Uber y Cabify son el presente y el futuro está en incorporarlos al sistema de transporte público mayor, en integrar su tarifa a la del Transantiago y a la de las bicicletas públicas, y quién sabe cuántas cosas más.
Publicado el 08.04.2016
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Con gusto hemos podido ver el debate que se ha producido en los últimos días en torno a la permanencia de Uber y Cabify en nuestro país.

Para ser honestos, más que un debate, hemos visto una autoridad que declara la guerra a estos sistemas de transporte y prácticamente todo el resto de los ciudadanos en contra de esta guerra.

Si bien hay bastante de verdad cuando el ministro Gómez-Lobo califica de ilegal la operación de Uber y Cabify en Chile, lo concreto es que esa ilegalidad tiene más que ver con la normativa vigente que con el servicio mismo que estos sistemas prestan.

Creo que el gobierno está perdiendo una oportunidad única de anotarse un tremendo triunfo político (y también urbano). Negarse a adaptar la normativa vigente para que este tipo de servicios operen en la legalidad en Chile es un error enorme, y me atrevería a apostar que más temprano que tarde estas aplicaciones van a ser legales. Sin lugar a dudas Uber y Cabify tendrán también que adaptarse en ciertos temas, pero no cabe duda que lo van a hacer. Está en el ADN de este tipo de innovaciones una alta capacidad de adaptación y una gran flexibilidad. De hecho, así lo han hecho en el mundo: Uber fue expulsado de España en julio de 2014, y esta semana volvieron a operar luego de cumplir los requisitos que les exigieron.

Por otra parte, veo en esta actualización normativa una enorme oportunidad para adelantarse a los tiempos: de aquí a tres años vamos a contar con una nueva tarjeta Bip!, una mucho más segura y poderosa, que permitirá pagar otros servicios además del Transantiago. ¿Por qué no Uber o Cabify? ¿Cómo nos veríamos pudiendo pagar estos servicios con la Bip! y combinando después con Metro con una tarifa integrada? Si la autoridad realmente quiere que quienes tienen auto lo dejen en la casa en las horas y áreas más congestionadas, ésta es una buena manera de hacerlo.

Está demostrado en todo el mundo que el parque automotriz aumenta a medida que el ingreso per cápita crece. Chile no es la excepción y nuestra tasa de motorización ha subido fuertemente en el último tiempo. La verdad es que es un error y una pérdida de tiempo combatir el que la gente se compre un auto. El auto significa mucho socialmente. Lo que hay que tratar de hacer es que la gente no use su auto en las horas y las zonas saturadas, y para eso el automovilista debe tener una alternativa, pero una que le ofrezca alta calidad de servicio, comodidad, seguridad, y certeza en los tiempos de viaje. Una combinación Uber/Cabify–Metro ofrece precisamente eso, lo que sería un tremendo beneficio para Santiago desde el punto de vista de la movilidad: se reduciría la cantidad y extensión de viajes privados, y se requerirían menos estacionamientos.

El Decreto Supremo N°212 y el Decreto N°80, los cuerpos legales que gobiernan el transporte público y privado de pasajeros, lloran un montón de actualizaciones hace años, y la existencia de estas aplicaciones es el empujoncito que se necesitaba para hacerlas realidad. Sin embargo, lejos de eso, lo que vemos es una inamovilidad pasmosa del Ministerio de Transportes.

Los taxis básicos tienen el parque restringido hace muchos años, es decir, no pueden aumentar en número, y además han enfrentado una demanda creciente, por lo que obviamente están muy cómodos en la situación actual. Por si eso fuera poco, debemos sumar el ingrediente de que son gremios muy, muy poderosos, y que pueden fácilmente hacer rodar la cabeza de un ministro.

Todos sabemos que en ese escenario, la calidad de servicio empeora. La normativa vigente y quienes la hacen cumplir no han sido capaces de hacerse cargo de estos problemas, y ese es precisamente el espacio que aplicaciones como Uber y Cabify vieron para entrar al mercado. Si los taxis de techo amarillo hubieran funcionado realmente bien, estas empresas no hubieran tenido cabida, sin embargo, en la calle vemos todo lo contrario: los usuarios felices con ellas y defendiendo el servicio con mucha fuerza, y -la verdad- con razón.

Con la mano en el corazón: ¿hay alguien que de verdad crea que este tipo de servicios no llegó para quedarse? Uber y Cabify son el futuro. No, en realidad no son el futuro. Son el presente. El futuro está en incorporarlos al sistema de transporte público mayor, en integrar su tarifa a la del Transantiago y a la de las bicicletas públicas, y quién sabe cuántas cosas más.

 

Raimundo Cruzat Correa, Máster en Planificación Urbana, ex seremi de Transportes y ex Director General de Transantiago.

 

FOTO DISEÑO: SANDRO BAEZA/AGENCIA UNO