El desafío está en reformas que no simplifiquen en slogan las conversaciones de cada casa, sino que sean diseñadas de manera que no irrumpan para acallar esas discusiones puertas adentro con decisiones tomadas por otros.
Publicado el 06.10.2014
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Se está instalando la idea de que el problema de la reforma educacional es que no interpretó bien a la ciudadanía y que, mediante indicaciones parchadas, se puede lograr satisfacer las demandas de los padres. Así, la solución a esta reforma y a las que vienen estaría en ser capaces de encontrar “una” gran idea que deje contentos a todos los chilenos. De lado y lado, declaran que tienen esa pócima mágica que tendría la virtud de terminar con las tensiones que se han generado entre las autoridades y la ciudadanía por la reforma tributaria y educacional.

Por muy atractivo que suene, por ahí no va la cosa. Más que “escuchar” a la gente con el afán de sintetizar, que es lo que trató de hacer la Nueva Mayoría con el programa de Bachelet, el desafío es presentarle al país propuestas de cambio que no pretendan “escuchar” a cada persona, sino que más bien respetar lo que decida. El desafío está en reformas que no simplifiquen en slogan las conversaciones de cada casa, sino que sean diseñadas de manera que no irrumpan para acallar esas discusiones puertas adentro con decisiones tomadas por otros.

El ejemplo más nítido de esto son los proyectos educacionales que se votaron esta semana en la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados. Cualquiera de los lectores que tenga hijos mayores de 5 años recordará lo difícil que es decidir el colegio de los niños. La cercanía, el costo y los resultados académicos se entremezclan con la experiencia escolar de los papás, emociones,  valores y con la personalidad de cada niño. Papás exigentes harán Excel con los currículos y rankings, otros deportistas compararán canchas, los religiosos buscarán sintonía espiritual, el que lo pasó pésimo en uno estricto se la jugará por uno relajado, los de hijos tímidos preferirán quizás colegios pequeños….y así. ¿Cómo puede alguien pensar que limitando opciones actuales y futuras responderán a cada una de estas irrepetibles fórmulas que armamos los padres para elegir el colegio?

Pero no es lo único. Con un dejo irritante de moralina, hay quienes quieren evitar que el comercio abra los domingos. Con la excusa de proteger a los trabajadores (a lo que suman su personal deseo de que las familias estén al aire libre y no en los malls el fin de semana) pretenden ahora decidir cuándo se puede y no trabajar. Ya la legislación impone una serie de limitaciones, pero se busca ir aún más allá. ¿No piensan quizás en una mamá que prefiere trabajar el domingo pero estar con sus hijos en la semana para ayudarlos con las tareas? ¿O en un joven que estudia y le acomoda más buscar pega los fines de semana? ¿Y dónde está la opción de salir a comprar cuando se trabaja toda la semana, incluyendo el sábado? Claramente no, se cierra y punto, porque ellos “saben” lo que es mejor para todas estas personas.

Prácticamente todas las reformas presentadas hasta ahora adolecen del mismo problema (en salud, nos amarran a hospitales públicos pudiendo potenciar seguros que nos permitan elegir algo tan de afinidad como la matrona y el pediatra) y desde la vereda de en frente se coquetea también con la idea de encontrar esa voz única que garantice la sintonía con la población. Mala noticia, no existe, y menos se encontrará en las encuestas. Lo que hay son conversaciones de pasillo, whatsapps e historias, únicas de cada familia, y por eso mismo valiosas y dignas de respetarse. Como me decía un profesor de historia del colegio cuando yo llegaba con un cerro de fichas a las pruebas, “oiga, menos resúmenes y más distancia”.

 

Marily Lüders, Foro Líbero.

 

 

FOTO: SEBASTIÁN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO