Las altas votaciones que alcanzan los alcaldes “vitalicios” se deben en gran medida a que no tienen competencia real, y corren prácticamente solos, con la ventaja de tener la maquinaria del municipio a su favor como candidatos incumbentes.
Publicado el 25.05.2016
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Cuando quedan cinco meses para las elecciones municipales, resulta pertinente debatir sobre lo que está en juego en ese proceso y la importancia de que el electorado vote en conciencia y de manera informada por las autoridades que elegirán para que conduzcan las 346 comunas del país durante los próximos cuatro años.

Quizás como pocos estamentos del Estado, las municipalidades juegan un rol fundamental en la vida cotidiana de las personas, y en la calidad de vida de las mismas. Por ello, no es una nimiedad la elección de aquellos que estarán a cargo de la gestión de los gobiernos locales.

En algunos casos nos encontramos con alcaldes que llevan 16, 20 y hasta 24 años ejerciendo sus funciones. Se trata de verdaderas monarquías municipales, cuyos jefes comunales se han terminado transformando en caudillos que bloquean la natural competencia que debiese existir en todo sistema democrático, impidiendo –de paso- la renovación de la gestión municipal y de liderazgos alternativos.

Hasta ahora, la mayoría de estos alcaldes “vitalicios” han contado con la complicidad de las cúpulas de los partidos políticos a los que pertenecen, pues éstos suelen blindarlos, asegurándoles el cupo, y neutralizando cualquier asomo de competencia interna. Esto, bajo el argumento de que si esas autoridades han sido electas durante tanto tiempo es porque el electorado así lo decide sobre la base de su buena gestión.

Aun cuando este fundamento puede tener cierta lógica, lo concreto es que en algunos casos presenta distorsiones importantes que es bueno dejar en claro. Algunos ediles justifican su “larga vida” al mando de los municipios por las altas votaciones que han obtenido en cada uno de los comicios en que han participado y señalando que los vecinos apoyan su conducción.

Sin embargo, las altas votaciones que alcanzan los alcaldes “vitalicios” se deben en gran medida a que no tienen competencia real, y corren prácticamente solos, con la ventaja de tener la maquinaria del municipio a su favor como candidatos incumbentes. A su vez, aquí existe una contradicción vital por parte de estos alcaldes, ya que si de verdad confían en que han hecho una buena gestión, no tienen por qué temerle a la competencia y someterse al escrutinio de los vecinos.

Además, en el caso de las municipalidades que cuentan con ingentes recursos para operar, hacer una buena gestión es el piso básico que se le debe exigir a cualquiera que asuma la labor de alcalde, porque es bastante más fácil tener un buen cometido en esas comunas que en aquellas con presupuestos limitados. Por lo tanto, este no es un argumento suficiente para validar la reelección indefinida.

Algunas colectividades aún no parecen entender que los tiempos cambiaron y que en la actualidad la ciudadanía rechaza las prácticas de designar candidatos a dedo y entre cuatro paredes, como se venía haciendo hasta hace poco. Con todo, es responsabilidad de nosotros como ciudadanos impedir que estas situaciones se sigan repitiendo.

Para lograrlo es clave que, pese a la molestia que exhibimos los chilenos con el sistema político, no dejemos de participar en las elecciones municipales del 23 de octubre; porque si nos restamos de ese proceso (en los comicios de 2012 votó el 40% del electorado), le estaremos facilitando la reelección a aquellos que quieren eternizarse en sus cargos.

Y aquí no se trata de un asunto personal contra determinados alcaldes, sino que un tema de principios. Porque estoy seguro de que nadie cuestionaría a estos alcaldes si ellos estuviesen dispuestos a someterse a una competencia efectiva, ya sea en sus partidos, conglomerados o en las elecciones generales.

 

Carlos Cuadrado, periodista.

 

 

FOTO:JUAN GOMES/AGENCIAUNO