El “corazón” de la actual administración palpita mucho más fuerte y a mayor velocidad en compañía de la nueva izquierda latinoamericana.
Publicado el 22.02.2015
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Este es el título de una película del 2002, coprotagonizada por el gran Anthony Hopkins y dirigida por el no menos famoso Joel Schumacher, a pesar de lo cual resultó bastante mediocre y obtuvo una crítica lapidaria. La historia recoge el viejo concepto de las identidades cambiadas, en este caso el personaje de Chris Rock debe asumir la vida de su hermano gemelo asesinado mientras cumplía labores como agente de la CIA.

El principal problema del guión es que pretende tener una importante dosis de humor y es, al mismo tiempo, fácilmente predecible. Combinación fatal, porque como bien dice Arthur Koestler en un lúcido ensayo sobre el humor, la risa se produce como resultado de un desenlace impredecible que quiebra el curso lógico del relato.

Asocio el título y el argumento de esta película con lo que le ha ocurrido a nuestro gobierno actual en su relación con los distintos bloques de países que se han formado en América Latina. En efecto, de manera natural y progresiva, pero muy especialmente durante el gobierno anterior, Chile se alineó con la llamada Alianza del Pacífico, formada por un grupo de naciones cuyas políticas consistentemente giraron hacia el modelo de desarrollo propio de las economías liberales y abandonaron las aventuras del populismo estatista latinoamericano.

Méjico, Colombia y Perú pasaron a ser nuestros referentes naturales, con señales claras de adhesión a un proyecto que conduce al desarrollo y que se ha mantenido a pesar de los cambios de signo político de sus respectivos gobiernos. Al igual que Chile, hasta hace poco.

Pero al asumir la Presidenta Bachelet, de inmediato dio señales de querer cambiar este posicionamiento y sus mensajes fueron que, sin abandonar nuestra relación con los países del Pacífico, fortaleceríamos nuestros lazos con “los otros”, vale decir Venezuela, Brasil, Uruguay y Argentina, principalmente.

Pero lo que desde un comienzo resultó evidente, es que el “corazón” de la actual administración palpita mucho más fuerte y a mayor velocidad en compañía de la nueva izquierda latinoamericana que en la de los más libremercadistas mejicanos, colombianos y peruanos.

Son tan diferentes las opciones de estos distintos grupos de países que no hay posibilidad de ser parte de uno y otro grupo al mismo tiempo. Es obvio que, sin perjuicio de estar con unos, se puede intentar tener buenas relaciones con los otros; pero la idea de sentirse identificado con ambos sólo es posible dentro del “pluralismo mental” que nos caracteriza a los chilenos y que nos permite sostener convicciones contradictorias sin la menor perturbación. Basta leer la prensa para ver que por acá abundan los católicos partidarios del divorcio y hasta del aborto –“pero en casos muy excepcionales”, por cierto– y liberales tan contrarios al lucro, como partidarios de las regulaciones estatales.

Las últimas semanas han mostrado que esta aproximación al chavismo y al kirchnerismo, al igual que en la película de Schumacher, es tan predecible en sus resultados que solo genera desencanto, frustración y perjuicio para la buena fama de los protagonistas, en este caso Chile.

El “suicidio” del fiscal Nisman y la persecución que el régimen de Maduro hace de sus opositores son la mejor expresión de lo peor de América Latina. Pero hay algo que ni unos ni otros producen, es sorpresa. Porque sorpresivo sería que eso ocurriera en Canadá o en Nueva Zelanda, pero lamentablemente estamos viendo el único camino posible del chavismo y del peronismo kirchnerista.

Venezuela es una caldera a punto de estallar y Argentina parece más cerca que nunca del abismo de la desintegración institucional, salvo que la oposición logre llegar al gobierno y estabilizar un cambio de rumbo radical.

Lo que es claro es que la nueva izquierda latinoamericana se ha encargado de tener a dos de los países con más riqueza natural de América –y tal vez del mundo- en la frontera del estallido social. Nada muy distinto de lo que hizo la vieja izquierda sesentera, en todo caso.

Pero sería buena hora para que nuestras autoridades tomaran el camino sensato que quiere la inmensa mayoría de los chilenos, buena parte de los propios dirigentes de la coalición gobernante, además de toda la oposición, y volvamos a lo obvio: retomar nuestra pertenencia al grupo de los países que progresan y condenemos de verdad, sin eufemismos, la dictadura chavista, así como tomemos distancia de las malas prácticas de la política argentina.

Como en la película de Schumacher tengo la impresión que también nosotros tenemos un juego de identidades cambiadas, porque ¿cuál es el proyecto de la presidenta Bachelet, el de su primer gobierno o el de ahora y cuál es el sustituto aparente? Definirse de una buena vez en contra del chavismo, en su expresión política y económica, sería una buena forma de sorprender, de dejar atrás las malas compañías y hacer feliz al público.

Pero, para ser sincero, al menos para el autor de esta humilde columna, esto no es más que el sueño de una noche de verano; porque la simpatía por chavistas y kirchneristas es el resultado lamentablemente predecible y sin la gracia que los mismos actores mostraron en otro tiempo, cuando sorprendían haciendo lo que era tan correcto como inesperado.

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