Para maximizar su valor a largo plazo, las empresas deben migrar hacia un nuevo paradigma. De la “sustentabilidad” al “florecimiento”. Un espacio donde las habilidades y recursos empresariales persigan simultáneamente, y con un foco de largo plazo, la satisfacción de las necesidades del mercado, la rentabilidad y el impacto positivo en la sociedad de la cual son parte.
Publicado el 18.05.2016
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Imagine que su pareja le pide matrimonio y le jura que hará sus mejores esfuerzos por que su vida juntos sea “sostenible”. ¿Le entusiasmaría la idea de comprometerse de por vida con esa persona? De la misma forma, la oferta de “sustentabilidad” por parte de las empresas tampoco seduce a la opinión pública, a los medios de comunicación, a sus clientes, ni a sus propios empleados.

Imagine que los padres y/o madres de familia concibiesen su rol como “causar el menor daño posible a sus hijos”. Ciertamente los recuerdos familiares de todos serían menos felices, y Ud. probablemente no estaría donde está. La sociedad entera sería significativamente más pobre en un plano económico, psicológico y espiritual.

Es preciso reconocer entonces por qué el concepto, la intención y hasta la propia palabra “sustentabilidad” (o sostenibilidad) no alcanza. No entusiasma a nadie, ni logra expresar lo que la sociedad realmente espera de las empresas y sus líderes.

Aunque parezca mentira, la mayor parte de los enormes esfuerzos, inversiones y proyectos detrás de las estrategias de sustentabilidad tienen como fin reducir el nivel de daño que se causa. Disminuir, por ejemplo, las emisiones de gases con efecto invernadero, el uso industrial del agua dulce, el ruido a los vecinos o el impacto en la naturaleza circundante.

Las políticas de sustentabilidad ni siquiera terminan entusiasmando a los propios responsables de su diseño e implementación. El recorrido hacia la frustración es bastante típico. Se identifican primero actividades que ya hace la empresa y que pueden re-etiquetarse y difundirse públicamente como Responsabilidad Social Empresarial (RSE). Se trata de tener algo que contar.

Los que van más allá desarrollan una estrategia de sustentabilidad y comienzan a medir el impacto de sus iniciativas. Aquí normalmente se logran éxitos en las áreas que resultan consistentes con las prioridades del negocio. Por ejemplo, los primeros esfuerzos de sustentabilidad de Wal-Mart fueron muy exitosos en reducir el consumo energético. Se era más ecológico y se cumplía además el objetivo de bajar costos. Sin embargo, la estrategia de desarrollar esfuerzos de sustentabilidad con los proveedores fracasó estrepitosamente porque iba contra la cultura de aprovechar su tamaño y fuerza negociadora para apretarlos al máximo y bajar costos.

Pocos superan esta etapa. Se requiere de más recursos y de más compromiso de la alta dirección porque la sustentabilidad entra en conflicto con otras prioridades del negocio. Hay que elegir si se paga o no el costo de la sustentabilidad, y no es raro que las buenas intenciones se posterguen cuando llega una crisis económica.

Para revertir esta frustración generalizada es preciso cambiar la pregunta de fondo. Hoy la empresa privada es la principal fuerza del cambio en el mundo. Sus recursos financieros y tecnológicos sobrepasan a la de la mayoría de los países. ¿Cómo sería el mundo si estas empresas, en lugar de esforzarse para reducir sus externalidades negativas, empezaran a pensar en términos de una “huella positiva”.

Pensar, por ejemplo, en que es un rol de la empresa que todas las personas que trabajen en ella prosperen y desarrollen su potencial. Autoimponerse la responsabilidad de mejorar la calidad de vida y el paisaje de las comunidades donde operan. Asumir su rol en la calidad y la reputación de las instituciones u organismos públicos con los que interactúan.

La empresa privada en Chile ha sido el motor del crecimiento y progreso en los últimos 30 años. Ha generado riqueza y ofrecido a la gente nuevos y mejores productos y servicios. En esta línea, unos dirán que las ideas de esta columna son demagógicas. Que es fácil repartir la plata de los demás, que el propósito de la empresa es generar valor para los accionistas y no el de hacer caridad. Sin embargo, no hay una contradicción. Es solo un tema de plazo de análisis (o, como diría un economista, de tasa de descuento para valorar el futuro).

En 50 años más, el valor económico de un gran banco o de una gran empresa del retail dependerán estrechamente de cómo sea el Chile de ese momento. De su nivel de progreso, de su capital humano, de sus instituciones, de su tejido social y de sus proyecciones futuras.

Justamente, para maximizar su valor a largo plazo, las empresas deben migrar hacia un nuevo paradigma. De la “sustentabilidad” al “florecimiento”. Un espacio donde las habilidades y recursos empresariales persigan simultáneamente, y con un foco de largo plazo, la satisfacción de las necesidades del mercado, la rentabilidad y el impacto positivo en la sociedad de la cual son parte.

 

Alfredo Enrione, ESE Business School – Universidad de los Andes.

 

 

FOTO: FELIPE FREDES FERNANDEZ/AGENCIAUNO.