Al estar errados los tres objetivos del proyecto de reforma educacional, la transición será sin duda compleja y dolorosa para las familias y, peor aún, en el mediano plazo verán que fue un daño innecesario, porque la educación no despegará.
Publicado el 24.11.2014
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Ayer, en el programa Estado Nacional, el senador Carlos Montes insistió en que lo que viene ahora en la discusión de la reforma educacional es “gestionar” la transición que implicaría para los colegios, los alumnos y sus familias materializar el fin al lucro, la selección y el copago. Incluso comentó que varias de las presentaciones en el Congreso están orientándose a solucionar los problemas de implementación para buscar fórmulas de ajuste a estos objetivos. Montes no está solo en esta línea; desde varios sectores se intenta centrar las próximas semanas en lo que pasará en marzo 2015 y los meses siguientes, evitando así referirse al impacto permanente en la educación chilena de dicho proyecto. Se busca así hacerse cargo del nerviosismo de los padres ante la llegada de las vacaciones y la matrícula de sus hijos para el próximo año y también, zanjar las tensiones políticas al interior de la Nueva Mayoría.

Poner el foco en la transición exclusivamente es doblemente dañino. Primero, se crea la ilusión que con fórmulas y compensaciones podrán evitar los coletazos de la reforma en términos de colegios cerrados, colegios que se encarecen o una situación de menos opciones para los padres. Quizás en algunos casos se logre moderar algún impacto, pero no hay política pública que pueda reemplazar bien las decisiones de cientos de miles de familias con diferentes intereses, aspiraciones y realidades. Cuando los apoderados deban llevar a sus hijos a un colegio que no era su primera opción o tengan que adaptar fuertemente el presupuesto familiar para mantenerlo en el que les gusta que debió transformarse en particular pagado, se volverá a confirmar que no hay nada que movilice más a la ciudadanía que la educación de los hijos. Los medios de comunicación tendrán un rol activo en esta alerta, colegios que cierran es una pauta periodística atractiva, así como los alcaldes y concejales de las comunidades afectadas. Pensar que la transición será sin baches es tan iluso como cuando se pretendió echar a andar el Transantiago en febrero para evitar más tensiones.

Y segundo, concentrar la discusión en el “cómo” evita que analice el tema de fondo, que es si realmente habrá mejor calidad y más oportunidades para los niños chilenos con el fin al lucro, la selección y el copago. Hasta ahora, hay una serie de conceptos que se usan ¡y abusan! – entre ellos, segregación, lucro, discriminación – sin que aún haya claridad sobre cómo mejorará la educación sin ellos. ¿Qué estudios hay que muestren que los colegios particulares subvencionados con lucro mejorarán una vez que este se prohíba o regule? ¿Qué evidencia hay de que la educación pública se fortalecerá cuando haya menos opciones en la comuna? ¿Podría quizás empeorar por la menor competencia? Y así, una serie de interrogantes que van quedando en segundo plano a medida que la discusión se da en torno a los contratos, el acceso a la contabilidad y las exigencias legales para el traspaso de un tipo de colegios a otro.

Las transiciones bien realizadas son sumamente importantes para la convivencia social, pero cuando los cambios son tan resistidos, como en este caso, enfocarse en ellas es pan para hoy y hambre para mañana. Al estar errados los tres objetivos del proyecto, la transición será sin duda compleja y dolorosa para las familias y peor aún, en el mediano plazo verán que fue un daño innecesario porque la educación no despegará. No es el fin al lucro, la selección y el copago lo que hará que los profesores hagan mejores clases ni que el aula sea un lugar de reflexión. Y eso ya lo saben los padres.

 

Marily Lüders, Foro Líbero.

 
FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO