Nosotros también podemos evitar ser desarrollados y, a cambio, ser un país mucho más “entretenido”.
Publicado el 08.02.2015
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El verano es la época del año en que los chilenos tenemos más contacto con los argentinos, pues muchos vienen a pasar sus vacaciones a nuestras playas. De mi época de adolescencia guardo el recuerdo de verlos llegar a la IV Región, en sus Ford Torino, acampar, tomar mate en la playa y, por cierto, causarme cierto sufrimiento juvenil ante la inequidad evidente entre el éxito que los jóvenes turistas tenían con las chilenas y el muy poco que los chilenos –por lo menos en mi reducido ámbito- teníamos con las muy bonitas visitantes trasandinas.

Para mí, al menos, Argentina es fascinante, porque es incomprensible. Casi no hay dimensión en que los argentinos no destaquen a nivel mundial: deportistas, juristas, artistas, escritores (sólo con Borges tendrían la tarea hecha y además tienen a Cortázar, Sábato y varios otros). Con la misma naturalidad compiten por el Nóbel, por el Oscar o por el título mundial de fútbol. Ahora, como si fuera poco, tienen un Papa y una Reina en la realeza europea.

Pero hay algo que toda esta enorme cantidad de talento, sumado a la gigantesca riqueza natural de su territorio, no ha logrado: tener un país que funcione. Porque los políticos argentinos han conseguido algo que, si uno mira todos los factores, parece casi imposible, han evitado que Argentina sea un país desarrollado ¿Y cuál es el secreto de ese “éxito”? Tengo algunas teorías al respecto que quisiera compartir.

En Argentina nunca existió eso que los romanos llamaban el cursus honorum, vale decir el sentido del prestigio y reconocimiento social que daba dedicarse al servicio público. Por el contrario, desde hace mucho la sociedad argentina ve la política como el espacio propio de la corrupción y la ineptitud, un medio al que prácticamente ningún profesional o intelectual argentino de calidad quisiera verse asociado.

En segundo lugar el peronismo, entendido como una forma particular de hacer política. Partido único, populismo y corrupción. Esta es la trilogía sobre la que se asienta la política argentina desde hace décadas y que ha resultado ser una muralla inexpugnable para cualquier intento modernizador. Por cierto, en el origen de las tres está el desarrollo sindical que, en el siglo pasado, se transformó en una fuerza incontrarrestable, que determinó la vida política y económica argentina. Probablemente ello sea consecuencia de rasgos corporativistas del propio Perón.

El partido único, en el que han convivido desde socialistas hasta liberales, ha impedido toda posibilidad de alternancia. Convertido en una suerte de coalición de caudillismos, se asentó en el poder de los Kirchner, que han sido el factor dominante del partido y de la política por más de una década, aunque ahora parece que puede estar llegando a su fin.

El populismo, por su parte, estimulado por la enorme riqueza natural que le ha permitido a los políticos ir empobreciendo a los argentinos de manera lenta y sostenida, es también el medio que ha permitido a los gobernantes mantener un equilibrio perverso con los distintos y poderosos grupos de presión.

La corrupción, por último, que ha llegado a los extremos más inauditos de enriquecimiento de gobernantes y sus familias, muertes sospechosas, maletas con billetes y un largo etc.

La falta de un estado de derecho que permita a los ciudadanos tener un razonable grado de seguridad jurídica y de control sobre los gobernantes y autoridades con cualquier tipo de potestad pública. Hace mucho que el principio de la responsabilidad no tiene vigencia real, por lo que la sociedad argentina ha ido desarrollando otras formas de protección, entre las cuales está el que las personas normales han abandonado toda pretensión de crítica pública; ese es un espacio que, con dificultad, ejercen algunos periodistas, políticos opositores y contados medios de comunicación, como Clarín, con las consecuencias de todos conocidas.

Pero con todo eso, y algo más, Argentina sigue siendo un país atractivo, que genera talento a nivel internacional y en que su caída es sostenida, pero gradual. En los últimos 60 años ha pasado de ser una de las 10 economías más fuertes del mundo, a la situación en que está hoy, muy lejos del desarrollo y por debajo de Chile, por cierto.

Hasta hace poco era muy difícil encontrar similitudes entre el sistema político y la sociedad argentina con la chilena. Nosotros nunca hemos tenido un sistema de partido único; después del retorno de la democracia se estabilizó un modelo de desarrollo basado en la iniciativa individual y el libre mercado; la alternancia en el poder fue una posibilidad real y latente desde la elección de 1999; la sobriedad de nuestros políticos contrasta con lo que veíamos allende los andes; los sindicatos no han sido, en este período, un polo de poder político; y el estado de derecho, dentro de parámetros latinoamericanos, ha sido bastante razonable.

Los argentinos, probablemente con razón, siempre han encontrado que Chile es un país más bien gris; los chilenos no tenemos la personalidad rioplatense, los debates están muy lejos de tener el fondo y la forma que allá, nuestros presidentes no han dado muestra de la excentricidad tan propia de algunos peronistas, las calles no han gobernado a nuestros gobernantes y hasta un presidente socialista privatizó y generó una regla de responsabilidad fiscal. En el fondo, yo creo que los argentinos por mucho tiempo sintieron algo de pena por estos chilenitos que tenían que cruzar la cordillera para entretenerse como Dios manda.

Pero, aunque todavía incipientes, lamento reconocer que veo emerger algunos procesos que nos pueden conducir a ser un país que podría competir en lo entretenido con nuestros hermanos del río de la plata. En el horizonte, y no muy lejos, se ve el partido único; las promesas de un estado de bienestar insostenible solo puede quebrar la regla de responsabilidad fiscal, si sus promotores no están dispuestos a asumir el costo político de no poder cumplir lo ofrecido; el poder de políticos y sindicatos crece; las calles de Santiago todavía no tienen piqueteros, pero ya han sido ocupadas por movimientos sociales de los que han emergido parlamentarios y han empezado a determinar la agenda legislativa. Los incentivos para que lo mejor de nuestros talentos jóvenes se interesen por la política disminuyen.

Falta bastante todavía, es verdad, pero también es cierto que al otro lado de la cordillera nos llevan muchos años de ventaja. Es cosa de tiempo para que, cual Evita, los chilenos también podamos decir “no llores por mí Argentina”, nosotros también podemos evitar ser desarrollados y, a cambio, ser un país mucho más “entretenido”. Qué duda cabe.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

 

 

FOTO: MARIANO PERNICONE/FLICKR

 

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