Festejos en Cambiemos, la derrota de Scioli y los desafíos de gobernabilidad que le esperan a Macri.
Publicado el 23.11.2015
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En el búnker de Cambiemos, partido de Macri, todo era alegría y esperanza. Desde las 6 de la tarde, hora en que se cierra la votación en el país, y sin datos oficiales, ya se percibía el triunfo. La gente se acercaba de manera pacífica a celebrar tanto allí como al Obelisco, lugar emblemático de encuentro. Iban familias con niños, adultos mayores, jóvenes… llevaban las banderas del país o poleras de la Selección. Nada organizado, todo espontáneo y de manera tranquila.

En cambio, en la Plaza de Mayo y muy cerca en un hotel, que se usaba como búnker de Scioli, el clima era otro. Sabían que habían perdido, pero tenían que demostrar que siguen siendo poderosos. El aparto kirchnerista sigue funcionando y desplegaron las banderas con las imágenes de Néstor y Cristina en las organizaciones de La Cámpora y Unidos y Organizados.

Estas dos imágenes de los búnker resumen de alguna manera lo que fue la campaña de un lado y del otro: la nueva y vieja política. Un partido eligió el discurso del diálogo, la paz y la unidad, mientras que el otro prefirió ir por el camino del atropello, la descalificación y sembrar el miedo ante la posibilidad que gane la oposición. Desde Cambiemos apostaron a una campaña basada en escuchar lo que los ciudadanos pedían, acercarse casi puerta a puerta y dialogar con ellos. La otra eligió el camino de la imposición, el gasto extremado en carteles, grafitos y pegatinas. El resultado está a la vista.

Esta elección dejó a Scioli como el gran perdedor. Cargará con la culpa de no haber podido continuar con el famoso “modelo”, como ellos bautizaron a las políticas ejercidas por los Kirchner en el país. Cristina no es una persona que asuma derrotas, por eso en el día de ayer se refugió en el sur, con su círculo íntimo, no mencionó nunca a Scioli, y sólo accedió a juntarse con el presidente electo.

Daniel Scioli históricamente fue un hombre más conciliador que los K. Solía juntarse con la oposición y era más abierto al diálogo. Eso siempre le permitió medir bien en las encuestas y sólo por esto fue elegido como el sucesor de Cristina en las elecciones. Pero, probablemente por recomendación de sus asesores, durante toda la campaña, especialmente previo al balotaje, se mostró muy agresivo y aplicando la famosa “campaña del miedo”. Ayer, en su discurso cuando tuvo que aceptar la derrota, se mostró abatido y siendo el Scioli de siempre. Aceptó que el país eligió la “alternancia”, pero siguió defendiendo el modelo Kirchnerista.

Ahora bien, Mauricio Macri, hombre ni peronista ni radical, ganó las elecciones en la Argentina. Es el nuevo Presidente electo con un 51,4% de los votos. En un país fragmentado, Macri tiene a su favor controlar los tres poderes ejecutivos más decisivos del país -Nación, Provincia de Buenos Aires y Ciudad- y donde vive casi la mitad de la población, lo que le da una buena cuota de poder. En cambio, tanto en la Cámara de Diputados como de Senadores no tiene quórum propio y el Frente para la Victoria (partido de los Kirchner) retuvo la mayoría. Una vez más aparece entonces Massa en el juego, ya que se deberá negociar con sus legisladores para obtener la aprobación de los distintos proyectos de ley que necesitará Macri para gobernar el país.

La demanda de diálogo, el consenso, las políticas de Estado y volver a los valores republicanos son los bastiones con los que Macri ganó. Él sabe que necesita eficiencia en la gestión y para eso armar equipos de trabajo que obtengan resultados. No le será fácil. El país, luego de 12 años de gobierno de los Kirchner, tiene déficits estructurales importantes y, aunque Macri ganó, lo hizo con un resultado ajustado. Será por esto y por su forma de ser que una vez más Mauricio Macri se mostró alejado del odio, de las revanchas y habló de un nosotros e invitando a sumarse a todos los que no lo votaron.

 

Inés de Elizalde, Licenciada en Comunicación Social.

 

FOTO: FANPAGE DE MAURICIO MACRI