¿Merecen un monumento los Chicago Boys? No sé, en general diría que estamos en una época que no es para hacerle monumentos a las personas; pero si hay que elegir quién merece un monumento, no tengo dudas: es la modernización de Chile, de la que ellos fueron un pilar fundamental. Y al museo –o al mausoleo- podemos mandar a los socialismos reales, a los corporativismos, a las distintas formas de estatismo: socialistas y conservadoras.
Publicado el 03.10.2016
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A raíz de una columna de Axel Kaiser en que planteaba que los llamados Chicago Boys merecían un monumento, se generó una polémica entre éste y Pablo Ortúzar, quien le replicó argumentando que un museo sería más adecuado, porque aquellos economistas representaban ideas pasadas. Obviamente el tema de fondo es otro: es si la transformación económica que nuestro país inició hace prácticamente cuatro décadas merece ser valorada como algo excepcional.

Desde distintos flancos se apuntan detractores, como los que piensan que el llamado modelo neoliberal generó una sociedad brutalmente desigual e injusta; los que sostienen que provocó la mercantilización de aspectos fundamentales de la vida, como la seguridad social, la educación o la salud; y también los que, desde una visión socialcristiana, la cuestionan por haber generado –dicen- una cultura de individualismo y mercantilización de las relaciones sociales que ha deteriorado nuestro sentido de comunidad y pertenencia a proyectos compartidos que le dan sentido a la vida.

¿Son justas estas críticas? Pienso que no. Por una parte los que, desde la izquierda, levantan las banderas social demócratas de un estado de bienestar o, más aún, los que miran sin disimular su admiración al chavismo o el kirchnerismo, plantean alternativas que, en la práctica, se han mostrado inviables o, por lo menos, ineficientes.

El discurso de los derechos sociales, revestido de una aparente solidaridad, significa ponerle una mochila al Estado que frena nuestro desarrollo, presiona a un gasto irresponsable y nos retrotrae al riesgo del desorden fiscal que en el siglo pasado llevó al colapso de nuestra economía. Esto es lo que ha ocurrido en países de Europa, que se ha convertido en un continente en permanente ajuste y con niveles de deuda que auguran una crisis fiscal de proporciones en algún momento no muy lejano, la que probablemente terminará de volar por los aires el sueño de una Europa unificada, fuerte y próspera.

Qué decir de los representantes de la nueva izquierda latinoamericana que, con un discurso y lenguaje que parece renovado, no hacen más que promover un Estado que invade ámbitos de libertad individual imposibles de conculcar en este nivel de nuestro desarrollo. Tras esas estampas de rebeldía con “el modelo”, no hay más que trasnochado socialismo que fracasa una y otra vez para el lado que uno mire.

Son los adalides del “No +”: no más lucro, no más AFP, no más abusos; pero lo único que ofrecen como alternativa son discursos de solidaridad estatista vacío de contenido concreto, lleno de invocaciones a un Estado mágico que será capaz –nos aseguran- de proveer educación pública, gratuita y de calidad, pensiones dignas, salud también gratuita y oportuna para todos. Porque todo se puede hacer, sólo es cuestión de repartir la riqueza que existe y está en unas pocas manos.

Bueno, el discurso no tiene nada de nuevo, nada de original y, lo más importante, nada de éxito en ninguna parte.

El maravilloso proceso chavista se sostiene a punta de cárcel y persecución de los opositores, en medio de una inseguridad y pobreza generalizada. Lo único realmente notable que ha logrado el proyecto del Comandante Bolivariano es tener a un país productor de petróleo al borde del colapso económico y de una crisis que lo convierta en el único Estado de occidente que es petrolero y fallido. No es poco.

¿Y los críticos socialcristianos? Ellos hacen un reclamo al modelo que se extiende en conceptos como el economicismo, el individualismo, la pérdida de sentido, la disolución de los valores de una sociedad en que todo se vende y se compra, en que el mercado ha sustituido a la sociedad política y en que el ciudadano ha trocado en consumidor. Un país en el que, podríamos decir, “cada cuatro años votamos y para todo lo demás existe Master Card”. Los Chicago Boys serían responsables principales de esta catástrofe social y valórica.

La crítica está bien articulada, toca aspectos de nuestra sociedad que, me parece, son bastante atendibles. Pero cuando uno espera que den el remedio correspondiente al diagnóstico, la verdad es que empiezan las generalidades: necesitamos solidaridad, el Estado subsidiario es insuficiente, los tiempos actuales demandan que sea también, y principalmente, solidario. ¿Y cómo sería solidario sin ser socialista o reducir la libertad individual a niveles inaceptables? No lo he escuchado.

Enseguida, también nos llaman a revalorizar lo local: la familia, la comuna. Hasta ahí llegamos, porque sospecho que seguir dando ejemplos podría sonar a corporativismo fascistoide. ¿De qué concepto de familia estamos hablando, qué otros grupos intermedios hay que fortalecer, cómo se fortalecerían para que sea auténtica aplicación del principio de las autonomías sociales y no dirigismo estatista? No se ha sabido.

Entonces, resulta que con todos sus defectos y carencias, propios de toda obra humana, la modernización capitalista de Chile cambió este país para bien, lo hizo saltar al primer lugar de este subcontinente, nos puso en la modernidad, e incluso más, nos dejó en la puerta de eso que algunos llaman la post modernidad. De ahí los problemas y desafíos que enfrentamos hoy.

¿Merecen un monumento los Chicago Boys? No sé, en general diría que estamos en una época que no es para hacerle monumentos a las personas; pero si hay que elegir quién merece un monumento, no tengo dudas: es la modernización de Chile, de la que ellos fueron un pilar fundamental. Y al museo –o al mausoleo- podemos mandar a los socialismos reales, a los corporativismos, a las distintas formas de estatismo: socialistas y conservadoras. Todos tienen allí un lugar bien ganado, pero no creo que a estas alturas despierten mucho interés, ni siquiera en los asiduos a los museos.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero. 

 

 

 

 

FOTO: AGENCIAUNO.

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