Tras la regulación del matrimonio se encuentra el reconocimiento de una institución inherente a ciertas necesidades humanas básicas, como son la reproducción y continuación de la especie, y el cuidado que los niños necesitan por parte de sus progenitores para madurar física y emocionalmente, de forma armónica con el resto de la sociedad.
Publicado el 21.07.2016
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Hace algunos días, Lorena Recabarren defendía en El Líbero la idea de modificar el concepto de matrimonio vigente en nuestro Derecho de Familia, para permitir que las personas del mismo sexo suscriban esta institución. Agradezco la oportunidad que nos da El Líbero para llevar adelante este diálogo en su plataforma.

En primer lugar, conviene recordar que la institución del matrimonio ha existido, en su configuración básica[1], a lo largo de la historia y en la inmensa mayoría de las culturas. Sin duda esta institución, como cualquier otra, ha experimentado múltiples cambios legales en Chile y en el mundo, pero ellos, como regla general, no han afectado los elementos básicos y distintivos de la institución matrimonial, sino sólo algunos de sus efectos jurídicos. Esto ha sido así porque se ha entendido algo que hasta hace no mucho tiempo parecía obvio: por nuestra propia condición humana, el unirnos entre hombres y mujeres es una necesidad no sólo individual sino también social.

En efecto, la raza humana es tal vez la única especie cuyos críos (niños y niñas) son absolutamente dependientes de sus padres para su supervivencia y desarrollo. Esto hacía imposible la proyección de la sociedad si no se fomentaban condiciones de permanencia y estabilidad en el tiempo para hacerse cargo de los niños. Así, no es casual que la humanidad haya sancionado la relación entre hombre y mujer por medio del matrimonio, pues es su relación la que genera la continuación de la sociedad mediante la descendencia, y el marco legal matrimonial es el que ordenaba la relación buscando darle permanencia y estabilidad en el tiempo para cuidar el bien de la misma.

Por lo anterior, y sin perjuicio que es indudable que existe más de una estructura familiar, siempre se ha entendido que ellas se basan en la unión de lo masculino y lo femenino y, más aún, que la familia es el núcleo o unidad base de la sociedad (tal como, dicho sea de paso, reconocen nuestra Constitución, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, y muchos otros instrumentos). Marx, que en esto tenía total claridad, afirmó que “si el matrimonio no fuera la base de la familia, la legislación le prestaría tan poca atención como a la amistad.”

Por lo mismo, nada permite suponer que el matrimonio sea “un mero contrato”. Tras la regulación del matrimonio se encuentra el reconocimiento de una institución inherente a ciertas necesidades humanas básicas, como son la reproducción y continuación de la especie, y el cuidado que los niños necesitan por parte de sus progenitores para madurar física y emocionalmente, de forma armónica con el resto de la sociedad. De hecho, si el matrimonio fuera sólo un contrato, entonces Recabarren no podría sostener que la definición del mismo es errada, pues no tendría criterio alguno para sostener por qué es errada. Precisamente porque el matrimonio no es cualquier cosa, es que cabe criticar o resguardar una determinada configuración legal en torno a él. En ese sentido, si el matrimonio pasa a convertirse en una institución cuya única o primordial finalidad es dar un reconocimiento simbólico a relaciones afectivas (pero a algunas, no todas), la consecuencia no es menor ni poco importante. Dicho corolario es que dejará de existir en nuestro ordenamiento jurídico una institución orientada a ayudar a hombres y mujeres –mediante la estructuración de su relación– a recibir y criar a sus hijos en un contexto de fidelidad, estabilidad y permanencia. ¿Alguien podría negar que esta clase de contexto es deseable para el bien de los hijos y de la sociedad? ¿Alguien podría pensar que es irrelevante el modo en que el Derecho se hace cargo de esto? Si así fuera, ¿por qué abogar, al final del día, por modificar esta legislación?

En este punto debemos agregar algo más. Si el fundamento y sustento de la regulación matrimonial es simplemente el afecto, los deberes de fidelidad, permanencia y estabilidad dejan de tener sentido como parte de la misma, pues ellos limitan los afectos más que amplificarlos o facilitarlos. Su razón de ser actual no es servir primariamente a los cónyuges, sino que a los potenciales hijos. Pero si la institución no mira a los hijos como sus principales beneficiarios, entonces no hay razón para mantener tales deberes. Esto es simplemente el corolario lógico del cambio de paradigma que se propone, y que muchos no quieren siquiera reflexionar. Esta es la lógica que siguió el flamante Código Civil y de Comercio Argentino, que de hecho eliminó la fidelidad como un deber matrimonial, que ahora subsiste como un mero deber moral que no puede invocarse como causal de divorcio.

Por todo lo anterior, quizás debiéramos preguntarnos si no resulta más sensato volver a centrarnos en el sentido original y distintivo del matrimonio, más que seguir pensándolo como una institución meramente simbólica y de expresión de afectos. Transformar esta institución para terminar con su orientación hacia el bien de los niños en pos de los adultos no es “abrir” la institución, sino terminar de desvirtuarla.

 

Tomás Henríquez, Director Ejecutivo ONG Comunidad y Justicia.

 

[1] Algunos de nuestros opositores sostienen que el matrimonio vive en constante evolución, y que los cambios legales de los últimos 20 años así lo demuestran. Ellos yerran al no distinguir que dichos cambios no son parte de los elementos básicos de la institución, sino sus efectos jurídicos. Esta distinción de los elementos esenciales, naturales y accidentales de los actos jurídicos –conocida por todos quienes laboran en el derecho– elimina dicha objeción. Los elementos esenciales no han cambiado, sino tan sólo sus efectos (elementos naturales y accidentales). La única excepción es la introducción del divorcio vincular en Chile, que de hecho convirtió los matrimonios en disolubles, con las repercusiones sociales que ello ha acarreado.

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO