La Mandataria debe entender y asumir que en su propia casa, el país que ella gobierna, existen terroristas que operan casi impunemente y que hay que frenarlos de una vez por todas.
Publicado el 30.11.2015
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Tras los últimos atentados en París, la Presidenta Michelle Bachelet no tardó en señalar: “Hemos manifestado nuestro profundo pesar por lo ocurrido y nuestra absoluta condena y rechazo a toda forma de violencia y terrorismo”. Luego agregó su profundo dolor y condolencias por las personas fallecidas y heridas como consecuencia de esos cobardes ataques.

Hasta ahí, sin duda, compartimos su opinión y el repudio por lo acontecido en Francia. Sin embargo, no deja de ser paradójico, o derechamente incomprensible, que la Mandataria se manifieste tan rápido ante dichos atentados, pero, a la vez, nunca haya tenido la misma prontitud y convicción para condenar los actos terroristas ocurridos en el sur de Chile. Es más, ni ella ni su gobierno los considera siquiera terrorismo, tan sólo hechos delictuales.

Cierto es que ese fatídico viernes 13 de noviembre en París murieron más de 100 personas,cuestión que en el caso del sur de Chile no ha sucedido. Pero si comparamos esas muertes, por ejemplo, con el crimen del matrimonio Luchsinger-Mackay, el paralelo se hace más nítido: tanto en la capital francesa como en La Araucanía perdió la vida gente inocente, seres humanos que murieron en circunstancias brutales y dramáticas a manos de individuos inmisericordes y fuera de control. Porque si bien lo del Estado Islámico radica en un fanatismo religioso extremo, en ambos casos es sabido que todos ellos justifican abiertamente la violencia como opción de lucha. No hay mayor diferencia entre la masacre en la sala de conciertos Bataclan, en donde los terroristas del ISIS dispararon a diestra y siniestra y lanzaron explosivos con los cuales despedazaron los cuerpos de sus víctimas, con la horrible muerte de los Luchsinger-Mackay, que fueron quemados vivos. Conozco los detalles de este último crimen y son realmente espantosos, de una crueldad y frialdad enormes.

Lo ocurrido con el matrimonio fallecido me recuerda cuando los terroristas del Estado Islámico mataron a un prisionero al que mantenían encerrado en una jaula. Muchos habrán visto el video, de ese hombre rociado con bencina mientras el fuego se acercaba imparable sin que él tuviera ni la más mínima opción de salir de ahí y salvar su vida. Imágenes grabadas de un modo cinematográfico, con cámaras dispuestas en distintos ángulos y de una alta calidad, las cuales consiguieron el propósito buscado: hacerlo aún más crudo y horroroso, para transmitir miedo a quienes lo vieran.

De esa manera actúan los terroristas en todo en el mundo: usan la violencia y la destrucción para causar temor y crear ambientes de inseguridad y así imponer sus ideas, proclamas o exigencias. Algunos grupos serán más crueles que otros. Algunos asesinarán más que otros. Algunos serán más difíciles de encontrar y de combatir que otros. Algunos tendrán más recursos y serán más numerosos que otros. Algunos serán más preparados y organizados que otros. Sin embargo, al final del día, todos son grupos radicalizados cuyo actuar debe ser detenido y a los cuales hay que condenar y repudiar siempre y en toda circunstancia.

Y es precisamente en este punto donde la Presidenta Bachelet, su gobierno y muchas autoridades actuales fallan: no dudan en rechazar los actos terroristas cuando suceden en el extranjero, pero se hacen los desentendidos o minimizan los hechos cuando ocurren en el sur de nuestro país.

Los autores de los atentados en Francia fueron abatidos y otros se suicidaron, mientras los asesinos del matrimonio Luchsinger-Mackay siguen libres y sin siquiera ser identificados, salvo el machi Celestino Córdova. Aún queda mucha tarea pendiente en este último caso. Ya es hora de hacerse cargo del tema y así cooperar para que se haga de justicia.

La Mandataria debe entender y asumir que en su propia casa, el país que ella gobierna, existen terroristas que operan casi impunemente y que, por lo tanto, hay que frenarlos de una vez por todas, tal como se intenta en el extranjero, en donde se les enfrenta con todas las herramientas legales, policiales y militares disponibles, sin miramientos ni excusas.

 

Alejandro Martini I., Movimiento Paz en La Araucanía.

 

FOTO: FRANCISCO LONGA/AGENCIAUNO