La decadencia política es, en buena parte, causa de la escasez de buenos políticos. Y la política entendida como una arena donde sólo se lucha por poder, termina atrayendo a los de peor calaña. El ciudadano debe volcarse a las ideas, a buscar representación en algo más que una cara, apellido o color político. Esto requiere de un ejercicio de aprendiz. Y los buenos liderazgos serán aquellos capaces de transmitir sus ideas de forma que hagan sentido con sus actitudes y propuestas.
Publicado el 20.08.2017
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En medio de la oscura desconfianza en que se encuentra la política, no parece haber muchas señales de luz que muestren una salida clara, algún camino por el cual transitar y despejar la suspicacia que envuelve al quehacer político.

Algunos creyeron que para salir del problema bastaba con financiar las campañas políticas con recursos del Estado; otros, en cambio, confiaron que el fin del sistema binominal terminaría con la tragedia; los más idealistas, por su parte, confiaron que un grupo de jóvenes dueños de la moral transformarían la política por completo. Sin embargo, la renovación política implica mucho más que aprobar reformas o el surgimiento de políticos vírgenes; requiere, sobre todo, la superación de los liderazgos que actualmente se basan, como sugería Orwell, en el poder por el poder.

Esta semana Giorgio Jackson demostró que, en los cortos seis meses del Frente Amplio, las ideas son una suerte de adorno, un accidente entre un grupo de jóvenes que principalmente buscan poder. Y esto, por supuesto, no es patrimonio personal del joven conglomerado, sino de una clase política que de izquierda a derecha ha menospreciado las ideas, que se ha subyugado a los lugares comunes de lo políticamente correcto, donde la contradicción es sólo un efecto indeseado de la búsqueda del poder en las cúpulas de sus partidos.

¿Cómo entender a una Democracia Cristiana que, al tiempo que dice valorar la vida humana y comunitaria, desprotege al indefenso con el argumento del derecho individual? ¿Cómo se explica el apoyo de la UDI a la candidatura a diputado de Jorge Castro, ícono de los contratos turbios en el puerto de Valparaíso? ¿Qué valor político entrega una Nueva Mayoría con un candidato que no es capaz de esbozar la más mínima idea de lo que sería su Gobierno? Y así, la clase política vive conforme a la evasión de conflictos, presa del qué dirán, alimentándose del corto plazo, de la insuficiencia, de la insipidez política, del doble estándar, si es que algún estándar le queda.

La creciente tendencia a llenar los cupos parlamentarios y municipales con personajes de la farándula y otras actividades de la televisión no parece una buena noticia. La política requiere de liderazgos capaces de volver a meditar, de trazar ideas y elaborar relatos capaces de generar explicaciones plausibles de los fenómenos sociales, de volver a priorizar la política en los problemas objetivos de la vida social, de atender la amplia dimensión de la pobreza, de legislar a favor de los invisibles, de convertir la política en un lugar de soluciones a partir de reflexiones donde las ideas políticas y el uso de la evidencia empírica sean armónicas. Y la capacidad de reflexión, hasta lo que sabemos, no se practica flirteando en un reality show, bailando en trajes de baño o practicando destrezas circenses. En efecto, la irreflexión sólo le dará más poder al proselitista de turno. La buena política implica necesariamente anclar actitudes y relatos en ideas políticas de forma consecuente y transparente, que sean capaces de plasmarse en programas y políticas que armonicen las demandas ciudadanas y la responsabilidad pública.

La decadencia política es, en buena parte, causa de la escasez de buenos políticos. Y la política entendida como una arena donde sólo se lucha por poder, termina atrayendo a los de peor calaña. Convocar a buenos líderes que logren renovar la política no será una tarea fácil. Por lo pronto, el ciudadano debe volcarse a las ideas, a buscar representación en algo más que una cara, apellido o color político. Esto requiere de un ejercicio de aprendiz. Por su parte, los buenos liderazgos serán aquellos capaces de transmitir sus ideas de forma que hagan sentido con sus actitudes y propuestas.

El objetivo del educador moderno, decía C.S. Lewis, no es el de talar árboles sino el de irrigar desiertos. Y al buen político se le podrá reconocer, entonces, como al buen educador.

 

Andrés Berg, investigador de Fundación P!ensa

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO