Pese a su responsabilidad en la violación de derechos humanos en la RDA y a su actuar quijotesco de última hora, el error de Gunter Schabowski impidió un baño de sangre en el centro de Europa y la reunificación pacífica hace 25 años. La muerte de Schabowski nos ha traído el fin de la Guerra Fría hasta nuestros días.
Publicado el 03.11.2015
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La Guerra Fría sigue presente. Particularmente en Chile, donde algunos partidos de la Nueva Mayoría continúan abrigando nostalgia y simpatías por  la Cuba del castrismo, la extinta República Democrática Alemana, Corea del Norte o el “socialismo siglo XXI”. Esta semana acaba de fallecer Gunter Schabowski, figura que devino icono del fin de la Guerra Fría, la que terminó sepultando a los socialismos reales.

Durante varios decenios los regímenes del socialismo real anunciaron con pasmosa seriedad que enterrarían a la sociedad capitalista. Aquella entusiasta aseveración venía de Karl Marx, quien, en el siglo XIX, estaba convencido de que la clase obrera sería “la sepulturera” del capitalismo.

En 1963, el entonces líder de la fenecida Unión Soviética, Nikita Jruchev, emuló con el presagio apocalíptico del barbudo revolucionario de Tréveris. Dijo: “Les guste o no, la historia está de nuestra parte. Los enterraremos”. Años después, cuando notó que aquello olía demasiado a amenaza nuclear y el capitalismo parecía más vital y sano que el socialismo, precisó su sueño político afirmando: “Una vez dije: ‘los enterraremos’, y tuve problemas por eso. Por supuesto, no los enterraremos con una pala. Su propia clase trabajadora lo hará”.

Lo cierto es que fue el capitalismo quien enterró al socialismo en 1989, lo que algunos confundieron con “el fin de la historia”. Y, para ser tan precisos como Jruchov, habría que decir que no fue el capitalismo el que enterró al socialismo, sino su propia población quien lo hizo. Y cumplió esa tarea sin pala ni retroexcavadora, sin siquiera disparar un tiro, pero de forma masiva, decidida y pacífica, con la excepción de Rumanía, donde los militares comunistas ejecutaron sin juicio al tirano Nicolae Ceaucescu y a su esposa.

Schabowski fue quien en rigor sepultó a la República Democrática Alemana. Se trataba de un personaje especial en la historia europea reciente: Fue integrante del buró político (14 miembros) del comité central del partido socialista unificado de Alemania (PSUA, comunista), director del diario comunista nacional “Neues Deutschland” y encargado de “medios” del régimen. La tarde del 9 de noviembre de 1989 Schabowski cometió un error garrafal.

Esa tarde, mientras los alemanes orientales exigían en las calles de Berlín Este libertad y democracia del régimen comunista, Schabowski leyó mal ante la prensa occidental una resolución del gobierno. Yo vivía entonces en Bonn, como periodista, y lo estaba viendo por las cámaras. En lugar de informar al mundo -lo acordado por cuatro dirigentes top del PSUA-, es decir, que a partir del día siguiente los ciudadanos podrían tramitar su autorización para salir a Occidente de forma definitiva, terminó en rigor afirmando (por una frase que no leyó bien) que a partir de inmediato la frontera interalemana estaba abierta.

Y ocurrió, desde luego, lo que todos los que vivían o vivieron en el país comunista sabían o saben: sin Muro, franjas de la muerte, guardias armados, campos minados y perros amaestrados en la frontera, los habitantes del socialismo se marchan al capitalismo para no volver nunca más.

Schabowski acaba de morir. Me imagino que, a su avanzada edad, su cuerpo se negó a presenciar otro aniversario de la caída del Muro de Berlín. Desde hace casi 26 años venía escuchando aquello de que por leer mal una resolución del partido comunista, la RDA había sucumbido y desaparecido de la faz de la tierra. Según investigaciones serias, la dirección máxima de la RDA (que se había retirado a descansar ese día a su ciudadela amurallada de Wandlitz), la Embajada soviética y el Kremlin no estaban informados de aquel faux pas tan singular en la historia.

Puedo imaginarme lo mal que lo pasó desde entonces Schabowski, que entonces tenía cerca de 60 años, vivía en Wandlitz (curioso: los jerarcas germano-orientales tenían amurallada a su población y ellos, a su vez, vivían detrás de otra muralla y alambradas) y se trasladaba al comité central en un Volvo azul de largo adicional. Cada año, Occidente y el mundo comunista se agarra la cabeza a dos manos preguntándose cómo un portavoz de gobierno pudo cometer tamaño error.

Pero Schabowski fue un comunista bastante honesto: al cabo de un tiempo admitió que arriba todos sabían que el sistema era un fracaso, que era insostenible frente a la economía y la libertad de Occidente y que se basaba en la violación sistemática de derechos humanos. Schabowski fue decente y reconoció su responsabilidad y delitos. Fue condenado a tres años de cárcel pero luego amnistiado, de modo que llevó una vida retirada y modesta en Berlín.

En los últimos años a veces se lo veía pasar por las calles cuando volvía del médico o del supermercado. Solía responder a la prensa que siempre le preguntaba lo mismo: ¿Por qué lo había hecho y cómo había ocurrido ese desliz? Schabowski terminó siendo para mí un personaje de una novela o de un drama que concluye con el fin de una dictadura y la repentina conquista de la libertad de millones personas, pero también con el inicio obligado de un nuevo comienzo para ellos. Bajo circunstancias desconocidas y difíciles, los germano-orientales, tuvieron que adaptarse a vivir en una sociedad libre, democrática y próspera, pero exigente y acostumbrarse a tomar decisiones que en el socialismo el Estado toma por uno.

Schbowski murió solo. Fue apartado del partido PDS (comunistas renovados), y quedó aislado. Sus ex camaradas no le perdonaron jamás su “metida de pata” ni que reconociera los crímenes del socialismo contra sus ciudadanos. El ex funcionario de la RDA no pasará al olvido completo como los demás máximos dirigentes de un régimen que sus antiguos ciudadanos prefieren olvidar. Sin buscarlo, el sorpresivo anuncio de Schabowski pilló desprevenidos a los “duros” del PSUA y a los militares, quienes no se atrevieran a cumplir las órdenes que tenían desde la época de Honecker con respecto a quienes osaran cruzar la frontera: tirar a matar. Los militares no se atrevieron aquella noche del glorioso 9 de noviembre de 1989 a disparar sobre los millones de personas que anhelaban cruzar el Muro hacia el capitalismo.

Pese a su responsabilidad en la violación de derechos humanos en la RDA y a su actuar quijotesco de última hora, el error de Gunter Schabowski impidió un baño de sangre en el centro de Europa y la reunificación pacífica hace 25 años. La muerte de Schabowski nos ha traído el fin de la Guerra Fría hasta nuestros días.

 

Roberto Ampuero, Foro Líbero.

 

 

 

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