Como señalaba el economista Nouriel Roubini, entramos a un nuevo "anormal" para el crecimiento, la inflación, las políticas monetarias y los precios de los activos.
Publicado el 15.02.2016
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Las cosas no pintan bien para los mercados financieros. Este año la volatilidad vuelve a tocar máximos locales y las bolsas no encuentran alivio tras tanta noticia económica y corporativa decepcionante. Los economistas somos excelentes generales después de la batalla, pero nuestra puntería del futuro falla cuando aumenta la volatilidad.

La sorpresa más destacable es el petróleo. No se esperaba que la OPEP se propusiera bajar los precios para contener la amenaza creciente de Estados Unidos, que se había posicionado como uno de los mayores productores de energía gracias, entre otros factores, a su incursión en la fragmentación de rocas (esquisto) o Shale Gas.

Gracias a esta movida, el petróleo cayó desde niveles cercanos a USD 105 el barril (WTI) en noviembre del 2014 hasta USD 50 a mediados del año pasado. Las encuestas del Wall Street Journal promediaban para el cierre del 2015 un precio de USD 63 el barril, lejos del valor efectivo final de USD 38 (un 40% más bajo). Hoy día el petróleo transa en USD 28 el barril.

Un precio del petróleo tan bajo debería ser positivo para la economía global. La lógica es que su empresa produce más barato y además su bolsillo está más abultado por pagar menos combustible. Creo que en un principio este beneficio sí existía cuando hablábamos de una mayor oferta impulsada por la OPEP. Pero ya a estos niveles el precio es el resultado de menores perspectivas de demanda, afectando en lo inmediato a las empresas exploradoras de energía, sobretodo en EE.UU., que ostenta una inversión sobre USD 1 trillón (millón de millones) en proyectos de gas natural y petróleo. Ni hablar de Rusia o Venezuela, que tendrán que esperar un milagro para ajustar sus cuentas fiscales.

Otra fuente de volatilidad ha sido China. La migración desde una economía manufacturera e industrial a una más basada en los servicios y el consumo era lógica. Además, el fin de la mega-demanda de los commodities estaba interiorizado hace un buen tiempo.

Pero acá entra a jugar la política. La meta de China es el crecimiento. A diferencia de las metas inflacionarias o de desempleo de otros bancos centrales, el gobierno chino interfiere en la política monetaria y se encuentra obsesionado con el PIB dado que los incentivos de las autoridades regionales siguen esta carnada.

Paradójicamente, los resultados de esta obsesión han traído desconfianza en la sustentabilidad del crecimiento. Al aumento de la deuda (hasta 260% del PIB), ahora se suma una desesperación por detener las caídas bursátiles y debilitar el yuan, lo que ha puesto en duda la capacidad del gobierno para manejar la desaceleración. El reputado economista Kenneth Rogoff, al referirse a la economía china, señala: “ninguna otra causa de incertidumbre ha sido tan desestabilizadora”.

China deberá bailar con la fea. El temor será el aumento de la morosidad financiera, el exceso de capacidad productiva y la baja credibilidad de las autoridades, aspectos que podrían generar una desaceleración menos sana de la que se esperaba, afectando a la economía global.

Como si lo anterior fuera poco, otra fuente de incertidumbre será el retiro de los estímulos monetarios. En los últimos años, EE.UU., Europa y Japón han fabricado una bazuca monetaria para lograr bajar las tasas, reactivar la economía y alcanzar metas inflacionarias tras sus burbujas inmobiliarias, bancarias y soberanas. Existe una amplia discusión académica sobre si imprimir tanto circulante ha impulsado a la economía. Esto es algo parecido a generar otra burbuja para enfrentar el reventón de la anterior. Pero de lo que estamos seguros, es que ha sido inefectiva para alcanzar las metas inflacionarias. El exceso de capacidad productiva y la caída en los precios de los commodities ha sido más fuerte.

En EE.UU., dada la porfiada baja inflación, las tasas se deberían demorar más de lo esperado en subir. En Japón y en algunos países europeos ¡las tasas son negativas! Pero mirando el largo plazo, no se puede generar riqueza imprimiendo billetes. Bajar las tasas aumenta el gasto, el que se deberá pagar tarde o temprano en el proceso de desendeudamiento de los agentes en el futuro. Esto contraerá la demanda y generará una gran volatilidad en los países emergentes (sumada a la que ya existe por la caída de las materias primas).

Como señalaba el economista Nouriel Roubini, entramos a un nuevo “anormal” para el crecimiento, la inflación, las políticas monetarias y los precios de los activos. La volatilidad será la tónica y la mala puntería en las proyecciones permanecerá. Abróchese el cinturón.

 

Joaquín Aguirre, economista financiero.

 

 

FOTO: RAÚL ZAMORA/AGENCIAUNO