La gente comienza a sentirse no-representada en la esfera de las decisiones públicas y se aleja por igual del gobierno, la oposición y los políticos en general.
Publicado el 21.09.2016
Comparte:

La brecha entre el clima de alturas -de las élites, la clase política, los medios de comunicación, ciertos grupos académico-intelectuales y las redes sociales- por un lado y, por el otro, la atmósfera que reina en la sociedad civil, las familias, los lugares de trabajo, las fiestas patrias, los centros comerciales, las aulas de los colegios, los claustros universitarios y los talleres de formación técnico-profesional parece ensancharse día a día y, por el momento, sin remedio.

Esta brecha existe en todas las sociedades, independiente de su nivel de desarrollo, régimen político, organización institucional y cultura cívica. Tiene que ver con la distribución del poder y de los capitales económico, social y cultural; con la división de clases y la estratificación social; con la separación del Estado y el pueblo; con la creciente especialización de funciones y el acceso asimétrico a los recursos de la esfera pública.

La cuestión es que en Chile esa brecha -de suyo aguda por las rigideces de clase, la desigual distribución del ingreso, cierto tradicional autoritarismo, las concentraciones del poder material y simbólico, etc.- se ha visto agudizada por una constelación de factores coyunturales.

Primero que todo, el gobierno parece funcionar en un ámbito propio y ajeno, insistiendo incansablemente en una agenda de altas expectativas pero con baja capacidad de gestión, lo que ensancha el abismo de la frustración entre lo imaginado y lo realizado, el deseo y la satisfacción. Amén de eso aparece como un gobierno pertinaz, en el sentido de obstinado y terco, pues a pesar del amplio desapego de la opinión pública encuestada y del rechazo a su desempeño en casi todos los sectores, el gobierno insiste continuamente en los mismos comportamientos que lo han alienado de la masa ciudadana y consumidora.

En seguida, la clase política parece embarcada en un espiral descendente que la torna cada día más intrascendente, sin capacidad de ofrecer señales de mejor gobernabilidad.

¿Qué ocurre?

Que la coalición opositora está en el suelo, dicho al margen de cualquiera intención metafórica. Sin ideas que la cohesionen, sin ideología que movilice a sus militantes, sin electorado que la siga, con parte de su liderazgo dañado. La UDI sin pasado del que enorgullecerse, con un presente deplorable (liderazgos deslegitimados o dispersos, parlamentarios sin fuerza de negociación, militancia en crisis de identidad) y un futuro absolutamente incierto. RN, en tanto, se ha ido auto anulando hasta volverse inocuo. No posee una plataforma mínima de ideas ni tiene una voz que pueda distinguirse del ruido ambiental.

Sumados, RN y UDI forman la alianza “Chile Vamos” -junto con Evopoli y el PRI- a la cual, la verdad sea dicha, pocos siguen y casi nadie sabe hacia dónde se dirige.

Del lado del oficialismo impera un cuadro similar de flaquezas y vacíos. La Nueva Mayoría (NM), que nació con un aura de reformismo refundacional, anunció inicialmente un “nuevo paradigma” y ostentó un potente liderazgo presidencial, se halla envuelta en un proceso de deterioro que pone fin a la ilusión y la deja entregada a sus contradicciones internas. En ningún momento ha asumido el rol propio de una coalición de gobierno, con específicas responsabilidades de poder. De hecho, el equipo ministerial, expresión de la capa político-técnica directiva de los partidos en el seno del Poder Ejecutivo, parece flotara libremente en el aire, sin real anclaje ni orientación, con escasa habilidad de diseño y una débil capacidad de implementación.

Por el contrario, los partidos oficialistas parecen hallarse más interesados en la constante lucha interna de fracciones, grupos y corrientes. Son pugnas por el poder burocrático y el control de la máquina partidaria, sin duda, pero también ideológicas y de programas políticos. El núcleo duro de la NM, integrado por el PS y la DC, aparece particularmente debilitado por estas pugnas internas que llevan a ambos partidos -separadamente, pero al unísono- a volcarse hacia la próxima carrera presidencial, abandonando incluso la apariencia de preocupación por la gestión del gobierno y sus múltiples fallas de efectividad. La distancia con la vida cotidiana de la gente en las calles, sus hogares y ocupaciones no puede ser mayor.

En este cuadro, el clima de alturas se vuelve turbulento y a ratos -cuando arrecia la investigación de los escándalos- tóxico incluso, podría decirse. Entonces se cierra sobre sí mismo y gira exclusivamente en torno al eje de la sobrevivencia de esa élite que se aleja cada vez más de la gente. Ésta a su vez se retrae sobre sus problemas cotidianos, los que siente no importan ya a nadie, salvo los propios afectados. Como resultado, la gente comienza a sentirse no-representada en la esfera de las decisiones públicas y se aleja por igual del gobierno, la oposición y los políticos en general.

El riesgo evidente es que esta brecha entre el clima enrarecido de arriba y la atmósfera cotidiana que reina en la sima de la población se vuelva endémica provocando situaciones generalizadas de anomia, salidas populistas (“que se vayan todos”) o un estado de precaria gobernabilidad. No es poco pues lo que está en juego.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

 

FOTO: FRANCISCO SAAVEDRA/ AGENCIAUNO

Ingresa tu correo para recibir la columna de José Joaquín Brunner