Urge levantar una alternativa política que conjugue el legítimo orgullo por lo construido durante los últimos 40 años y la visión de futuro que se requiere para poner en el centro de la agenda política los verdaderos problemas de los chilenos.
Publicado el 12.02.2016
Comparte:

“Ustedes, los chilenos, no la tienen tan mal”, me comentaba un diputado argentino al conversar, seguramente comparando con lo que han debido soportar en el país de Kirchner y Fernández en los últimos años. Conversábamos sobre la situación de América Latina en el marco de un programa de formación organizado por la Florida International University para un grupo de jóvenes parlamentarios, alcaldes y representantes de la sociedad civil de distintos países del continente.

Durante varios días hemos podido conocer la estructura del gobierno norteamericano a nivel estatal y local, así como seguir de cerca las primarias presidenciales. Pero, sin duda, una de las cosas más valiosas es la conversación entre los asistentes sobre la situación de cada uno de nuestros países.

Las representantes de Ecuador lamentan la pérdida de importantes libertades políticas como, por ejemplo, la de expresión; la de Nicaragua denuncia el control del Estado por parte del Frente Sandinista de Daniel Ortega; la de Bolivia comenta sobre el despilfarro de recursos públicos y el intento de mantenerse en el poder de Evo Morales, entre otras situaciones. La única nota de optimismo la presenta el representante de Argentina, quien confía en las gestiones de Mauricio Macri para rescatar al país después de varios años de gobierno kirchnerista. Y, ciertamente, no hemos contado con personas de Venezuela, que vive una situación dramática, o de Cuba, cuya dictadura se extiende cansinamente por décadas.

Frente a este panorama corresponde valorar la situación económica, política y social en que se encuentra Chile, si lo miramos desde una perspectiva de largo plazo y no exclusivamente por las malas noticias puntuales que nos llegan. Hay muchas razones para estar orgullosos y alegrarnos de lo que hemos hecho bien.

Chile es el país con el mayor Índice de Desarrollo Humano de la región, por encima de Argentina o Uruguay. Además, es el más rico de América Latina, considerando el PIB per cápita, y es uno de los principales destinos de la inversión extranjera en la región. En materia social, las universidades chilenas se encuentran dentro de las mejores de Latinoamérica y la pobreza ha disminuido sistemáticamente en los últimos 30 años, aunque las razones para celebrar se mezclan con la convicción de que hay tareas pendientes en estos ámbitos.

Y si bien Chile “no la tiene tan mal”, el consenso político, económico y social que logró estos resultados en las últimas tres décadas está siendo fuertemente cuestionado por parte importante de la actual coalición gobernante. El desarrollo nacional se cimentó en un acuerdo transversal sobre las ideas de democracia en materia política; libertad en la economía y focalización del gasto público, con una opción preferente por los más pobres en materia social.

Durante muchos años nos cuestionamos cuándo se había cerrado la transición en Chile. Podría haber sido el mismo 11 de marzo de 1990, cuando el poder pasó de un militar a un civil, de Pinochet a Aylwin. Sin embargo, algunos argumentaron que con Ricardo Lagos, al ser el primer socialista electo después de Salvador Allende; otros sostuvieron que Michelle Bachelet, al ser la primera mujer que asumía como jefa de Estado, marcaba un cambio de ciclo; otros sostuvieron que el triunfo de Sebastián Piñera cerraba la transición, por la significancia histórica y política de la alternancia en el poder.

Cuando la discusión sobre la transición chilena estaba concluida, un sector de la izquierda expresó públicamente su arrepentimiento por cómo habían llevado el país entre 1990 y el 2010. Se arrepintieron de muchas cosas y paralelamente olvidaban sus propios éxitos. Les duele recordar que Eduardo Frei Ruiz-Tagle introdujo el copago de los padres en materia escolar o que el Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos fue negociado por el republicano George W. Bush por un lado y el socialista Ricardo Lagos por otro. Ni qué decir cómo quieren olvidar las palabras de Lagos celebrando las reformas constitucionales de 2005 y declarando que por fin Chile tenía una Constitución que no nos dividía, solo por nombrar algunos ejemplos. Por eso la izquierda juvenil no admira ni tolera a esos “líderes de la transición” que renunciaron a sus ideas y gobernaron con las ajenas, convertidos en meros administradores de un sistema que no les es propio.

Chile no es el único lugar donde esto ocurre. España vive una situación similar. La izquierda reniega de la transición, de la Constitución y promueve un clima de polarización política. Pablo Iglesias es un ejemplo de esto. Comprender la actual situación de España requiere “Entender a Podemos”, como titula Iglesias su ensayo en la New Left Review, en la que llama a la izquierda a reconocer su derrota histórica y a construir su alternativa política sobre esa realidad, así como comprender la incapacidad de los partidos tradicionales (el PP y el PSOE) de canalizar las inquietudes de una ciudadanía empoderada y exigente.

Mientras la izquierda se lamenta y duda, urge levantar una alternativa política que conjugue el legítimo orgullo por lo construido juntos durante los últimos 40 años y la visión de futuro que se requiere para poner en el centro de la agenda política los verdaderos problemas de los chilenos. Acabar con la defensa del status quo, pero no con retroexcavadoras, sino poniendo a Chile nuevamente en la ruta del progreso. No basta simplemente con no estar tan mal, precisamente porque sabemos que Chile puede estar mucho mejor.

 

Julio Isamit, Coordinador General Republicanos.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

Ingresa tu correo para recibir la columna de Julio Isamit