La fórmula del “realismo sin renuncia” es la posición que la Presidenta y su gobierno han elegido para mantenerse neutrales entre los bloques o corrientes ideológicas en pugna dentro de la NM.
Publicado el 22.07.2015
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Una de las señales más potentes de falta de conducción de un gobierno reside en su parálisis y la confusión que causa a su alrededor, incluso dentro de las propias filas de apoyo.

Desde el momento que la Presidenta Bachelet cambió a sus secretarios de Estado y anunció el inicio de un segundo tiempo desató un ciclo de expectativas sobre un supuesto giro hacia posiciones realistas, reformistas, de mayor efectividad en la gestión política. Los nuevos ministros entrantes –con Burgos en Interior y Valdés en Hacienda a la cabeza– acentuaron la idea de un giro: habría moderación, jerarquización de las reformas, énfasis en el crecimiento económico y ordenamiento de la caja fiscal. Se habló de realismo, de acotar la agenda y enfatizar el gradualismo. Los demás ministros, en general, se alinearon con este discurso.

Por un momento pareció entonces que el gobierno se preparaba para definir una nueva agenda ajustada al descenso de la popularidad presidencial y gubernamental, a la crisis de confianza en las instituciones y al debilitamiento generalizado de las élites que sustentan la gobernanza del país.

Pero luego del cambio de gabinete la Presidenta guardó silencio sobre el significado del mismo, no confirió un mandato definido a los nuevos secrtetarios de Estado y desplegó un discurso ambiguo, como queriendo decir que en adelante gobernaría con montescos y capuletos, rupturistas y reformistas, ilusos y realistas, todo esto expuesto desde una alta cátedra de neutralidad. La frase “realismo sin renuncia” quedó inscrita como el lema del segundo tiempo de la administración bacheletista.

Pues bien: transcurridas pocas semanas podemos constatar que esa neutralidad va acompañada de una relativa parálisis decisoria y proyecta hacia fuera del gobierno –la opinión pública encuestada– un grado significativo de confusión, convirtiéndose así en una nueva expresión de la crisis de conducción que aqueja al gobierno.

La sensación de que cada acto gubernamental, declaración, negociación, propuesta se hallan sujetos a fuerzas contrarias –a la presión del PC desde la calle o a las dudas de la DC desde el Senado– o bien de que el gobierno busca piadosamente poner las dos mejillas –maestros en huelga y padres de alumnos sin clases– refuerza la imagen de que la autoridad está en terreno de nadie, que busca equilibrarse a costa de no decidir o ha decidido renunciar sin renunciar.

Con todo, lo más novedoso del momento es seguramente la forma en que el gobierno ha quedado expuesto a las presiones de las fuerzas dentro de la propia NM que buscan sacarlo de su postura de neutralidad y ambigüedad para retrotraerlo a una clara posición rupturista (con retroexcavadora y maquinaria pesada incluidas), acentuando aquello del realismo “sin renuncia”, con énfasis en esta última cláusula. Recibe por tanto el mismo tratamiento que al comienzo dispensó a los críticos o revisionistas del Programa, el cual ahora es llamado a mantener en alto y cumplir sin apartarse de su letra.

Es importante que la Presidenta y sus ministros recuerden la máxima de Maquiavelo a este propósito: “Los príncipes irresolutos que quieren evitar los peligros del momento retrasan a menudo el rompimiento de su neutralidad, pero también a menudo caminan hacia su ruina”.

II

Pues como enseña Max Weber, la decisión frente a alternativas difíciles –eso de ir por encrucijadas y no por ínsulas como don Quijote insta a Sancho hacer– y la renuncia a las fantasías y lo ilimitado del deseo son justamente las características propias de la política. Incluso, sostenía él, el acto de esa renuncia, la priorización, el acotar y asumir los límites del realismo, fundan la ética específica de esta esfera, esto es, una ética de la responsabilidad que él opone a la ética de la convicción y los ideales absolutos. Y además, agrego yo, a la ética de los programas ilusorios, del maximalismo ingenuo y el dogmatismo de las ideas.

Sin duda Weber estaba familiarizado con el florentino Maquiavelo. De él debió aprender la esencia del realismo político que ambos comparten; la idea de que en la política no hay nada ilimitado, que no es un territorio para salvar el alma, que al contrario la política es adversaria, incluso diabólica, e implica decidir en bien de la República, de los intereses generales, de la solución menos mala muchas veces. O bien obtener fines buenos con medios imperfectos, a veces deplorables, incluso ruines.

Ante todo, la política y los líderes y profesionales de la política, pensaba Weber, deben orientar su acción no por fines últimos, sino por una ética de la responsabilidad; no por las buenas intenciones, sino por la previsión de los efectos que trae consigo una decisión o acción.

En la esfera de la política, decía, no es la evidencia científica la que permite decidir, no son el razonamiento puro ni los valores últimos los que mandan; en asuntos del poder, cargados de paradojas éticas, decisión y acción deben ordenarse de acuerdo a las oportunidades, las circunstancias, las posibilidades.

No se debe pensar, sin embargo, que la visión de la política de Max Weber era mero oportunismo, indirecta defensa del satus quo, pérdida de energía vital de los ideales y del deseo de trascender.

Todo lo contrario. En su famosa conferencia sobre la política como vocación, describe le médula de esta actividad y su atracción para quien la practica como un saber que a través de ella “se influye sobre otras personas, se participa en el poder que las somete y, sobre todo, que se puede sentir efectivamente que se manejan los hilos de acontecimientos históricos importantes”. Todo esto hace que “el político profesional se remonte por encima de lo cotidiano, aun cuando ocupe posiciones formalmente modestas”. Sí, es la sensación de trascender. Y quizá de perdurar en la memoria de otros.

Ahora bien, ¿cuáles son las cualidades requeridas para cumplir con ese poder y qué responsabilidades impone? O más dramáticamente, como plantea el propio Weber: ¿qué clase de hombre o de mujer hay que ser para poder intervenir en el proceso histórico?

La respuesta de nuestro sociólogo es de largo alcance y reverbera hasta hoy en los pasillos del poder. Dice: hay tres cualidades decisivamente significativas para el político: pasión, sentido de la responsabilidad y sentido de las proporciones. Y luego explica (casi verbatim): pasión en el sentido de devoción apasionada a una “causa”, al dios o demonio que la domina. Mas no basta con la simple pasión, agrega, o con el hecho que esté al servicio de una “causa”. Lo que importa es que se deje guiar por la responsabilidad hacia esta causa. Y “para esto se necesita un sentido de las proporciones que constituye la cualidad política psicológicamente decisiva, o sea, la habilidad para dejar que la realidad actúe sin perder la calma y la concentración, o mejor, la capacidad de distanciarse de las cosas y de los hombres”. La cuestión consiste entonces “en cómo unir en una misma persona una pasión cálida y una fría responsabilidad. La política se hace con la cabeza, no con otras partes del cuerpo o del alma”.

Llegado a este punto, nuestro autor introduce su tesis más lúcida, al punto de ser juzgada como una verdad esencial de la política moderna, y su autor como el Maquiavelo del siglo XX. Esta tesis sostiene: “hay un contraste abismal entre actuar según la máxima de la convicción –tal como la que prescribe el Evangelio– o según la máxima de la responsabilidad, como la que prescribe la consideración de las consecuencias de los propios actos”. Y concluye, al menos en cuanto interesa aquí: “Todo lo que se intenta conseguir mediante la acción política, que opera con la violencia, y según una ética de la responsabilidad, pone en peligro la ‘salvación del alma’. Si se intenta la ‘salvación del alma’ en una lucha ideológica, según una pura ética de la convicción, entonces el objetivo puede resultar perjudicado y desacreditado para muchas generaciones, debido a la carencia de responsabilidad por las consecuencias”.

III

No digo que todo el dispositivo conceptual fabricado por Weber pueda aplicarse directa y mecánicamente al drama de la política chilena de estos días. Mas no me cabe duda que sirve para iluminar nuestra situación.

La Presidenta Bachelet parece haber elegido la ética de la convicción a la hora de aplicar su fórmula del “realismo sin renuncia”. El Programa, aquello a lo que no se puede renunciar, es el fin último que debe salvarse para salvar el alma propia y de la NM. Las consecuencias, o sea el reino de la política con sus medios a veces torcidos y sus frías responsabilidades, en tanto, quedan relegadas a un plano subordinado. Más importa el sentido de devoción apasionada a una “causa” (el Programa) que someter esa pasión al cálculo de las circunstancias y al análisis de las consecuencias sobre el crecimiento económico, el empleo, la estabilidad institucional, el funcionamiento de los colegios y las empresas, la solución concreta a los problemas ciudadanos. Todo eso –las consecuencias previsibles e imprevistas– pierden valor ante los fines últimos: igualdad, gratuidad, inclusión, dignidad. El discurso de la devoción se impone al realismo de la responsabilidad.

De hecho, la propia fórmula inventada por la Presidenta y su equipo para amortiguar el giro político que se debe hacer por imperio de adversas circunstancias, aquella del “realismo sin renuncia” es contradictoria y, en términos weberianos, trivial, anodina. Pues carece de cualquier tensión, de todo drama.

En efecto, en medio de esas luchas que Weber describe como trágicas entre dioses antagónicos, entre el ideal y la realidad, entre la intención y las consecuencias, entre convicciones y responsabilidades, no hay realismo posible sin renuncia. Aspirar a un realismo sin renuncias equivale a creer o bien que los ideales, el Programa, no apuntan a fines últimos trascendentes o bien que el realismo es una virtud banal, nada más que gradualismo, postergación momentánea, un avanzar de a poco; en fin, menos de lo mismo mientras amaina el viento.

La fórmula del “realismo sin renuncia” es la posición que la Presidenta y su gobierno han elegido para mantenerse neutrales entre los bloques o corrientes ideológicas en pugna dentro de la NM. Es una manera de no-decidir; de no-optar; de dejar que los procesos avancen “a como dé lugar”, al ritmo de las correlaciones de fuerzas al interior del gobierno o de circunstancias externas inevitables (caída del producto, déficit fiscal, desaceleración en China…). Es, por tanto, una manera de dejar de hacer política y políticas, de no decidir ni conducir en nombre de una ética de convicciones a medias y medias responsabilidades.

Habrá que ver el resultado de tan extraña mezcla, preparada lejos de las lecciones de Maquiavelo y Max Weber.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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