La realidad que vivimos las mujeres no siempre es responsabilidad de otros; como dice el dicho, “hacen falta dos para bailar tango”. Y no nos pongamos vendas en los ojos, salvo la dominación por la fuerza física, todas podemos saber cómo defendernos del acoso, nunca es siendo víctimas, sino formándonos y empoderándonos para impedirlo, asumiendo riesgos, saliendo de nuestra zona de confort y con argumentos sólidos.
Publicado el 19.05.2018
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Los noticieros de estos últimos días nos bombardean con un cuento de hadas  en que se combinan la belleza de una futura princesa, la simpatía y bondad de un príncipe de ensueño, la maldad de unos hermanastros envidiosos. Y a continuación vemos destrozos en colegios y en las calles porque tenemos que terminar con la dominación machista.

Desde hace unos años las niñas piden vestirse de rosado, de tutús vaporosos, usar coronas, sus  regalos favoritos son los vestidos de Frozen y de todas las princesas Disney. Las tiendas, los padres y abuelos estamos a disposición de las princesitas.

Sin mostrar una realidad tan cruda como la descrita en los cuentos originales de los Hermanos Grimm, parece ser que nadie ha tenido el valor de destruir los sueños infantiles de las niñas ni les ha explicado que las princesas verdaderas, las que forman parte de los libros de historia, no lo han pasado bien, han sido víctimas del poder, útiles en negociaciones políticas y territoriales, y que las actuales no dejan de ser un factor económico para los países que aún son monarquías.

Por otro lado, estamos presenciando movimientos feministas que se están tomando las universidades y centros de educación, que  abogan por la igualdad entre hombres y mujeres, por el fin de cualquier tipo de agresión física o sicológica ejercida por los hombres en contra de las mujeres.

Existe una gran presión para terminar con la brecha salarial, para lograr una mayor inclusión de mujeres en las esferas de poder, por el mayor acceso de éstas en carreras científicas. Pero la razón sigue en un discurso basado en la injusticia, en la debilidad de unas y la fuerza de otros, no en la  igualdad de capacidades y la desigualdad en el ejercicio de las tareas de cuidado.

Entre estas dos realidades, de princesas y de desigualdades y poder, hay una brecha que nos exige una mirada más profunda, alejada de las batucadas y manifestaciones callejeras, con todo lo legítimas que ellas sean.

La realidad que vivimos las mujeres no siempre es responsabilidad de otros; como dice el dicho, “hacen falta dos para bailar tango”. Y no nos pongamos vendas en los ojos, salvo la dominación por la fuerza física, todas podemos saber cómo defendernos del acoso, nunca es siendo víctimas, sino formándonos y empoderándonos para impedirlo, asumiendo riesgos, saliendo de nuestra zona de confort y con argumentos sólidos. No usando el cuerpo, que es el símbolo del objeto del abuso masculino, pero a la vez una herramienta femenina. Puede ser también que en la infinita ingenuidad femenina no reconozcamos que es un arma de doble filo.

O será algo aún más profundo y, en el fondo del corazón, nos creemos el cuento de las princesas, desde ser la princesita de papá a la que busca siempre encontrar la aprobación de los otros. Creo que el gran desafío que viene es enseñar a las nuevas generaciones el respeto por el otro, a valorar las diferencias y potenciar las complementariedades; las niñas no necesitan príncipes para ser princesas y los niños pueden llegar a ser príncipes, pero nunca convertirse en verdugos.

 

Amparo Carmona, Por la conciliación Vida, Familia y Trabajo

 

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO