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Publicado el 10 de julio, 2018

Más Lalos y Menos Tomas

Periodista, Master en Comunicación Política y Corporativa Nicolás Ibieta
Ante la predominancia de ideologías que parecieran reforzar los males de la modernización que describía el rector Peña, como el feminismo extremo, la ideología de género, el aborto y la eutanasia, el ecologismo fundamentalista y otras propuestas basadas en la proyección exclusiva de mi interés personal o en mi libertad ejercida sin contrapeso de la vida en común, la propuesta de la solidaridad parece cada vez más necesaria.
Nicolás Ibieta Periodista, Master en Comunicación Política y Corporativa
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En un reciente análisis en el diario El Mercurio, el rector de la UDP, Carlos Peña, apuntaba certeramente el diagnóstico de la violencia que parece imperar en distintas expresiones recientes de nuestra sociedad como, por ejemplo, en las tomas de liceos, colegios y universidades. “Lo que interesa comprender es esa pulsión violenta que cataliza variados y sucesivos temas: antes la gratuidad, hoy los reclamos feministas, mañana la protección de la naturaleza”, describe Peña. Básicamente, explica, se trataría de dos factores. Por un lado, una débil cultura educacional y universitaria que se ha concentrado en aumentar su volumen a través de la masificación en los últimos años, en desmedro de razonables pautas de comportamiento en común. Y por otro, la creciente individuación, entendida como ese proceso de estar en el mundo en función casi exclusivamente de la biografía personal y del propio proyecto, sin acudir a grupos de referencia y socialización que brindan aquellas necesarias pautas de comportamiento.

“Este pan nos quedó del día anterior. Si estás sin trabajo y no tienes dinero, no es necesario que lo pagues, lleva lo justo y que alcance para todos”

En paralelo, pocos días antes del escrito de Peña, se distribuía, comentaba y valoraba positivamente una imagen de la panadería Don Lalo de Talca. “Este pan nos quedó del día anterior. Si estás sin trabajo y no tienes dinero, no es necesario que lo pagues, lleva lo justo y que alcance para todos”, se leía en un pequeño cartel sobre un paquete de pan frica de la panadería. La imagen ha circulado en redes sociales y medios digitales, generando una ola de comentarios positivos y de reconocimiento, todos por el gesto de solidaridad (se hizo “viral” dirán algunos, pero me abstengo pues la solidaridad no es un virus sino más bien una virtud).

Es esperanzador ver entre tanta agresividad un ejemplo de solidaridad y, más aún, que sea tan valorado en público por tantas personas y por distintos medios, en contraste con el desolador diagnóstico del rector. De hecho, su escrito cierra con la reflexión de que sería tarea de la política esparcir los ideales universales que nos lleven a compartir en común y superar los males de la modernización. Parece sensato, pero es claramente insuficiente pues la superación de la individuación y la falta de vida en común no puede ni debe ser tarea exclusiva de las instituciones políticas. De hecho, el rol de aquellas debiera seguir a una sociedad o grupos de la sociedad civil organizada, que se articulen en función de ideales universales orientados al bien común. La positiva respuesta del gesto de Don Lalo, al igual que tantas veces en la Teletón y muchas otras instancias, dan para pensar si no es acaso la solidaridad el principal de aquellos ideales sobre los cuáles la sociedad, y también la política, se pueden articular para construir un orden social de paz y bienestar. El famoso “desarrollo integral” que le llaman.

La propuesta de “Solidaridad. Política y economía para el Chile postransición” es incluir la solidaridad como un valor principal, como una virtud cardinal de la vida social, económica, política.

En un esfuerzo reciente por sistematizar una reflexión en torno a la solidaridad, la corporación IdeaPaís y el movimiento Construye Sociedad articularon el libro “Solidaridad. Política y economía para el Chile postransición”. En este se lee de la pluma de Claudio Alvarado que “la solidaridad busca reafirmar simultáneamente la dignidad personal y la inherente sociabilidad del ser humano, así como las consecuencias políticas y morales de esa realidad: un recíproco estar unidos y obligados”. Bajo esa mirada, la propuesta de este libro es incluir la solidaridad como un valor principal, como una virtud cardinal de la vida social, económica, política.

Ante la predominancia de ideologías que parecieran reforzar los males de la modernización que describía el rector Peña, como el feminismo extremo, la ideología de género, el aborto y la eutanasia, el ecologismo fundamentalista y otras propuestas basadas en la proyección exclusiva de mi interés personal o en mi libertad ejercida sin contrapeso de la vida en común, la propuesta de la solidaridad parece cada vez más necesaria y, por tanto, es de esperar que se haga cada vez más presente en el debate político, pero ojalá también, e incluso antes, en la sociedad civil organizada.

Más Lalos y menos tomas. Ojalá esa fuera la consigna mayoritaria.

Nicolás Ibieta Illanes, periodista, Máster en Comunicación Política y Corporativa

 

FOTO: LEONARDO RUBILAR/AGENCIAUNO

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