Las mujeres en todo el mundo han sido históricamente privadas de derechos sociales y políticos y, sin embargo, es gracias al liberalismo, y no a pesar de él, que sus derechos han sido revindicados. Es innegable que hay camino por avanzar, camino en el cual el liberalismo, por cierto, ayudará.
Publicado el 23.04.2016
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En pocas semanas llega a Chile Nima Sanandaji, académico sueco de origen kurdo que ha investigado en profundidad los modelos económico-políticos de los países escandinavos. Entre otras cosas, Sanandaji se ha concentrado en desmitificar el famoso «milagro escandinavo» tal como muchos lo (des)conocen en el mundo, y especialmente en Chile ―donde tan atractivo ha sido para los diferentes “expertos” en las más diferentes disciplinas de las ciencias sociales―. Según esta creencia común, los altos estándares de vida en los países escandinavos serían consecuencia de una sola causa: los Estados de Bienestar. Es decir, habrían sido el resultado de altos impuestos y de estados grandes y proveedores de servicios de manera monopólica. Sin embargo, y tal como muchos chilenos ya deberían tener claro gracias al trabajo desarrollado por el ex-MIR y ex-diputado sueco Mauricio Rojas, los altos estándares de vida escandinavos no han florecido gracias, sino a pesar de sus estados.

Un fenómeno similar es el que describe Nima Sanandaji en otro libro, próximo libro a publicarse. En él, Sanandaji explica que la carrera laboral es especialmente «cuesta arriba» para las mujeres en estos países escandinavos y que, por lo mismo, existe muy poca presencia femenina entre los «altos ejecutivos» y dueños de empresas. Todo esto a pesar la fuerte retórica de género y de la alta participación laboral femenina allí existente. Así, respecto a estas métricas, Suecia, Noruega y Finlandia se ubicarían por debajo de los países con modelos económicos más liberales e incluso peor que los «Países Bálticos», sus vecinos más conservadores ―y, en teoría, menos igualitaristas en términos de género―. Sin embargo, esta aparente paradoja no es más que el reflejo de que es el liberalismo y no es el socialismo, ni el famoso Estado de Bienestar, el orden económico que realmente promueve y, lo más importante, se sustenta en una ideología igualitaria entre hombre y mujer. Esto refleja, además, cómo incluso en culturas ancestrales en donde ha primado la igualdad de género, las mal combinadas políticas socialistas de nacionalización de industrias, altos impuestos y restricciones al trabajo ―incluso al trabajo autónomo (¿Uber?)―, pueden «remar en contra» de algo que supuestamente defienden. Nima Sanandaji, entonces, nos aporta con otra desmitificación de los Estados de Bienestar. Bien haría entonces en escucharlo el diputado Gabriel Boric, quien culpó al liberalismo de relegar a la mujer cuando justificaba su voto en favor del aborto en el Parlamento.

No es coincidencia que sea en las democracias liberales en donde las mujeres se han integrado más profundamente al mundo político y social, algo antes completamente impensado ―es increíble imaginarse al Chile del año 1949, cuando las mujeres no podían votar por la Presidencia de la República―. Un avance que ha ocurrido gracias a las ideologías liberales, no a las socialistas. No es casualidad tampoco que uno de los más antiguos y más importantes teóricos feministas haya sido uno, sino el más, importante filósofo liberal de los últimos siglos, John Stuart Mill.

Las mujeres en todo el mundo han sido históricamente privadas de derechos sociales y políticos y, sin embargo, es gracias al liberalismo, y no a pesar de él, que sus derechos han sido revindicados. Es innegable que hay camino por avanzar, camino en el cual el liberalismo, por cierto, ayudará.

 

Fernando Claro V., Investigador Fundación para el Progreso.

 

 

FOTO:FRANCISCO LONGA/AGENCIAUNO