Lo que los ideólogos de la Nueva Mayoría no entienden es que tanto los empresarios como los consumidores aborrecen las discrecionalidades de funcionarios empoderados por el Estado, cuyo único mérito, la mayoría de las veces, es haber sido obsecuentes con el poder político.
Publicado el 15.03.2017
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En una columna de El Mercurio, el ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés, explica el porqué del bajo crecimiento de la economía chilena. Tengo la impresión de que el análisis del ministro, simplón en lo analítico y con sesgos panfletarios —aun rescatando como positivo el reconocer que la reforma tributaria tuvo un impacto en crecimiento—, al igual que su correligionario y ex ministro de hacienda, Nicolás Eyzaguirre, es la teoría de que el menor crecimiento económico es el costo a pagar por una sociedad más igualitaria y justa.

Nadie se opone a la igualdad, entendiendo por ello que los que hacen el mismo esfuerzo tienen derecho a beneficiarse de la misma compensación, que es la base de la justicia. El problema con las reformas de este Gobierno no es solo que distorsionaron los incentivos y los mecanismos de compensación del esfuerzo, sino que además pretenden arbitrar justicia social, haciendo al Estado juez y parte en dicho proceso. El problema es que el Estado, capturado por los políticos de turno, ha demostrado no ser el mejor.

La comparación del ministro con Perú, para explicar la caída en la inversión y justificar la desaceleración de la economía chilena, no es afortunada. Para los consumidores la lectura es que, si nos vamos a comparar, que sea al menos con el mateo del curso, no con alguien del montón. Para los empresarios, que entenderían mejor la situación, la comparación suena más a disculpa, pues no contenía proposición alguna, salvo cuando nos tilda de amnésicos porque se nos olvidó inventar nuevos negocios para exportar.  Más interesante sería saber qué hicieron Canadá, Nueva Zelanda o Australia, todos países productores de bienes básicos, para sortear de mejor forma el bache del comercio mundial.

Lo que los ideólogos de la Nueva Mayoría no entienden, ya sea por ignorancia o mala intención, es que tanto los empresarios como los consumidores aborrecen las discrecionalidades de funcionarios empoderados por el Estado, cuyo único mérito, la mayoría de las veces, es haber sido obsecuentes con el poder político. Esto es igual que en el fútbol, si un partido repleto de estrellas del balompié cuenta con un árbitro discrecional, es muy probable que el espectáculo sea malo. Nadie niega el efecto que el deterioro del sector externo ha tenido en la economía, y entendemos que es poco lo que Chile puede hacer por cambiarlo, sin embargo, todos entendemos que los problemas internos sí podrían resolverse para dinamizar más la economía.

Ejemplos sobre la discrecionalidad de funcionarios de turno abundan. El rechazo del proyecto Minera Dominga por parte de la Comisión Regional de Evaluación Ambiental, la resistencia inicial al Supertanker por parte del director de la Conaf, los problemas en la región de La Araucanía y otros constituyen algunos de los muchos ejemplos de cómo el Estado, a través de funcionarios de turno, le pone palos en las ruedas del crecimiento económico.

Sería bueno que el ministro Valdés siguiera los consejos de Cicerón, que en el 55 AC dijo: “El presupuesto debe equilibrarse, el Tesoro debe ser reaprovisionado, la deuda pública debe ser disminuida, la arrogancia de los funcionarios públicos debe ser moderada y controlada, y la ayuda a otros países debe eliminarse para que Roma no vaya a la bancarrota. La gente debe aprender nuevamente a trabajar, en lugar de vivir a costa del Estado”.

 

Manuel Bengolea, estadístico PUC y MBA de Columbia, NY

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE/AGENCIAUNO