Es curioso que aquellos que más desconfían de todo, no se pregunten si tienen alguna responsabilidad en este verdadero tsunami de desconfianza que hay en el país, porque la verdad es que ésta nace de los propios actos de la gente contra los sistemas.
Publicado el 14.08.2016
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Una vez más, los llamados “movimientos sociales” lograron poner un tema en la agenda. Esta vez a las AFP, acusando a este sistema previsional de estafa legal, de robarle a los trabajadores, de dar pensiones de miseria e indignidad, con el fin de eliminarlo. La confianza, siempre la confianza.

Es curioso que aquellos que más desconfían de todo, no se pregunten si tienen alguna responsabilidad en este verdadero tsunami de desconfianza que hay en el país, porque la verdad es que ésta nace de los propios actos de la gente contra los sistemas.

Veamos algunos ejemplos. Cuando se crearon las Isapres, hubo una época larga en que aquellos que no tenían acceso a éstas, se hacían pasar por familiares de los titulares -falseando la información- para obtener los beneficios que el sistema público no les brindaba, subiendo así artificialmente los costos de las aseguradoras. La respuesta del sistema fue la obligación de identificarnos dactilarmente para evitar el fraude.

Esto siguió con las miles de licencias falsas por reflujo, con todos los costos involucrados, lo que disminuyó notoriamente cuando entró en vigencia la nueva ley de post-natal. Pero hasta el día de hoy el sistema acusa millones de dólares anuales en gasto por licencias falsas, por el cual aumentan los costos de salud que todos sufrimos. Qué pasó entonces: surgió el negocio legal de litigaciones por las alzas de planes, logrando que los costos de esos inescrupulosos abogados pongan en jaque al sistema.

Y los muchos que gritan su desconfianza por todo lo privado, ¿no son parte de ese 30% que no paga por usar el transporte público, que nos cuesta miles de millones de dólares?  ¿Y entre los mismos que gritan contra las AFP, no hay acaso aquellos que ruegan que se les imponga por el mínimo, para tener un sueldo líquido más alto?

¿Y por qué será que tenemos que poner nuestra huella dactilar cuando nos entregan una tarjeta de crédito, retiramos un talonario de cheques, o decidimos poner término a un contrato, firmamos una escritura, un mandato, un poder y un largo etcétera? ¿Y acaso no se nos exige firma notarial por todo tipo de documentos, porque sin esa firma no tienen legitimidad legal? ¡Pero si se llega al absurdo que en ciertos trámites obligan a presentar un certificado notarial que estamos vivos!

¿Y qué hay de los cuoteos políticos en el Estado, donde está lleno de funcionarios no aptos para ejercer sus cargos, pero felices igual los asumen, recibiendo después sendos jubilazos? Y en educación, acaso el Colegio de Profesores, ¿no impide que se evalúe a sus miembros, pero para nada de esto hay marchas ni reclamos masivos?

Es curioso entonces que, en educación, en pensiones y en salud, la población no confíe en los sistemas imperantes y salgan a las calles masivamente a reclamar para terminar con ellos, cuando son parte del problema. ¿Y las consecuencias de todo esto? Que la institucionalidad política responde con propuestas a la rápida, mal pensadas y difíciles de implementar, causándole al país un daño mayor.

Los países sin confianza están destinados al fracaso. Si la viveza chilena continúa sirviéndose de los sistemas, que no se alegue después por lo que nos pueda ocurrir.

 

Jaime Jankelevich, consultor de empresas.