El meme, haciendo mofa o denostando sujetos, es una forma simbólica de linchamiento, igual que quemar una figura alusiva a un político. Paradojalmente, muchos de los que aplauden aquello como una expresión artística, luego se quejan de los discursos de odio, la violencia simbólica o del lenguaje abusivo.
Publicado el 23.06.2018
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Un sujeto conducido por verdugos hacia la plaza pública. La guillotina o el hacha dispuesta para ejecutar el castigo, y una muchedumbre enardecida, envalentonada pidiendo el tormento y esperando el espectáculo sangriento. El linchamiento de los condenados era la forma frecuente en que se asignaba justicia en tiempos pasados en diversas sociedades, incluso en las que hoy se consideran más civilizadas. Ahí no había presunción de inocencia, ni debido proceso, ni garantías constitucionales; más bien una multitud irracional, mucho rumor, ira y exaltación.

Por suerte, el suplicio en la plaza, la guillotina, el verdugo y el populacho rabioso como juez fueron sustituidos paulatinamente por el desarrollo del a veces tan despreciado Estado de Derecho, que conlleva el reemplazo de la burda voluntad colectiva como acusadora por el debido proceso, con derecho a un juicio, a defensa, a investigación previa, etc. Eso al menos ocurrió en Occidente. En otras regiones del planeta aún prevalece la lapidación, el ahorcamiento y la amputación de miembros como formas de castigo.

Irónicamente, muchos de los que aplauden aquello como una expresión artística luego se quejan de los discursos de odio, la violencia simbólica o del lenguaje abusivo.

Sin embargo, el Estado de Derecho no eliminó la disposición gregaria de los seres humanos a actuar como una manada de hienas. Porque esa muchedumbre rabiosa, sedienta de sangre y de expiación, cada tanto se muestra a través de las redes sociales, queriendo enviar al patíbulo a cualquiera que crea culpable de algo. Ahí radica la paradoja con respecto al castigo infringido por un grupo de reclusos a los supuestos asesinos de una mujer en el barrio República, porque los mismos que probablemente hoy se muestran sorprendidos por los apremios cometidos por los reclusos, son algunos de los que sistemáticamente horadan la presunción de inocencia y validan acciones violentas como supuesta expresión de justicia. De hecho, es probable que muchos tengan al linchamiento de imagen como una entretención habitual en sus redes sociales, ajustadas a sus prejuicios religiosos, ideológicos, culturales, raciales o clasistas. Porque el meme, haciendo mofa o denostando sujetos, es una forma simbólica de linchamiento, igual que quemar una figura alusiva a un político. Irónicamente, muchos de los que aplauden aquello como una expresión artística luego se quejan de los discursos de odio, la violencia simbólica o del lenguaje abusivo.

Esa es expresión clara del retorno de la barbarie y el iliberalismo.

Hace rato que en la opinión pública reina el voluntarismo brutal mediante el cual algunos se presumen supremos jueces con el derecho a linchar, de manera virtual, a quienes consideran herejes, blasfemos o disidentes de sus imposturas colectivizadas, intolerantes, supuestamente mayoritarias y superiores moralmente. Ahí están los inquisidores pidiendo la pena capital, desde la comodidad de sus celulares, para todos aquellos que rompan con la corrección política que la muchedumbre virtual presume tener. Y los reclusos, no ajenos a ese fenómeno, entonces deciden hacer lo mismo de manera directa y publicitar su acción como forma de validarla frente a las redes sociales hambrientas de castigo. Esa es expresión clara del retorno de la barbarie y el iliberalismo que amenaza las sociedades actuales, en desmedro de los criterios que sustentan el Estado de Derecho.

Muchos de los que cada tanto apelan a la ira del populacho, olvidan que el Estado de Derecho existe para que sea la ley la que juzgue eventuales criminales y no la muchedumbre enfurecida, guiada por sus más viles pasiones. Lo paradójico es que aquellos que parecen aceptar el linchamiento de la turba “ideológicamente consciente” para que exprese su rabia en las calles, rechazan que la turba carcelaria, lumpen proletaria, se reserve el mismo principio violento al interior de los penales. Esa es una ironía que refleja la paradoja que existe frente a los derechos humanos. Porque algo que preocupa, es que la sociedad actual se inclina por la barbarie creyendo que promueve la justicia. Ahí se esconde la semilla potencial del mal banal.

Por eso, si a usted no le gusta el linchamiento de los presos, entonces no desestime el Estado de Derecho y el imperio de la ley, presumiendo que son simples ficciones. Ahí, en esa sutileza, radica la distinción entre justicia y barbarie.

Jorge Gómez Arismendi, director de Contenidos, Fundación Para el Progreso.

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO