La respuesta a las dudas e indecisiones de la DC está en las rancheras mejicanas, no acerca de lo que tiene que hacer, pero sí al menos respecto de la actitud con la que debería enfrentar este tránsito.
Publicado el 31.01.2016
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Son sorprendentes y, para mí, difíciles de explicar las semejanzas entre el pueblo mejicano y el chileno, que se manifiestan y se viven especialmente en el mundo rural.  Por mucho que la cueca sea nuestro baile nacional y la expresión de ese mundo bucólico que la literatura dibujó en el criollismo de autores como Mariano Latorre, la verdad es que cualquiera que haya ido por nuestros campos lo que ha escuchado son rancheras. De hecho, es un clásico de nuestros patriarcas nacionales, ya sea de la política, la empresa o simplemente de nuestras familias, que en las fiestas que se les celebra, todo concluya con un mariachi cantando y en que el clímax se alcanza a los acordes de “El Rey”. Porque en el fondo del alma del chileno está Pedro Vargas entonando “yo sé bien que estoy afuera” y no Frank Sinatra cantando “I did it my way”.

Aunque estemos en los polos opuestos de América Latina todos tenemos algo del charro –aunque el arribismo y la siutiquería nos lleve a intentar ocultarlo- lo que se expresa en la música y la estética en general, pero especialmente en la forma de expresar nuestros sentimientos, muy asociada a la relación que culturalmente tenemos con el alcohol, el machismo y el estereotipo del padre severo, distante, que pone más normas que ejemplo.

Octavio Paz, en “El laberinto de la soledad”, el ensayo más lúcido que se ha escrito sobre el pueblo mejicano y, por extensión, del latinoamericano, dice que toda la tensión que hay dentro del mejicano se expresa “en una frase que nos viene a la boca cuando la cólera, la alegría o el entusiasmo nos llevan a exaltar nuestra condición de mejicanos: ¡Viva Méjico, hijos de la Chingada! Verdadero grito de guerra cargado de una electricidad particular, esta frase es un reto y una afirmación, un disparo, dirigido contra un enemigo imaginario, y una explosión en el aire. Nuevamente, con cierta patética y plástica fatalidad, se presenta la imagen del cohete que sube al cielo, se dispersa en chispas y cae oscuramente. O la del aullido en que terminan nuestras canciones, y que posee la misma ambigua resonancia: alegría rencorosa, desgarrada afirmación que se abre el pecho y se consume a sí misma”.  Cambie el grito por ¡Viva Chile mierda! Y mejicanos por chilenos y la idea de Paz nos calza como anillo al dedo.

El carácter del mejicano en definitiva, dice Paz, es el de “un ser que cuando se expresa se oculta; sus palabras y gestos son casi siempre máscaras” ¿Le suena conocido? Tal vez por eso esa música sobrecargada de sentimientos, de llantos, dolores y olvidos nos gusta tanto, porque es un cauce para liberar lo que sentimos y reprimimos, todo eso que apenas nos atrevemos insinuar mediante indirectas, frases a medias, explicaciones formales o arrebatos con los que pretendemos pasar por “guapos” y la mayoría de las veces son patéticas expresiones de debilidad.

Todo lo contrario de Sinatra diciéndonos que hizo lo que quiso y como quiso, que vivió a su manera y no se arrepiente, ni sufre por nadie. No, nosotros no somos así, porque al final del día El Rey fanfarronea con estar fuera y aunque anuncie que el día que él se muera “ella” tendrá que llorar, la canción no es más que el llanto, y en el fondo tal vez el intento de así reconquistarla, porque va a morir lejos de ella.

Este carácter se expresa en muy distintas formas y en la política especialmente; entre nosotros, a diferencia de los anglosajones, los electores no aprecian en nuestros dirigentes el estoicismo, sino el llanto; salvo momentos muy específicos y conformados por circunstancias extraordinarias, los votos se ganan contando sufrimientos y no éxitos; los conflictos tienen –como con los charros- más “disparos” al aire que al cuerpo; se anuncian mucho más renuncias de las que se concretan. Y el resultado es esa frustración, esa amargura de la que nos habla Paz que carcome, pero que se solapa.

En el último tiempo la Democracia Cristiana ha sido la expresión casi perfecta de esta manera de ser, tan propia de nosotros los chilenos por lo demás, con su participación en la Nueva Mayoría, la que se ha vuelto tensa y dolorosa, un conflicto imposible de resolver, porque o la DC renuncia a su esencia o son el PC y sus seguidores –varios en ese pacto a estas alturas- los que abandonan su proyecto político, que es todo lo por lo que han luchado. Es evidente que la izquierda no va a perder graciosamente lo que ha conquistado a fuerza de recuperar poder; y la DC, por ende, está frente a la opción de seguir en un pacto que la lleva por un camino que conduce a su disolución sin pena ni gloria o a tomar un camino propio que la hará estallar en ese mismo momento en varios pedazos.

Dilema lleno de sufrimiento, recargado y lacrimoso, que sus dirigentes han enfrentado con más anuncios que decisiones, con más quejas que golpes, con más amenazas que auténtico ejercicio del poder. Es el laberinto de la soledad de Paz, en todo su esplendor.

La respuesta a las dudas e indecisiones de la DC está precisamente en esas rancheras mejicanas, no acerca de lo que tiene que hacer, pero sí al menos respecto de la actitud con la que debería enfrentar este tránsito. Si tuviera que buscar un asesor para este momento la Falange debería acudir al gran José Alfredo Jiménez, que seguramente le cantaría:

“No me amenaces, no me amenaces;

Cuando estés decidida a buscar otra vida

Pues agarra tu rumbo y vete;

Pero no me amenaces, no me amenaces;

Que ya estás grandecita, ya entiendes la vida

Y ya sabes lo que haces”

Yujujujuy, Méjico lindo y querido. Felices vacaciones y aprovechen de escuchar rancheras, dicen mucho de Chile.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO

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