Curiosamente, la Presidenta Michelle Bachelet tiene la enorme oportunidad de asegurar que su gobierno no pase a los libros, además, como el que abrió la puerta al peor período de nuestra historia reciente. Es una paradoja que tenga en sus manos quedar sólo con un mal registro personal y no como el chispazo casi inevitable de una era nefasta para Chile.
Publicado el 29.10.2016
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Poco más de 500 días le quedan a la primera y última administración de la Nueva Mayoría, y ya es un hecho, imposible de remontar, que quedará en los anales de nuestra historia como el peor gobierno desde que el país recuperó la democracia.

Curiosamente, sin embargo, la Presidenta Mich0elle Bachelet tiene la enorme oportunidad de asegurar que esto se quede así y que su gobierno no pase a los libros, además, como el que abrió la puerta al peor período de nuestra historia reciente. Es una paradoja que tenga en sus manos quedar sólo con un mal registro personal y no como el chispazo casi inevitable de una era nefasta para Chile.

Ya ha pasado una semana desde la elección municipal y los análisis políticos siguen dándose vuelta sobre algo que las encuestas, la calle y el olfato más básico venían diciendo a gritos: hay una bronca nacional, transversal y que obviamente golpea siempre con más fuerza a quien esté en el oficialismo. Hoy ese enojo se manifiesta en la inacción que conduce al desánimo y a la abstención. Mañana, ya veremos.

Ahora o nunca, la Presidenta debe aparcar su legítimo, pero ya torpe y estéril, afán reformista para plantearse como único y más noble objetivo del resto de su estancia en La Moneda entregarle un país estable económica y políticamente a quien la suceda, sea o no de su agrado.

Para ello hace falta la humildad patriótica de reconocer, de una vez por todas, que su proyecto político fracasó y que llegó el momento de volcar todos los esfuerzos a configurar un equipo dedicado exclusivamente al salvataje de nuestro país. Cuesta creer que la intuición, esa amiga a la que Bachelet en repetidas ocasiones se arrepiente de no haber escuchado, no le susurre al oído que es momento de ponerse colorada una sola vez, pedir perdón, dejar la ideología a un lado y acabar con la espiral de desmoronamiento.

Pero hay que ser realistas y resignarse a que semejante acto patriótico, por necesario que sea, no está en los planes de La Moneda. Señales hay, lamentablemente muchas…

El discurso fúnebre que pronunció ella misma la noche de la derrota municipal incluía un guiño a que su esfuerzo se volcaría a continuar particularmente con la reforma constitucional. El cambio de gabinete hecho horas antes de las elecciones demostró que el acento –si es que lo hay– está puesto en un insólito juego partidista que se cristalizó con el actual berrinche demócrata cristiano. Y la promesa hecha al país de que se le escucharía el domingo pasado se difumina con ajustes cosméticos en subsecretarías y otros mandos medios.

Dos apariciones de Bachelet en revistas de circulación nacional dan pie también para pensar lo peor. Se insiste en que hay una realidad que es más grande que el gobierno –y que por eso lo exculpa–, que viene de antes y no es exclusiva del país (efectivamente, mal de muchos…); se culpa sutilmente al debate público en medios de comunicación de entorpecer un trabajo que dará frutos quién sabe cuándo y se agota la discusión en superficialidades como que si el acto electoral debe volver a ser obligatorio y, además, electrónico, cuando la crisis exige que el sufragio vuelva a ser, ni más ni menos, valorado, aunque siga siendo en un roñoso papel y haya que seguir haciendo ejercicios de papiroflexia para doblarlo correctamente.

Estos 500 días venideros son una oportunidad para la Presidenta de pasar a la historia. Ella y su intuición decidirán cómo. Mal pronóstico.

 

Alberto López-Hermida, Doctor en Comunicación Pública y académico UAndes

 

 

Foto: FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO