Unas han usado el poder para perseverar en populismos y caprichos ideológicos que han fallado una y otra vez, otras han asumido con originalidad el desafío de liderar en el siglo XXI, desde las ideas del progreso y la conexión con la ciudadanía.
Publicado el 14.02.2016
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Actualmente existen cerca de 20 países que son gobernados por mujeres, poco más del 10% de los gobiernos del mundo, algunas con mayor éxito que otras. Entonces la pregunta es: ¿a qué podemos atribuir el éxito o el fracaso de estas mujeres?

Para comenzar, acabamos de observar cómo Cristina Fernández de Kirchner, tras su segundo mandato, deja a una Argentina entumecida, con una economía estancada, sin movimiento de mercado y con altos niveles de corrupción, inseguridad y pesimismo. Como mujer tuvo la oportunidad ejercer un liderazgo propio, pero se limitó a gobernar 8 años como la viuda de Néstor Kirchner, siendo un mera continuidad que terminó con su dramática salida de la Casa Rosada.

Otro ejemplo de liderazgo débil y en decadencia es Dilma Rousseff, quien recibió un coloso, pero perdió el control al poco andar, preocupada de una agenda populista, de mundiales de fútbol y Juegos Olímpicos; teniendo a una ciudadanía inmensamente descontenta que se siente olvidada y desplazada. Hoy, el 71% de la población considera que su gestión es mala o pésima.

En Chile, la Presidenta Michelle Bachelet terminó su primer gobierno con más de un 80% de aprobación, sin embargo, hoy no alcanza al 25% de adherentes. Las ambiciosas promesas de campaña, encabezadas por las distintas reformas, más los casos de corrupción, como Caval, han debilitado su imagen y gestión en este segundo periodo. La incertidumbre e improvisación han sido los protagonistas de sus dos primeros años de gobierno, dejando a Bachelet, quien era una líder de unidad, como una Presidenta desorientada y ausente. Ella, fiel a su agenda ideológica, ha persistido en el camino de su programa, quemando su capital personal acumulado por años y que la llevó a La Moneda en dos ocasiones. Hoy, su liderazgo se ha debilitado al punto que parecemos ser un país gobernado por un programa y sus redactores; y no por una Presidenta.

Cambiándonos de continente nos encontraremos inmediatamente con una mujer que ha triunfado, Ángela Merkel, Canciller Federal de Alemania, catalogada por la revista Forbes como la mujer más poderosa del mundo en 2015, quien desde un inicio ha gobernado por sí misma, manteniendo el foco en la productividad de su país y en el fortalecimiento de las relaciones en el continente europeo. El porcentaje de desempleo de su país alcanza un 5,3%, uno de los índices más bajo en el mundo, y se encuentra dentro de los 20 países con mayor PIB per cápita a nivel mundial, a pesar de la crisis que atraviesa el continente.

Merkel, con carácter y convicciones propias, ha logrado altos niveles de credibilidad dentro de Alemania y en el extranjero, posicionándose como una líder a nivel mundial.

Volviendo a la pregunta inicial, podemos concluir que el éxito o el fracaso de las mujeres como líderes de una nación no tiene que ver con el hecho de ser mujeres, sino con su capacidad de liderar en forma consistente, coherente y empática, y tiene una directa relación con el modelo de sociedad en cual creen, buscan instalar y por consiguiente, en la historia de éxito y fracaso de éste.

Unas han usado el poder para perseverar en populismos y caprichos ideológicos que han fallado una y otra vez, tanto en sus gobiernos como a lo largo de la historia, otras han asumido con originalidad el desafío de liderar en el siglo XXI, desde las ideas del progreso y la conexión con la ciudadanía.

 

Mónica Reyes R., Fundadora de Makers Liderazgo Femenino.

 

 

FOTO:RAUL ZAMORA/AGENCIAUNO