Hay matrimonios que, pese a sus desacuerdos, se mantienen unidos, ya sea por costumbre, por conveniencia o sencillamente por temor a los rigores de la separación. Pero esos equilibrios precarios se rompen cuando aparece un tercero que hace explícito lo que hace rato estaba implícito. Eso hizo Nicolás Maduro la semana pasada, se instaló en la Nueva Mayoría como ese tercero cuya presencia señala el único camino posible: el divorcio.
Publicado el 03.04.2017
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El régimen de Nicolás Maduro se instaló en el centro de la política latinoamericana durante la semana pasada. Mucho se ha dicho acerca de lo que sucedió en Venezuela y el estado en que el socialismo del siglo XXI tiene a ese país –bastante comparable a lo que el socialismo del siglo XX le hizo a otros, incluido Chile-; entre nosotros se expresó una clara división entre los que vemos la dictadura bolivariana y los que ven un gobierno democrático en el que, al decir del senador Alejandro Navarro, las instituciones funcionan.

Pero quisiera detenerme un poco en lo que pasó en la Nueva Mayoría con el autogolpe que pretendió disolver el Congreso de ese país, porque creo que el tema merece un par de reflexiones. En la coalición de Gobierno se apreciaron tres actitudes: la de los DC que condenaron, como han hecho reiteradamente, la acción antidemocrática de quitar sus facultades al Congreso; luego, los comunistas que, también consecuentes con su conducta reiterada, defendieron al Gobierno venezolano; y, por último, un grupo que se representa bien en la actitud de la Presidenta Bachelet, de quienes vacilan, toman distancia sin condenar y hablan en frases de censura condicional del tipo: “Cualquier cosa que pudiera afectar la democracia”. ¿Cuál democracia?, se pregunta uno, si eso no se ve por Venezuela hace mucho tiempo.

En fin, el problema de la Nueva Mayoría es que el chavismo los coloca frente a una definición que no tiene nada de teórica; por el contrario, es tan concreta y presente como puede serlo, y es, además, esencialmente política. El diputado Teillier o el senador Walker no son un par de profesores de ciencia política, que escriben artículos académicos y debaten acerca de los requisitos de la democracia. Ambos son políticos plenamente activos, que legislan y disputan el apoyo popular para impulsar su particular visión de la democracia y el Estado de derecho.

Entonces, cuando ambos se definen respecto de Venezuela –los menciono a ellos para ejemplificar el argumento- nos están diciendo claramente cuáles son las visiones que consideran normales y deseables para el funcionamiento de un régimen político. Lo que ellos consideran malo para los venezolanos también debemos asumir lo estimarán malo para los chilenos, así como lo que consideran que es normal y bueno para ellos será deseables para nosotros acá.

Y no me digan que son realidades distintas, esa sería una explicación pueril, porque de lo que estamos hablando es de los principios que informan un sistema de gobierno, cualquiera sea, en el país que sea.

Lo que ha dejado en evidencia Maduro con su aparentemente fracasado autogolpe es la imposibilidad que tienen, para ser parte de un mismo proyecto político, dirigentes cuyas visiones acerca de lo que es una forma de gobierno legítima son completamente contrapuestas.  Quienes están en esa situación pueden tener, eventualmente, acuerdos tácticos, o en ciertas circunstancias hacer oposición común, pero lo que no pueden hacer es gobernar juntos, porque ello inevitablemente conduce a que uno de los dos se diluya en la visión predominante del otro. O a que se anulen, tal como –según enseña la física- ocurre a dos vectores de igual magnitud y dirección, pero de sentido contrario.

Una mezcla de esto es lo que hemos visto en el Gobierno de la Presidenta Bachelet: en algunos temas la DC se ha diluido en las posiciones de izquierda del pacto, como en la reforma educacional; en otros, como pacto no han sido capaces de avanzar en ninguna dirección, por ejemplo en materia constitucional.

Lo que hace Maduro, con su estilo rústico y torpe, es llevar las cosas a un punto en que no hay matices, no hay espacio a la interpretación. Por decirlo de alguna manera, cruza, con la sutileza de un paquidermo, la línea que divide la hipocresía del cinismo.

Hay matrimonios que, pese a sus desacuerdos, se mantienen unidos, ya sea por costumbre, por conveniencia o sencillamente por temor a los rigores de la separación. Pero esos equilibrios precarios se rompen cuando aparece un tercero que hace explícito lo que hace rato estaba implícito. Eso hizo Maduro la semana pasada, se instaló en la Nueva Mayoría como ese tercero cuya presencia señala el único camino posible: el divorcio.

 

Gonzalo Cordero, #ForoLíbero

 

 

FOTO: DAVID CORTES SEREY/AGENCIAUNO

 

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