Para el pesar de muchos, hoy se hace fácil comparar el gobierno de la Nueva Mayoría con el llamado “kirchnerismo”.
Publicado el 16.02.2015
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Para el pesar de muchos, hoy se hace fácil comparar el gobierno de la Nueva Mayoría con el llamado “kirchnerismo”.

En ambos gobiernos se destaca la unión, bajo un paraguas amplio, de partidos en torno a un mismo caudillo; mujeres carismáticas, aspirantes a la nueva Evita del siglo XXI, que han logrado reunir en sus manos a políticos de variadas procedencias, desde el Partido Comunista a la Democracia Cristiana por una, y las más variadas facetas del Peronismo por otra.

Las similitudes en las estrategias populistas utilizadas por ambas damas son varias, como –por ejemplo- la multiplicación milagrosa de los bonos para acallar las molestias del pueblo, a pesar de su insostenibilidad económica. O el publicitarse como los “gobiernos de la calle”, aprovechando el alza de la indignación, pero ahogándolos al tomar sus demandas y dirigirlas según sus objetivos personales.

Sin embargo, el aspecto más preocupante que comparten es la corrupción, que responde a una profunda decadencia ética, visible no sólo en lo económico y público sino también en su manifestación humana. Ejemplos polémicos sobran. Por nombrar uno insigne: el préstamo otorgado en Chile a la empresa de la señora de Sebastián Dávalos –nuestro propio Máximo Kirchner– por un monto que excede el sueño de cualquier pequeño o mediano empresario, para comprar un terreno y luego venderlo a un valor altamente superior, sin haber mediado mucho tiempo ni mayor inversión. Esto nos recuerda a las compras de terrenos en Argentina por los Kirchner en Calafate por US$50 mil, que luego vendieron por US$2.4 millones sin siquiera haber cortado el pasto ¿Huele a tráfico de influencias e información y trato privilegiado, no?

Otra evidencia es el manejo tozudo de datos importantes sobre la realidad de cada Nación; por un lado la clara mentira en las cifras económicas argentinas (“de inflación no hablamos, ni con los medios de acá” dijo una asesora del ministro de Economía Hernán Lorenzino a una atónita entrevistadora extranjera) y, por el otro, el anuncio disimulado de los resultados de la CASEN, escondiendo ambas Presidentas aquello que las perjudicaba.

Para qué hablar de la relación de ambos gobiernos con la prensa: mientras en Chile Canal 13, señal mayoritariamente perteneciente a Luksic, recibió como directores al ex ministro René Cortázar y a los ministros Arenas y Eyzaguirre, al otro lado de la cordillera, el ministro argentino Capitanich rompía en una transmisión en vivo el diario El Clarín, único que está a salvo aún de los intentos del gobierno de controlar su contenido. La finalidad pareciera ser la eliminación de toda fuente de crítica pública.

Finalmente, ambos gobiernos son protagonistas de obras públicas de insigne fracaso socioeconómico, como el Ladrillo y el Subte en Argentina y el Transantiago, Metro y EFE en Chile.

Nos hemos acercado pues, peligrosamente, a la realidad argentina, país donde los médicos manejan taxis y trabajar no dignifica. Donde el esfuerzo personal y familiar sólo trae desventajas y mayores dificultades, instando a las personas a quedarse como están, sin luchar ni soñar. Un país donde abunda la entretención que absorbe a jóvenes que no soportan la política, no tienen vocación de servicio público ni sienten que puedan cambiar su realidad, menos su país.

¿Es esto lo que queremos para Chile? ¿Políticos decadentes, caudillismos populistas y corrupción? Si la respuesta es no, necesitamos una renovación política profunda, en un proceso de reflexión intenso que podremos abordar en detalle en otra ocasión. De lo contrario, nos adelantamos estrepitosamente a la victoria del populismo de la mano de un nuevo caudillo. ¿MEO, quizás?

 

Paula Rojas, Consejera Movilidad Popular.

 

 

 

FOTO:RAUL ZAMORA/AGENCIAUNO