Necesitamos instituciones e individuos que se den cuenta de ello y corrijan estos comportamientos alentando, promoviendo y abogando por las mujeres.
Publicado el 18.01.2016
Comparte:

En los dos últimos años, de las columnas en diarios impresos que se refirieron a las noticias más debatidas en Chile, como los casos Penta, Caval y SQM, apenas el 1% fueron escritas por mujeres. Esta cifra no debiese sorprendernos si consideramos lo tristemente subrepresentada que está la mujer en las páginas de opinión.

¿Cómo se explica que no existan opiniones femeninas en temas relevantes para todos los ciudadanos? La respuesta más obvia sería decir que no nos interesa opinar. O que somos tímidas. Pero las razones son más complejas e involucran, principalmente, temores y desaprobación en el ámbito profesional. Cuando los sicólogos estudian las dinámicas de poder se dan cuenta que las personas en posiciones de baja autoridad tienen mayor temor a expresar sus opiniones y, muchas veces, derechamente evitan hacerlo. Las mujeres -ubicadas en su mayoría en los mandos medios y bajos de las estructuras organizacionales- manifiestan menos su opinión por temor a parecer muy negativas o criticonas. Además, existe miedo de atraer la atención y dar pie a un eventual ataque.

La realidad es que en el ámbito del trabajo las mujeres hablan menos. Una razón es porque se valora menos a las mujeres que hablan más. Parece increíble pero se ha comparado a hombres y mujeres y lo que para ellos es sinónimo de éxito, para ellas significa desaprobación. Un ejemplo es que en Estados Unidos los ejecutivos hombres que hablan más que sus pares son vistos como un 10% más competentes que el resto. En cambio, las mujeres que hablan más son vistas -tanto por hombres como por mujeres- como un 14% menos competentes. El incentivo es perverso, porque para la mujer resulta más conveniente hablar menos. En la práctica eso implica una pérdida en la capacidad de comunicar ideas y de proponer soluciones para el desarrollo de la organización. Una situación que a nadie favorece.

Otra razón de este silencio es que las ideas femeninas son criticadas con mayor facilidad que las de los hombres. El escrutinio no sólo lo hacen los hombres, sino que también las propias mujeres. Estamos inconscientemente condicionadas a valorar de peor forma la opinión de personas de nuestro mismo género. El test sicológico de asociación implícita confirma los prejuicios que afectan a las mujeres en el ámbito laboral, al dar cuenta de diversos estereotipos. Intuitivamente la mayoría de las personas tiende a asociar el concepto de familia con mujeres y el de carrera profesional con hombres. O la ciencia con los hombres y las artes con las mujeres. Por milenios nos hemos acostumbrados a que los hombres proveen y las mujeres crían. Entonces, cuando las mujeres exhiben rasgos de liderazgo y capacidad de decisión, inconscientemente nos choca. Incluso nosotras mismas no nos damos cuenta de esta discriminación. Sheryl Sandberg relata que después de dar una charla de género a los empleados en Facebook se sorprendió cuando una empleada le dijo que sólo había ofrecido la palabra a hombres. La mujer había dejado su mano en alto, esperando a que Sandberg le diera la opción de preguntar, aún cuando el resto de sus compañeras ya habían bajado las suyas. Me pregunto cuántas veces nos quedamos con las manos en alto esperando nuestro turno. O peor aún, cuántas veces hemos dudado si levantar la mano y juzgamos si nuestra opinión vale realmente la pena. Nos falta arriesgarnos y perderle el miedo al escrutinio público, como también que haya más conciencia de las dificultades que experimentamos al expresarnos.

El que dejemos de dar nuestra opinión también está determinado por el hecho de que nos sentimos inseguras de nuestros logros y nos subestimamos constantemente. Lo hacemos más que los hombres y valoramos nuestro desempeño como inferior al que realmente es. Prueba de esto es un estudio que se hizo en mil estudiantes de Derecho de la Universidad de Harvard, donde las mujeres se autoevaluaban peor que sus compañeros hombres en todas las áreas de desempeño.

Si queremos un mundo con mayor igualdad, tenemos que saber que hay menos probabilidades de que las mujeres levanten la mano. Necesitamos instituciones e individuos que se den cuenta de ello y corrijan estos comportamientos alentando, promoviendo y abogando por las mujeres. Por nuestra parte, tenemos que aprender a levantar la voz. A alzar la mano y dejarla en alto.

 

Gracia Dalgalarrando, máster en Políticas Públicas, Universidad de Columbia.

 

FOTO:VÍCTOR PEREZ/AGENCIAUNO