Sigo convencido de que se puede admirar al poeta Pablo Neruda sin llegar a una incondicionalidad torpe, incluso ridícula; se puede leer su poesía con la misma ilusión de aquellos años juveniles. Si conocemos su vida, logramos adentrarnos también en su época histórica. Con sus idas y regresos, sus compromisos y abandonos, sus ambigüedades y contradicciones, Neruda sigue siendo un personaje, y su poesía conserva esa fuerza telúrica que emociona y esos versos precisos que enamoran.
Publicado el 15.07.2017
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Pablo Neruda (1904-1973) fue uno de los grandes escritores del siglo XX y recibió el Premio Nobel de Literatura en 1971 como reconocimiento a su poesía, cuya fuerza “trae vivo el destino y los sueños de un continente”, según justificaba la Academia Sueca. Nació un 12 de julio, le gustaba celebrar sus cumpleaños y las fiestas han continuado tras su muerte.

Alguna vez leí a Luis María Anson destacar a San Juan de la Cruz y a Neruda como los dos grandes poetas de la lengua española, lo que permite apreciar el asunto lejos de un interés patriótico chileno, para dimensionarlo en un contexto más amplio. Se han escrito cientos, miles de páginas -de diferentes temas y calidades- sobre la vida y obra del poeta, y algunos pasajes de su vida incluso se han llevado al cine. Pero hay dos cosas que siguen siendo irreemplazables y son lo que podríamos llamar “lectura obligatoria”: sus múltiples poemas y su libro autobiográfico.

Este 2017 ha aparecido una nueva versión de Confieso que he vivido. Memorias (Santiago de Chile, Seix Barras), obra que fue publicada originalmente tras la muerte del poeta. Esta edición, según explica Darío Oses, quien estuvo a su cargo, en el prólogo y las notas se “incorporó material autobiográfico inédito”, encontrado en los archivos de la Fundación Pablo Neruda. Entre estos nuevos aspectos se puede destacar el capítulo “El último amor del poeta Federico”, sobre su amigo García Lorca y ubicado en los años españoles en la década de 1930, que Matilde Urrutia -la viuda del poeta, musa en Los cien sonetos de amor y otras tantas obras- decidió dejar para una publicación futura.

Leí por primera vez las Memorias de Neruda hace ya muchos años, por sugerencia de mi tío Sergio Reyes, profesor de matemáticas y hermano de mi mamá. Yo no era ni de lejos lo que se podría considerar un buen lector, la literatura no me apasionaba, y en la prensa devoraba las noticias del fútbol y poco más. Esas vacaciones de invierno en Chile, correspondientes a dos semanas en julio, cuando terminaba la enseñanza primaria, fueron diferentes: me devoré dos veces la vida de un hombre que rápidamente me pareció fuera de lo común. Había ingresado, casi clandestinamente, al universo nerudiano. Es obvio que no debo haber entendido muchas cosas, que numerosos nombres y lugares chocaban con mi ignorancia y que la historia de Chile y América -también del mundo- que aparecían de manera abundante en aquel libro requerirían un esfuerzo mayor de mi parte, si me quería adentrar en lecturas de hombre grande.

Felizmente, la vida me permitió después continuar con el amplio mundo de la literatura a través de su poesía, desde los versos tradicionales del amor temprano y apasionado, hijos de la soledad de un joven de provincias, autorreferentes y geniales para una persona que apenas se acercaba a las dos décadas de vida. Sin embargo, con el paso del tiempo se puede apreciar a un poeta mucho más complejo, comprometido políticamente con el comunismo y decidido a llevar esa lucha a su poesía. Esa “conversión poética” había nacido en España y el propio Neruda la describe en “Explico algunas cosas”. Para mayor novedad, en algunos libros posteriores Neruda se mostraría capaz de combinar el combate político con la pasión amorosa, resumidos en versos breves y claros: “qué azul es la vida, Miguel, cuando hemos puesto en ella amor y lucha” (en su Carta a Miguel Otero Silva); “adorada, me voy a mis combates” (en la “Carta en el camino”, poema final de Los versos del capitán, escritos en Capri, Italia, a comienzos de la década de 1950).

Un hombre de las características de Neruda no pasaba desapercibido. Muchas veces lo rodearon aduladores y su propia poesía descuidó belleza y creación, siendo reemplazada por afectos lindantes con el fanatismo y condenaciones que merecerían algún matiz. No obstante, sería injusto descalificar toda la poesía política del chileno, considerando que hay muchos poemas valiosos, hermosos y que conservan vigencia. Es necesario comprender que el siglo XX no fue una época propicia para equilibrios, y que las guerras civiles o internacionales —ideológicas o armadas—, llevaron a la toma de posiciones radicales con las miserias consiguientes.

Sin embargo, sigo convencido de que se puede admirar al poeta Pablo Neruda sin llegar a una incondicionalidad torpe, incluso ridícula; se puede leer su poesía con la misma ilusión de aquellos años juveniles. Si conocemos su vida, logramos adentrarnos también en su época histórica. Con sus idas y regresos, sus compromisos y abandonos, sus ambigüedades y contradicciones, Neruda sigue siendo un personaje, y su poesía conserva esa fuerza telúrica que emociona y esos versos precisos que enamoran.

Es verdad que la figura de Neruda, su vida personal y compromiso político, han merecido reservas y críticas. La obra recién reeditada también, como lo señaló el historiador Mario Góngora en una entrevista a Qué Pasa en 1976: “He leído últimamente su autobiografía, Confieso que he vivido, y no he podido menos de sentir repulsión. Pocos libros hay más convencionales en los elogios y en las condenaciones. A veces el ataque a personas que no pueden defenderse toca los límites de la bajeza”. El lapidario juicio contra Eduardo Frei Montalva siempre llamó la atención: “La figura de Frei se hará cada año más sombría. Y su memoria tendrá que encarar algún día la responsabilidad del crimen”. En su momento se dijeron cosas mucho más duras y seguirían las descalificaciones después, en medio de la polarización política y las acusaciones sobre responsabilidades históricas, siempre difíciles de determinar en la complejidad de los tiempos difíciles.

Sin embargo, creo que estas Memorias de Pablo Neruda se pueden leer con provecho, aunque deban considerarse sus limitaciones: vacíos, exageraciones, olvidos voluntarios, recuerdos parciales, juicios excesivos, cegueras ideológicas. El propio autor considera algunos de estos factores, cuando dice en la introducción: “Estas memorias o recuerdos son intermitentes y a ratos olvidadizos, porque así es precisamente la vida. La intermitencia del sueño nos permite sostener los días de trabajo. Muchos de mis recuerdos se han desdibujado al evocarlos, han devenido en polvo como un cristal irremediablemente herido”. Tras ello comienza una historia larga de poesía, luchas (algunas terribles), problemas varios, esperanzas, alabanzas vergonzantes, reconocimientos merecidos y un Premio Nobel de Literatura para la poesía en español.

No es poca cosa.

 

Alejandro San Francisco, historiador, académico de la Pontificia Universidad Católica de Chile y de la Universidad San Sebastián, director de Formación del Instituto Res Publica (columna publicada en El Imparcial, de España)