En Chile, la mentira hace un rato que se salió de madre, dejó de ser benigna y propia de individuos tratando de salvar la cara. Hoy vemos a diario que voceros y cúpulas intentan sostener afirmaciones que ya nadie cree.
Publicado el 13.09.2015
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Los misterios de un computador al que se le borró el disco duro, connotados políticos que niegan que hayan sido financiados por empresarios y los motivos puramente personales para regresar a Europa de un famoso jugador de la Selección tienen un factor en común. Recientes investigaciones en psicología y neurociencias han demostrado que, a pesar de que sabemos que está mal, la gente miente y con frecuencia. A los seis meses de vida un niño ya es capaz de engañar y a los cuatro es bastante co mpetente para mentir.

La evidencia empírica indica que más de la mitad de la gente exagera o directamente falsea su currículo. De hecho, como demostró la prensa en su momento, nuestra Presidenta y su principal rival en la última elección también cayeron en dicha tentación. Más de cuatro quintos de los perfiles y fotos en las redes sociales contienen distorsiones y retoques que nos hacen ver más atractivos, jóvenes o inteligentes.

La mentira es parte de nuestra adaptación evolutiva. Se miente para salir de situaciones incómodas, ganar alguna recompensa, proteger los sentimientos de otras personas, preservar o reforzar una alianza. Se oculta la verdad para aumentar el prestigio social y evitar problemas. Esta “cualidad” no es exclusiva del hombre, ya que incluso otros primates, delfines y algunas aves son también capaces de engañar.

Las investigaciones, asimismo, demuestran que aquellos en posiciones de liderazgo son especialmente susceptibles a mentir. Así por ejemplo, la última biografía de Steve Jobs lo describe sin tapujos como un mentiroso excepcional, capaz de “distorsionar la realidad” en forma dramática.

Afortunadamente la psicología demuestra también que la mayoría de nuestras mentiras son “benignas”, no buscan dañar a nadie y sirven para suavizar las relaciones interpersonales.

El caso de Chile es más patológico. La mentira hace un rato que se salió de madre, dejó de ser benigna y propia de individuos tratando de salvar la cara. Hoy vemos a diario que voceros y cúpulas intentan sostener afirmaciones que ya nadie cree.

Algunos ejemplo recientes: En julio estábamos en horario de verano “para no molestar a la gente con cambios”. La hipertrofia del Estado no es para generar clientelismo ni favorecer a personeros de los partidos gobernantes. La colusión y el uso de información privilegiada en Chile han sido algo francamente excepcional. Las instituciones funcionan. Los niveles de delincuencia son sólo una “sensación”. La intimidación y la quema sistemática de camiones y predios en La Araucanía no es terrorismo. No hay ningún sesgo político en el actuar de la Fiscalía ni en la autorización de marchas ciudadanas.

No debe sorprendernos después la descomposición social que emerge como consecuencia. Según estudios internacionales, los niveles de confianza interpersonal han caído a la mitad en 30 años. El prestigio de las instituciones también está en el suelo. La amplia mayoría de los ciudadanos desconfía de los organismos públicos y la justicia.  Por último, también existe un cuestionamiento creciente a la legitimidad de quienes ocupan cargos de autoridad. El gobierno, los parlamentarios y los políticos baten récords históricos en el nivel de rechazo y desconfianza que despiertan entre la ciudadanía.

Las investigaciones en ciencias sociales demuestran que para generar una cultura de confianza, el primer paso es desterrar el miedo a decir la verdad. Para ello las elites que originan el problema deben ser parte de la solución. La evidencia sugiere que la clave para reconstruir confianzas es que quienes lideran reconozcan públicamente sus propios errores. Al final del día resulta poco realista que un líder espere de sus seguidores unos estándares que no aplica consigo mismo.

La recuperación de las confianzas y el cambio de rumbo sólo podrán iniciarse cuando nuestros líderes políticos, sociales y empresariales comiencen a poner la cara, llamar a las cosas por su nombre y decir la verdad, aunque duela.

 

Alfredo Enrione, Académico ESE Business School.

 

 

FOTO: SEBASTIÁN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO