La polémica votación fue rechazada desde un principio por la oposición, que no presentó candidato alguno a la asamblea constituyente por considerar fraudulento el proceso. Pero también colisionó con la voz de una parte importante de la comunidad internacional, empezando por EE.UU. que ayer impuso sanciones económicas al propio Maduro. México, Perú, Argentina, Panamá, Colombia, España y otros 23 países tampoco reconocen los resultados de esta elección, que consideran ilegítima. Incluso el Gobierno chileno, habitualmente silencioso frente a los excesos anti democráticos del régimen venezolano, descalificó la votación a través de la Cancillería.
Publicado el 01.08.2017
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En 1999, en un contexto diametralmente opuesto y con el chavismo como primera fuerza política, el hoy fallecido Presidente Hugo Chávez convocó a la anterior Asamblea Constituyente. Casi 20 años después, en un escenario marcado por la agitación social y una violencia sin precedentes cuyo saldo fueron 16 personas fallecidas, el oficialismo realizó una elección para su nueva Asamblea Constituyente el pasado domingo. Esta fue convocada por su Presidente, Nicolás Maduro, quien para ello se amparó en lo establecido en el artículo 347 de la Constitución Política, la misma que él viola constantemente, pero que utiliza en su favor cuando así lo decide.

La polémica votación fue rechazada por la oposición desde un principio, que no presentó candidato alguno a integrar dicha Asamblea por considerar fraudulento el proceso. Pero también colisionó con la voz de una parte importante de la comunidad internacional, empezando por EE.UU. que ayer impuso sanciones económicas al propio Maduro. Por su parte, México, Perú, Argentina, Panamá, Colombia y España forman parte de una lista de 29 países que tampoco reconocen los resultados de estas elecciones, que consideran ilegítimas. Incluso el Gobierno chileno, habitualmente silencioso frente a los excesos antidemocráticos del régimen venezolano, descalificó la votación a través de la Cancillería. La situación a nivel internacional es clara: Nicolás Maduro y su dictadura están solos en el desierto.

Obviando el hecho de que esta convocatoria debió haber sido propuesta por la ciudadanía mediante un proceso de consulta y no directamente por el Presidente, y que además debió ser pluripartidista y no un desfile de títeres del Gobierno, la realización de estos comicios marca un hito en el conflicto. Porque pese a que desde hoy el Parlamento será exclusivamente oficialista, el desgobierno de Maduro se encuentra muy lejos de  poder cantar victoria. Esto es, ante todo, materia de números. Para considerar “legítima” la votación, el Gobierno debía conseguir al menos un 25% de participación ciudadana y, según cifras reveladas por el presidente de la Asamblea Nacional -democráticamente electa-, Julio Borges, apenas el 7% del padrón electoral sufragó anteayer. En otras palabras, más del 90% del país repudió la elección, confirmando el fracaso del oficialismo, al cual incluso los mismos chavistas han dado irremediablemente la espalda.

La nueva Asamblea Nacional tiene como misión redactar una nueva Constitución y reformar el Estado con claros fines: deshacerse de los poderes públicos que hoy estorban y, de esta manera, perpetuarse en el poder. Sin embargo, estas elecciones no sólo han ratificado ante los ojos de la comunidad internacional que en Venezuela se consolida la dictadura chavista, sino que además se corrobora el antagonismo mayoritario frente al Gobierno, cuyo resultado inevitablemente llevará a más inestabilidad.

Con esta Asamblea Constituyente -proceso destructivo de la convivencia en la sufrida Venezuela- Maduro desconoció la voz del pueblo. Resulta lamentable, ya que el sistema político que coloca a las mayorías al margen de las decisiones de su administración frustra el deseo de todo hombre de ser instrumento de su propia realización, pasando a ser una ficha más en el tablero nacional o en este caso, un peón más de la dictadura.

En una deriva autoritaria, sin apoyo electoral, aislado políticamente y al mando de un régimen autoritario, Nicolás Maduro continúa desafiando al pueblo y a su moral herida.Y si bien las próximas horas —y las decisiones que tomen en ellas tanto el oficialismo como la oposición— serán claves para determinar el futuro del país, se auguran semanas de alta intensidad donde resultará difícil encontrar solución a este conflicto, al menos por la vía del diálogo. Así, mientras pasan los días y continúa este círculo vicioso compuesto por tiranía y anestesia de los poderes públicos, el chavismo se inscribe en la historia regional como una sorpresiva dictadura, a estas alturas, en la segunda década del siglo XXI.

 

Natalia Farías, investigadora Centro de Estudios Bicentenario

 

 

FOTO: ALEJANDRO ZOÑEZ/AGENCIA UNO