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Publicado el 13 de abril, 2018

Niños trans: entre la metodología y el lobby

Si los científicos norteamericanos, que llevan mucho más tiempo que nosotros investigando esto, no han logrado llegar a acuerdo, ¿qué nos hace pensar que la psiquiatría, la medicina y la pediatría chilena lo harán más rápidamente?
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Hace algunos días, Valentina Verbal publicó una columna en respuesta a otra de Claudio Alvarado. Según ella, Alvarado “arremete confusamente contra una ensalada de cosas distintas”, ensalada que se encarga de aclarar. Quisiera detenerme en un punto que llamó mi atención: el debate acerca de los porcentajes que la ciencia entrega sobre el arrepentimiento de los niños y jóvenes que sufren disforia de género.

Según Verbal, los estudios que Alvarado provee para asegurar que 8 de cada 10 niños trans se revierten en el tiempo, “han sido profundamente cuestionados por meter en un mismo saco a niños trans con niños homosexuales y, además, con niños con disconformidad de género”. Verbal da a entender así que todos los estudios no transafirmativos, o que sugieren ciertas cifras preocupantes, poseen deficiencias metodológicas, o que ya han sido superados por la ciencia “real”. (Esto, en todo caso, supone que la ciencia tiene algo que decir. Hace ya bastante tiempo que existe además otro grupo que piensa que es necesario más bien “desdiagnosticar el género”).

Lo anterior da cuenta parcial de un problema que ni siquiera la ciencia norteamericana parece haber solucionado, a saber, cuáles estudios deben ser tomados en cuenta y cuáles no. ¿Qué ocurre, por ejemplo, con los médicos del Colegio Americano de Pediatría que piensan que instar a un niño a someterse a bloqueo hormonal es abuso infantil? (https://www.acpeds.org/the-college-speaks/position-statements/gender-ideology-harms-children). Así pues, mientras una parte acusa metodología dudosa, la otra acusa presión del lobby, y ambas se tildan mutuamente de junk science.

Cuando se publicó el polémico número dedicado a sexualidad y género de The New Atlantis, que recogía un gran número de investigaciones, surgieron diversas voces para desacreditar su rigor, como si ninguno de los científicos que participaron tuviera un mínimo de seriedad metodológica. Lo interesante es que la revista en realidad sólo permitía concluir que no existe sustento científico para asegurar que la identidad de género es una propiedad innata e invariable del ser humano, y que es independiente del sexo biológico. Hoy en día resulta imposible citar datos de esa publicación, so pena de ser inmediatamente desacreditado. Un fenómeno al menos curioso, que no suele ocurrir en otros campos de investigación.

Nos surge entonces una duda: si los mismos científicos norteamericanos, que llevan mucho más tiempo que nosotros investigando estos asuntos, no han logrado llegar a acuerdo, ¿qué nos hace pensar que la psiquiatría, la medicina y la pediatría chilena lo harán más rápidamente? Aun suponiendo que hubiera consenso absoluto en las características que distinguen a los niños con disconformidad de género de aquellos que son transgénero, ¿podemos estar seguros de que nuestros especialistas no confundirán unos con otros? Aún más: ¿es indudablemente cierto que sólo los niños con disconformidad de género pueden vivir un proceso de reversión natural de su disconformidad, y los transgénero no? ¿Tenemos certeza absoluta de que, si se siguen unos criterios básicos, jamás tendremos un adulto que viva el drama del arrepentimiento?

Durante esta semana se encontrará en Chile Walt Heyer. Walt es un conferencista norteamericano que, al ser identificado como transgénero desde niño, se practicó una cirugía de reasignación de sexo a los 42 años (http://www.thepublicdiscourse.com/2015/04/14688/). Sus ocho años de vida como mujer trans, dice, se transformaron más bien en el disfraz de una niñez traumática. Inicialmente logró una cierta paz, pero paulatinamente fue cayendo en alcoholismo y desarrolló una severa depresión que lo arrastró al borde del suicidio. La única solución fue operarse nuevamente, aunque jamás volvería a reconstituir sus genitales masculinos. Dicho sea de paso, Heyer, que fue ingeniero de la NASA, también acusa de metodología dudosa a los estudios científicos que difunden las ventajas de la reasignación de sexo (http://thefederalist.com/2017/04/13/research-claiming-sex-change-benefits-based-junk-science/).

Al menos Heyer era adulto cuando comenzó su transición hacia mujer. Eso no disminuye en punto alguno su drama, pero sí hace que, en perspectiva, el de los niños sea mucho mayor. Si fallamos en diagnosticar a los niños, y luego tenemos un caso como el de Walt, ¿quién se hará cargo? ¿Sus padres? ¿La “verdadera” ciencia? ¿El Estado? ¿O lo dejaremos a él cargar con toda la responsabilidad? Visto así, tal vez la idea de dejar a los niños fuera del asunto del derecho a la identidad de género no sea en absoluto descabellado.

 

Gabriela Caviedes, investigadora de la Universidad de Los Andes

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRÁN GAETE/AGENCIAUNO

 

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