El derecho a voto de la mujer es sólo la punta del iceberg, ya que detrás de él hay una batalla larga por el reconocimiento de derechos de la cual podemos encontrar vestigios incluso desde el siglo XIX. 
Publicado el 08.03.2018
Comparte:

Al hablar de los derechos de las mujeres en el siglo XXI aparecen los más diversos temas, así como una gran variedad de posturas frente a las distintas propuestas, investidas bajo el concepto de “derecho social”.

Ahora bien, los derechos políticos y civiles que tenemos hoy en día son relativamente recientes, y muchas veces se dan por sentados, sin la valoración que se merecen. Me parece necesario recordar que hace sólo 100 años las mujeres no podíamos votar. Es decir, algo que hoy en día aparece casi como una opción, como se ve en la baja participación ciudadana en cada elección, hace un siglo era una prohibición para las mujeres.

El sufragio femenino fue la gran puerta de entrada de las mujeres a la vida pública. En Chile, incluso, existieron partidos políticos femeninos con anterioridad al derecho a voto, pero con un impacto limitado en relación a sus intereses. Esto, debido a que su entrada en la escena pública aún no se había consolidado.

Es interesante, sin embargo, constatar que era en el espacio público donde no se consideraba como sujeto activo a la mujer. En 1923 visitó Chile la destacada líder del movimiento sufragista estadounidense Carrie Chapman Catt, para reunirse con las integrantes del Partido Cívico Femenino. Por otro lado, en 1927, por encargo del gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, algunas profesoras chilenas fueron enviadas al Teachers College de Columbia para perfeccionar su quehacer docente, tarea que complementaron con su vida política, reconociendo muchos avances que podían importar en materia de derechos femeninos. Ellas volvieron para “revolucionar” la sociedad chilena no sólo desde la educación, sino también mediante la conformación del Movimiento Pro-Emancipación de la Mujer Chilena (MEMCh) en los años 30.

Pero el derecho a voto de la mujer es sólo la punta del iceberg, ya que detrás de él hay una batalla larga por el reconocimiento de derechos de la cual podemos encontrar vestigios incluso desde el siglo XIX. 

En 1817, el gobierno central de nuestra naciente república solicitó mediante una consulta popular, o plebiscito, que los ciudadanos se manifestaran sobre la posibilidad de proclamar la independencia. Desde los diferentes departamentos provinciales llegaron a Santiago firmas que hoy se albergan en libros celosamente custodiados por el Archivo Nacional. Entre ellos, desde Talca firmó “la ciudadana” Mercedes Vergara de Borgoño, solicitándole al gobierno central que declarase la Independencia de Chile. Próximamente se publicará, bajo el sello editorial de Historia Chilena, una recopilación realizada por Julio Retamal Ávila de todas las firmas que se han conservado a la fecha sobre aquella consulta popular, en la que figuran alrededor de 30 mujeres de un total de 4.197 firmantes.

Posteriormente, en 1865 Abdón Cifuentes, senador conservador, reivindicó el derecho político de las mujeres a sufragar. En un discurso, señaló: “Desearíamos que Chile hiciese adelantar el nuevo día de la redención política, es decir de la redención completa de la mujer”. El movimiento femenino, como vemos, excede temporalidades y grupos políticos y religiosos. Es una cuestión, como plantea Cifuentes, de darles el legítimo derecho a las mujeres de expresarse y tener participación ciudadana, como miembros íntegros de cualquier sociedad. En la misma ocasión, retóricamente se preguntó, “¿dónde está la ley natural que condena a la mujer al ostracismo perpetuo de los negocios públicos a que tiene condenada la ley humana?” Pues bien, en el siglo XIX las mujeres comenzábamos nuestro camino a la vida pública exigiendo plenitud de derechos. Sin embargo, en lugar de consolidarse la mujer como sujeto político activo en aquellos años, se dio el efecto contrario: mediante una reforma electoral en 1874, se amplió el universo de votantes, bajando la edad permitida para votar de 25 a 21 años, pero haciendo una distinción que dejó fuera expresamente a las mujeres, puesto que aquella nueva ley se refería explícitamente a “hombres”.

A partir de 1920, sin bajar los brazos, proliferaron con mayor fuerza diversas agrupaciones políticas femeninas, destacando el Partido Cívico Femenino. En la década siguiente, en 1934 se promulgó la ley que permite a las mujeres votar en elecciones municipales. El camino ya estaba abierto, pero no consolidado. Por esto, en 1935 se fundó el MEMCh, el cual integra el Frente Popular, junto con otras agrupaciones políticas, con el objetivo de lograr el sufragio universal y la ampliación de otros derechos. Esta es la primera actuación política de las mujeres, como grupo social, en la escena pública nacional.

A nivel internacional, las mujeres chilenas ciertamente que destacaron durante la primera mitad del siglo XX. En 1945, Gabriela Mistral logró merecidamente el Premio Nobel de Literatura. En su discurso ante la Academia Sueca, la poeta se declaró “hija de la democracia”, en circunstancias que no podría votar en la elección presidencial que se realizaría en 1946.

Durante la administración de Gabriel González Videla, en 1949, se logró el tan anhelado deseo de obtener el derecho a sufragio en elecciones generales. “¡Mujer, ya eres ciudadana!”, señalaba un afiche del Partido Femenino, en julio de 1952, con miras a los comicios del mismo año, invitando a inscribirse en los padrones electorales. La expansión de la democracia, iniciada con una tímida reforma en 1874, se consolidaba a mediados del siglo XX, reconociendo al fin los derechos plenos de las mujeres en materia electoral. De ahí en adelante, desde el espacio público, las mujeres hemos podido ejercer los mismos derechos que cualquier ciudadano. Al momento de hacer esto en la actualidad, me parece necesario recordar la valentía con que actuaron las pioneras de los movimientos femeninos, pavimentando el camino que hoy podemos recorrer.

 

Monserrat Risco, investigadora Centro de Estudios Bicentenario