En nuestro sistema político, el fenómeno de Trump nos parece lejano, sobre todo si es altamente posible que los candidatos presidenciales sean Lagos y Piñera. Sin embargo, nada nos asegura que los chilenos no comiencen a valorar la “excentricidad” y lo “fuera de lo común”. Aún estamos a tiempo de reducir las posibilidades o hacer difícil que esto ocurra.
Publicado el 21.11.2016
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El reciente triunfo de Donald Trump en Estados Unidos terminó por coronar algo que ya comenzaba a despuntar en todo el mundo: la fragilidad de las encuestas y los estudios de opinión a la hora de predecir un escenario político en el que asoma un personaje atípico, con un discurso político que se desliga de lo tradicional y que, sin embargo, logra captar la atención de todos.

Esa parece ser una de las mayores razones del porqué fue difícil predecir el triunfo de Trump: la excentricidad. Pero también hay ejemplos como el Brexit y el “No” en el plebiscito colombiano que dejan en evidencia la fragilidad de las encuestas. Si bien estos hechos no las invalidan como instrumentos que permiten conocer la visión o intención de la ciudadanía, sí las ponen en entredicho porque parece que las hemos diseñado en base a una costumbre: que el  voto, o la democracia en general, sólo sirve para manifestar un rechazo, una indignación, un malestar, eligiendo al político “menos malo” entre la poca o casi nula diversidad que a veces podemos encontrar en la parrilla electoral, pero nunca una propuesta o proyecto de país, provocando poco interés positivo en la ciudadanía para movilizarse el día de las elecciones.

En nuestro sistema político, el fenómeno de Trump nos parece lejano, sobre todo si es altamente posible que los candidatos presidenciales sean Lagos y Piñera. Sin embargo, nada nos asegura que los chilenos no comiencen a valorar la “excentricidad” y lo “fuera de lo común”. Aún estamos a tiempo de reducir las posibilidades o hacer difícil que esto ocurra, acercando la democracia hacia mecanismos más realistas y acordes con la complejidad que significa el hecho de gobernar un país, no solamente con el simplismo de que basta con los instrumentos electorales.

La Democracia Cristiana, por ejemplo, es un partido que podría ser el canal del sentido común. Sin embargo, esta colectividad se ha desgastado enormemente hasta convertirse en un conglomerado sin futuro, sin ningún punto ideológico en común, en base a dimes y diretes o a gradualismos miopes que sólo han generado desconfianza entre las personas que estarían dispuestas a apoyar un proyecto con una identidad más clara. Porque, convengamos, nadie obligó a la DC a firmar el programa de gobierno, que según los líderes de la falange no leyeron del todo, pero que de igual forma apoyaron. Nadie les impuso unas coordenadas políticas que hoy, cuando parece ser tarde, se les dificulta seguir.

A ratos, pareciera que la Democracia Cristiana está aquejada de un severo síndrome. Por una parte, discute y está dispuesta a bloquear las relaciones políticas con el Gobierno y la Nueva Mayoría, amenazando con quitarle la sal y el agua en momentos en que el Ejecutivo más la necesita. Entre tanto, exterioriza sus conflictos con el PC —la discusión entre Goic y Teillier es en este sentido su culmen—, como si se tratara de un hecho digno de la farándula. Pero en el fondo, parece que la DC “quiere” que la maltraten, porque no pone ningún medio para terminar con esta relación de toxicidad que mantiene con sus pares al interior de la coalición gobernante. La sensación ciudadana, a fin de cuentas, es que todas estas peleas son para la galería, fruto de una relación extraña y que no contribuye a nada.

Nuestros sistemas políticos, sobre todo los partidos como la Democracia Cristiana, tienen una oportunidad vital para aprender a leer los movimientos de la ciudadanía y adelantarse a un posible escenario como el que ha ocurrido en Estados Unidos, y para abandonar estas peleas chicas que no contribuyen a que la gente valore la política. Si bien existen muchas encuestas serias —que nadie puede negar que se trata de insumos importantes para conocer la realidad política—, gobernar sólo en base a ellas puede terminar por incrementar el escepticismo ciudadano de que la política es algo prescindible e inútil. Comenzaríamos a pavimentar el camino para que una personalidad extravagante interprete no sólo la protesta ciudadana en términos simplistas, sino también los anhelos profundos del Chile actual de un modo equivocado, esos que han sido ignorados por algunos que prefieren discutir inútilmente por Twitter.

 

Antonio Correa Ferrer, director ejecutivo IdeaPaís