. 

Los sistemas de garantías en el Auge no han sido nunca evaluados y existe poco, por no decir nulo, control de gestión dentro de la red pública de salud. Debido a esto es que se ha hecho difícil priorizar la asignación de recursos, fijar metas de desarrollo clínico a nivel país y analizar el impacto de los distintos indicadores que conforman el Plan. Por lo tanto, mientras esto no cambie, ese 80% de la población que depende de los servicios públicos de salud deberá seguir conformándose con un sistema ineficiente, cooptado por una burocracia estatal que administra mal los horarios de atención y que mantiene remuneraciones fijas a sus trabajadores, y que, al final del día, no provee mejores oportunidades de atención, que resulten más equitativas y que respondan a tiempo a las necesidades de la gente.

Estamos en año electoral y las promesas de los candidatos “van y vienen” en torno a múltiples temas. Salud siempre ha encabezado la lista de prioridades ciudadanas, porque estar enfermo significa incertidumbre y vulnerabilidad y porque es uno de los momentos más opacos de la vida cuando se depende de otros en circunstancias de dolor, incomodidad o sufrimiento.

Un sistema de salud eficaz comprende los recursos de todas las organizaciones, instituciones y personas, quienes deberían poner a disposición sus máximos esfuerzos para la protección del otro en momentos de malestar, así como prácticas que logren mejorar un precario estado de salud lo más pronto posible, como una manera de resguardar la dignidad de los pacientes.

Quién sabe. Puede ser que nuestro próximo Presidente termine bien, como Barack Obama, o comience mal, como Donald Trump. Será el tiempo el que dará a conocer cuáles fueron el verdadero peso y valor real de sus políticas (hoy sólo en papel). En cuanto a salud, la tarea que le espera es enorme, compleja y requerirá de mucho tesón.  Es de esperar que la tenga dentro de sus prioridades, finamente detallada y proyectada hacia el futuro, porque nadie quiere esperar o morir en las manos de una administración que no cumple lo que prometió.

 

Paula Schmidt, periodista e historiadora

@LaPolaSchmidt

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO D./AGENCIAUNO