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Publicado el 23 de octubre, 2017

Narcocultura y solidaridad

Investigador Idea País Luis Robert
Es evidente que la “narcocultura” ha germinado donde no hay solidaridad, donde no existe responsabilidad ni interdependencia entre los vecinos, donde el Estado dejó de estar presente, para dar paso a la ley de la selva y la indolencia de los “exitosos”.
Luis Robert Investigador Idea País
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Hace algunos días, el sacerdote jesuita y capellán del Hogar de Cristo, Pablo Walker, denunció en El Mercurio la progresiva masificación de la venta de drogas en 426 barrios críticos del país, en los cuales la vida vecinal gira en torno a la “narcocultura”. Según Walker, esta situación es el síntoma de una sociedad que “ha tirado por la borda el valor de la comunidad como forma de definir la identidad y como estrategia de resolver dificultades”.

La denuncia causó gran revuelo, al punto de que el mismo gobierno salió al paso para matizar los dichos. Como sea, lo expuesto por Walker no es ninguna novedad: mientras en los centros de oportunidades se vive una vida semejante a la de los países desarrollados, en las periferias se sufre la segregación urbana, la marginalización, la violencia, la droga, los suicidios adolescentes y las familias destruidas. Hechos que son el reflejo visible de una avanzada descomposición de la vida comunitaria que no queremos ni de lejos reconocer.

Algunos críticos de esta realidad sostienen que se trata de una exageración, por cuanto Chile es un país donde la pobreza ha disminuido de manera sustantiva desde 1990 a la fecha. Es cierto, pero no hace falta elucubrar en exceso para constatar que en la ciudad se padece de una pobreza multidimensional que va más allá del ingreso. El punto es que estas transformaciones no pueden sernos políticamente indiferentes. Es una derrota política que la ciudad haya dejado de ser una instancia de encuentro personal, de conocimiento del otro, en el barrio, en el comercio a pequeña escala, y se estructure en función de la condición social de los ciudadanos —definida principalmente por la capacidad de consumo— y no por fines comunes, que faciliten la organización y participación ciudadana. Y, para peor, que se haya convertido en un enjambre de “padrinos” que han sustituido al Estado en sus deberes de protección, salud, educación, etc., a cambio del silencio y la libre circulación de la droga.

En este escenario, la solidaridad tiene especial relevancia. Si bien estamos acostumbrados a asociarla al asistencialismo, al voluntariado y, en general, a las buenas intenciones, desde un punto de vista conceptual, la solidaridad se relaciona precisamente con la importancia que le otorgamos a los deberes que tenemos con la comunidad, es decir, a la sociedad considerada como un “todo”, diferente a sus “partes”. Se trata de la interdependencia, al hecho de que ninguna persona se puede desarrollar de manera aislada.

Claramente nuestra sociedad carece de una visión basada en la solidaridad cuando pasamos por alto lo que ocurre a pocos kilómetros de distancia ―año a año desciende el número de vecinos conocidos― en estos barrios críticos, donde derechamente no hay comunidad, menos familia. Es curioso que ninguna política pública se haga cargo de manera seria de los suicidios adolescentes, por ejemplo. Chile, de hecho, después de Corea del Sur, es el segundo país de la OCDE con más altas tasas de suicidio juvenil, en los cuales claramente influye el entorno comunitario.

Que tengamos una visión solidaria de nuestra vida social, pasa, en buena parte, por nosotros mismos, por la actitud que tengamos frente a lo que ocurre en nuestras comunidades. Pero también pasa por la rehabilitación de las instancias que fomentan la política, por la promoción de la colaboración efectiva entre las personas y las comunidades. Es evidente que la “narcocultura” ha germinado donde no hay solidaridad, donde no existe responsabilidad ni interdependencia entre los miembros de un mismo grupo, donde el Estado dejó de estar presente, para dar paso a la ley de la selva y la indolencia de los “exitosos”.

Por eso, conscientes de que es necesario un trabajo profundo sobre el concepto de la solidaridad, en la Fundación IdeaPaís hemos querido contribuir modestamente con esta causa. El pasado martes 17 de octubre lanzamos el libro “Solidaridad: política y economía para el Chile postransición“, obra que reflexiona sobre los alcances del principio de solidaridad en el actual escenario nacional, desde una perspectiva teórica, económica, política y de diseño de instituciones y políticas públicas. Un desafío que, por cierto, no puede quedarse en los libros, pero que debe iniciarse en el estudio de las verdaderas causas de los fenómenos sociales, para no quedarnos con que los problemas sociales se solucionan con armas y muros.

 

Luis Robert V., subdirector de Estudios IdeaPaís

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO/AGENCIAUNO

 

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