En materia de libertad la derecha en Chile deja bastante que desear. No sólo apenas defiende la libertad económica (desde hace un tiempo, un sector de ella viene cayendo en una suerte de estatismo moderado, el comunitarismo), sino que no lo hace por razones éticas. Más todavía, le cuesta un mundo entender que, en asuntos de vida privada —en particular, sexual—, las personas son soberanas para construir la vida que quieran, salvo que afecten el mismo derecho de los demás.
Publicado el 12.01.2018
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Por estos días nuestro país recibe la ilustre visita de Deirdre McCloskey, una de las más importantes pensadoras liberales de la actualidad. Desde mi punto de vista, tanto su obra intelectual como su historia de vida le entregan una gran lección al conjunto del país, pero de manera particular a los defensores de la libertad económica, que en principio cabría situarlos en el costado derecho del espectro político.

La gran lección de McCloskey puede caracterizarse en dos pasos. El primero es valorar (y defender) la libertad económica por razones no estrictamente económicas. Sostiene ella que, luego de la Revolución Industrial de los siglos XVIII y XIX, “la clase media recibió dignidad y libertad por primera vez en la historia humana”, lo que se vio reflejado en una multiplicidad de beneficios, a saber, entre otros muchos: el motor de vapor, la orquesta sinfónica, el ferrocarril, el abolicionismo, el agua potable, el hormigón reforzado, el movimiento feminista, el automóvil, la penicilina, el aeroplano, los derechos civiles, la cirugía a corazón abierto y la computadora. Todos estos avances, agrega, se debieron a un cambio de paradigma fundamental en términos ideológicos.

¿En qué consistió? En una creciente valoración de la libertad empresarial y de las virtudes burguesas como motores principales de los cambios sociales que se estaban experimentando. Y lo cierto es que no se trató, de ninguna manera, de un proceso automático, una especie de “determinismo progresista” que se habría venido desarrollando a lo largo de toda la historia humana. De ahí que sea importante defender la libertad económica desde las ideas que le dan sustento.

En este sentido, la libertad económica —que posibilita que el mercado sea un efectivo sistema de cooperación social— merece ser valorada porque da cuenta de personas de carne y hueso que, de manera creativa, se están abriendo camino a partir de un proyecto de vida individual, único y que, en el marco de una sociedad libre, debería ser considerado supremo.

Por lo mismo, McCloskey señala que el capitalismo entendido como innovación, y no como mera acumulación de capital, no sólo no ha corrompido nuestra alma, sino que incluso la ha mejorado. ¿Por qué? Porque la existencia de la libertad empresarial permite que seamos nosotros mismos, en interacción con otros, quienes determinemos los fines que buscamos, incluso en torno a los denominados bienes públicos, sin que requiramos —necesariamente, al menos— de la intervención del Estado.

Pensar lo contrario —creer que la gente que intercambia bienes y servicios tiende per se al egoísmo— es probablemente no sólo farisaico, sino que, además, supone desconfiar radical y gratuitamente de la gente común y corriente, lo que no parece ser demasiado ético.

El segundo paso de la lección de McCloskey es consecuencia directa del anterior. Inevitablemente —y esto lo saben muy bien los conservadores, que lo hacen sólo por razones utilitaristas—, una defensa cultural y ética de la libertad económica deviene en la consideración más amplia de que las personas tienen derecho a buscar su propio destino, no sólo cuando instalan un negocio, sino en general cuando, en los célebres términos de John Stuart Mill, buscan su propio bien a su propia manera, salvo que esto implique negar el mismo derecho a los demás.

Dicho de otra forma, tomarse la libertad en serio supone no reducirla sólo al plano económico y defender la libertad empresarial a partir de sus resultados materiales, sino ampliarla a todos los ámbitos de la vida: cultural, sexual, etc.

Por lo demás, la misma historia de vida de McCloskey —una mujer transgénero— da cuenta de esta amplitud de criterio. Ella cuenta con humor que, cuando comunicó en la universidad en la que trabajaba que iniciaría una transición de género, un colega liberal le dijo —algo en broma— que mientras no se cambiara al socialismo, todo estaba bien, porque —ahora hablando en serio— estaba simplemente haciendo un uso legítimo de su libertad individual.

De lo anterior fluye la constatación de que, en materia de libertad, la derecha en Chile deja bastante que desear. No sólo apenas defiende la libertad económica (desde hace un tiempo, un sector de ella viene cayendo en una suerte de estatismo moderado, el comunitarismo), sino que no lo hace por razones éticas. Y mucho más todavía, le cuesta un mundo entender que, en asuntos de vida privada —en particular, en materia sexual—, las personas son soberanas para construir la vida que quieran, salvo que afecten el mismo derecho de los demás.

La sorpresa de la mayoría de los medios de comunicación por el voto de Felipe Kast a favor del proyecto de ley de identidad de género da cuenta de que la derecha chilena se toma muy poco en serio la libertad individual. Afortunadamente, quienes sí lo hacen, y quienes además buscan vivir su vida a su manera —incluso desafiando el orden cósmico que los conservadores le quieren imponer (por la fuerza) al conjunto de la población—, tienen buenas razones para pensar que no todo está perdido: la votación referida de Kast y el crecimiento electoral de Evópoli son señales positivas de que la libertad posee un espacio político para ser tomada en serio y aplicar así, en Chile, la gran lección de McCloskey.

 

Valentina Verbal, historiadora, consejera de Horizontal