Internacionalmente, el término “economía del cuidado” se refiere al conjunto de actividades ligadas al cuidado de otros y a labores del hogar no remuneradas. La ONU ha declarado, en sus objetivos de desarrollo sostenible, la necesidad de reconocer estas labores como un trabajo indispensable para el progreso económico y social de los países.
Publicado el 17.01.2017
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En Chile, las mujeres destinan tres horas diarias más que los hombres a actividades de trabajo no remunerado, según la última Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del INE. Esto trae como consecuencia una menor participación en el mercado laboral, salarios más bajos por el mismo trabajo que los hombres (alrededor de un 30% menos) y un alto nivel de empleo informal. Estas importantes brechas en el uso del tiempo y mercado laboral ocurren a pesar de que en Chile las mujeres tienen un promedio de años de educación mayor que el de los hombres.

Las mujeres, al estar “a cargo” de un hogar, dedican parte importante de su tiempo a su familia y al sinfín de labores que esto implica, lo cual puede ser incluso más demandante que muchos trabajos remunerados. La inequidad en el uso del tiempo con respecto a los hombres las deja en desventaja para ser competitivas en el mercado laboral.

Internacionalmente, el término “economía del cuidado” se refiere al conjunto de actividades ligadas al cuidado de otros y a labores del hogar no remuneradas. La ONU ha declarado, en sus objetivos de desarrollo sostenible, la necesidad de reconocer estas labores como un trabajo indispensable para el progreso económico y social de los países. ¿Por qué este trabajo es indispensable? Básicamente, debido a que comprende los servicios, actividades, relaciones y valores ligados a las necesidades básicas para la existencia de las personas. Se podría argumentar, desde una visión económica, que este “mercado” no genera ningún bien o servicio como para ser considerado como tal.  Sin embargo, es el encargado de “producir” nuevas generaciones que impulsarán el desarrollo y progreso de las naciones. Estas serán personas que recibieron los cuidados necesarios para su íntegro desarrollo, de manera que cuando alcancen la adultez,  puedan ser autosuficientes y estén preparadas para contribuir a la sociedad.

Claramente ha habido importantes avances. Durante las últimas décadas, las brechas de participación laboral y tareas del hogar entre hombres y mujeres han disminuido substancialmente, lo que ha ido acompañado de un cambio cultural en que se respeta cada vez más a la mujer en su rol de trabajadora. Sin embargo, aún es necesario igualar las oportunidades y derechos, tanto en el mercado laboral como fuera de este. Dicho objetivo se podría alcanzar mediante políticas que eliminen diferencias salariales ante el mismo trabajo, promuevan el teletrabajo, reduzcan la informalidad laboral, y no permitan ningún tipo de discriminación en el mercado laboral. También a través de políticas que reconozcan las labores del hogar y el cuidado, por ejemplo, transferencias condicionadas que aseguren un ingreso mínimo a las personas encargadas de las labores del hogar y el cuidado, acceso a servicios gratuitos de cuidado y a seguridad social no ligado al trabajo remunerado. Importante es que estas políticas esten correctamente diseñadas, ya que en en el caso del postnatal masculino, en Chile menos del 1% de los padres se ha tomado el beneficio.

Desde un punto de vista biológico, la mujer tiene una labor indispensable hasta los seis meses después del nacimiento de su hijo, ya que a través de la lactancia aporta la alimentación óptima para los primeros meses de vida. Sin embargo, que la mujer esté encargada de las labores del hogar es una imposición totalmente cultural, que no necesariamente es eficiente, ya que no siempre se da el caso de que el hombre sea capaz de alcanzar un salario más alto, como tampoco que la mujer sea más apta para las labores del hogar. Y tampoco es evidente que disfrute más que el hombre el estar a cargo del cuidado de su hogar.

La mujer no necesariamente debe ser trabajadora, sino que se espera que exista igualdad en los derechos de hombres y mujeres, y que sea indiferente para la sociedad quién es el que realiza este trabajo. Hace sesenta años era impensable e inaceptable que una mujer tuviera derecho a votar o a correr una maratón, y menos que pudiera ser Presidenta de una nación. Esperemos que no tengan que pasar sesenta años para poder mirar atrás y sorprendernos de cómo era posible que la distribución del cuidado y las labores domésticas fuera tan inequitativa entre hombres y mujeres, como lo es actualmente.

Para el logro de esto es necesario la aplicación de variadas políticas públicas, como algunas de las ya mencionadas, y así lograr la ampliación de los derechos de la mujer en el mercado laboral y el reconocimiento de la economía del cuidado, de manera que ellas tengan  la posibilidad de decidir si quieren o trabajar. Sin embargo, el mayor cambio debe provenir de nuestra visión como sociedad, partiendo por el simple hecho de valorar la relevancia de las labores domésticas y el cuidado no remunerado, y por considerarlas como la labor fundamental que representan para nuestra sociedad.

 

María José Abud, economista ONU, Nueva York 

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO D./ AGENCIAUNO