La razón por la que Dinamita Show y Checho Hirane no enfrentaron hostilidades por el mismo el chiste que Piñera usó en Linares es que —y sé que se trata de una postura extremadamente impopular— no es machista. Menos una incitación a la violencia contra las mujeres.
Publicado el 17.08.2017
Comparte:

El pasado 20 de junio, Sebastián Piñera dio término a un acto político en Linares del siguiente modo:

“Todas las mujeres se tiran al suelo y se hacen las muertas y todos nosotros nos tiramos encima y nos hacemos los vivos”.

Se lo acusó de todo. Desde simple desatino hasta incitación a la violación. Aquietadas las aguas, el episodio merece una reflexión. Aclaro que no soy neutral, pues pienso que las ideas que Piñera defiende son las que mejor conducen al progreso y hoy trabajo por su reelección. Como si fuera poco, soy hombre. Dicho eso, he hecho mi mejor esfuerzo por abordar el caso con objetividad.

Hay al menos cuatro posiciones posibles para casos como este. De mayor a menor severidad, son:

  1. Un Presidente o candidato presidencial no debe apelar al humor, pues atenta contra la investidura del cargo.
  2. Un Presidente o candidato presidencial puede apelar al humor, pero no de cualquier naturaleza. Entre los tópicos a evitar, está el sexual.
  3. Un Presidente o candidato presidencial puede apelar al humor, chistes con contenido sexual inclusive, pero el ejemplo específico de Linares es reprochable por su carácter machista.
  4. Un Presidente o candidato presidencial puede apelar al humor, chistes con contenido sexual inclusive, y el ejemplo específico de Linares no ofrece problema alguno.

Muy pocos defienden la posición 1. El humor bien utilizado es una poderosa herramienta de comunicación, capaz de volver los discursos más digeribles y la vida política más llevadera. Nadie le reprocha a Obama su hábil slow jam o su inesperada “soltada de micrófono”, a la manera de los raperos, en la última cena con los corresponsales en la Casa Blanca. Muy pocos también suscriben la posición 4.

En el segundo peldaño se amplía el disenso. Por un lado, habrá quienes opinan que la investidura del cargo veta ese recurso de su utilización en público (aunque la mayoría sostendrá que no hay problema en privado). Por el otro, están quienes sostienen que ya es hora de normalizar el sexo, de tratarlo como un asunto más y del todo natural de la vida, y dejar de entenderlo como una actividad sucia, clandestina y pecaminosa.

Llámenme pacato, pero me cuento entre los primeros. Quizás padezco por la carga cultural de siglos y el sustento racional sea débil, pero pienso que quien ocupa la primera magistratura o quienes aspiran a ella no debieran incluir la picaresca en su inventario de bromas públicas. En consecuencia, me cuento entre quienes opinan que la línea de Piñera en Linares fue un error.

Ahora bien, la avalancha de críticas que se desató ese día hacía referencia, en su inmensa mayoría, al contenido del chiste mismo, y no al hecho de que un candidato presidencial practicara ese tipo de humor. ¿Por qué? Porque, aseguraba la masa despotricante, sería un chiste machista. La Presidenta Bachelet declaró que “una violación es expresión de la mayor violencia contra las mujeres. Bromear con eso es despreciarnos a todas y no es aceptable”. Se trata, por tanto, de personas situadas en la posición 3. O bien, personas identificadas con la 2, pero para quienes el contenido mismo eclipsó por completo las respectivas consideraciones.

El chiste ya lo había presentado Dinamita Show en Cementerio Pal’Pito 3 y nunca generó problema alguno. Luego lo empleó Checho Hirane. “Nunca nadie ha reclamado que soy machista, sexista, ni nada”, explicó el humorista. ¿Por qué? La respuesta que nos surge de modo casi automático es algo así: “Porque ellos son humoristas, es su trabajo, el contexto es otro”. Sin embargo, una respuesta así lo posicionaría en la posición 2 –la mía–, inaplicable a las hordas de fustigadores que concentraron sus latigazos en el contenido mismo.

La razón por la que Dinamita Show y Checho Hirane no enfrentaron hostilidades es que —y sé que se trata de una postura extremadamente impopular— el chiste de Linares no es machista. Menos una incitación a la violencia contra las mujeres. La razón es muy sencilla, pero la nube de polvo levantada por las diatribas de esa tarde la oscureció: existe una declaración explícita de consentimiento mutuo. Parece risible llevar a cabo una exégesis de un pasaje de la obra Cementerio Pal’Pito 3 (Medina, Vázquez et al, 1993), pero aquí voy.

Las frases “se tiran” y “se hacen las muertas” afirman de manera unívoca que son decisiones libres y voluntarias. En términos gramaticales, “se” es lo que se denomina un pronombre reflexivo, así llamado precisamente porque quien realiza la acción (sujeto) es el mismo que quien la recibe (objeto). Es decir, no hay injerencia externa. Pero, ¿es necesario citar recursos académicos para fundamentar un uso idiomático que todos quienes hablamos castellano entendemos a la perfección? ¿No esto la versión lingüística del “matar moscas con cañones”? Y, más allá de las reglas de la gramática, cobra pleno sentido que se trate de una decisión voluntaria de las mujeres, pues ¿acaso no disfrutan ellas del sexo tanto como los hombres? ¿Por qué habría  de ser exclusivamente masculino el interés por la orgía colectiva a la que el chiste invita? Es más, dar por sentado que sólo los hombres la desean sí sería una interpretación machista.

Cosa muy distinta sería si alguien dijese “los hombres tiramos a las mujeres al suelo y las hacemos las muertas”, o bien si omitiera la primera mitad y sólo mencionara que “los hombres nos hacemos los vivos”. En esos casos sí habría coerción. O al menos, presiones indebidas. Pero en la formulación de Piñera lisa y llanamente no las hay.

Sin traicionar un ápice de su sentido original, el chiste se podría expresar del siguiente modo: “Con complicidad, las  mujeres, en forma voluntaria y deliberada (pues disfrutan del sexo tanto como los hombres), se tiran al suelo para cumplir con su parte, con miras a una orgía colectiva, y todos nosotros nos tiramos encima y nos hacemos los vivos para cumplir con nuestra parte, de manera de dar así curso al desenfreno mutuamente acordado”. Contado así, sería el chiste de menos gracia de la historia de la lengua castellana. Pero, y esto es lo importante, no modificaría en lo más mínimo su significado.

Alguien podría responder “pero es que las mujeres se hacen las muertas, eso es lo machista, ¿por qué no al revés?”. Es forzar las cosas. El principio rector es que ellas fingen en forma voluntaria. En pos de lo que les importa –la orgía colectiva–, cuál de los dos roles es irrelevante. El chiste funcionaría exactamente igual al revés.

Hay maneras y maneras de criticar. Si el pasaje le pareció impropio de un candidato presidencial, estamos de acuerdo. Si, en cambio, sostiene que el chiste es machista –o incluso, una incitación a la violencia sexual– tendría que explicar cuándo el pronombre reflexivo “se” cambió su función gramatical, o bien reconocer que más bien aprovechó la ocasión para vapulear sin ánimo de objetividad a su némesis política.

 

Joaquín Barañao, escritor, autor de la colección Historias Freak