La pregunta siguiente es: por qué los medios se muestran laxos con estos personajes, mientras con otros afinan la puntería y cumplen cabalmente con su rol escrutador.
Publicado el 30.09.2016
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Luis Larraín publicó ayer una magnífica columna sobre el mismo personaje al que dedico la mía hoy, complementando esa mirada. Lo hago con rabia, porque Rafael Garay se burló despiadadamente de todo un país, de su mujer y del hijo que espera, de miles de madres, de chilenos condenados a muerte por el cáncer real, de quienes nos conmovimos con este hombre, que en la flor de la vida ¡no podía morir! (nunca me compré su talento como economista, algo me parecía falso o excesivamente cuidado, no lo seguí nunca en las redes, pero me dolió su enfermedad). Porque, además, vendiéndoles humo, se arrancó a Europa con los ahorros de una veintena de incautos, después de dictar cátedra durante meses, advirtiendo a los chilenos de las estafas piramidales. Con toda tranquilidad, titulaba “¡Cuidado con la pirámide!” una columna publicada a principios de año en Publimetro, en la que hacía una serie de recomendaciones, entre ellas “revisar quiénes son los gestores del fondo, las personas detrás de la promesa ¿Qué trayectoria tienen? ¿Son conocidas en el mercado? ¿Poseen un historial financiero impecable?”.

Y tengo rabia, sobre todo, porque en Chile cada vez con mayor frecuencia levantamos divos como quien planta árboles y, mientras más avanzamos en algunos aspectos, más retrasados parecemos en las exigencias que los medios hacen a ciertos líderes de opinión.

Luis Larraín observaba la facilidad con la que se instalan como referentes para los medios los economistas falsos –o verdaderos, pero de excesivo verbo y chantas- que le dicen a la gente lo que quiere oír. La pregunta siguiente es: por qué los medios se muestran laxos con estos personajes, mientras con otros afinan la puntería y cumplen cabalmente con su rol escrutador.

El economista Franco Parisi fue candidato presidencial, vociferaba contra el abuso y se pintó una imagen impoluta. Ahora nos enteramos que pasó sus calzoncillos como gasto electoral (o sea usted y yo pagamos sus bóxer Hugo Boss); que fue despedido de dos universidades norteamericanas por acoso sexual a sus alumnas; y, por si todavía tiene dudas de sus credenciales, que la Masonería se querelló contra él por daños causados en la administración de los colegios La Fontaine y Las Américas, en donde quedó debiendo sobre 500 millones de pesos a sus trabajadores.

El economista Francisco Montaner, con programa de televisión propio y frecuentemente consultado por las radios y las páginas económicas de los diarios, está con prisión preventiva, acusado de estafa desde una corredora de la bolsa.

Y el talentoso Rafael Garay partió por vendernos falsos títulos, para luego levantarse como candidato a senador del PRO, una de las figuras que respaldaron a Marco Enríquez Ominami, y consejero de una clase media que, con toda la razón del mundo, quiere cuidar su dinero y, al mismo tiempo, obtener la mayor rentabilidad (cuestión que, por favor, reconozcamos como una virtud, como una sociedad que valora el esfuerzo; y no como un pecado, la actitud amarga, que expone el éxito como el producto del arribismo y no del trabajo). Todo lo demás lo estamos sabiendo ahora: robó el dinero a sus clientes, planificando su huida de Chile con meses de anticipación y una inteligencia asombrosa, inventándose un cáncer, que lo obligaría a viajar para tratarse fuera. Y un día, se marchó a Europa, probablemente para siempre.

Falsos profetas han existido siempre desde que los seres humanos tenemos sentido del poder, el prestigio y la influencia; las cortes reales estaban llenas de ellos, hasta que eran descubiertos y expulsados o decapitados con algún pretexto, dependiendo del humor del rey. Pero en 2016, lo mínimo que podemos exigir a los medios de comunicación y especialmente después de esta experiencia, es que usen todos los medios disponibles, desde la intuición, pasando por el sentido común, hasta Google y la consulta a los pares, antes de fabricar estrellas, que luego explotan como granadas de mentira y decepción.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO: PABLO VERA/AGENCIAUNO

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