La última esperanza de que prime el buen sentido es que el electorado haya madurado desde 2013 y que actúe con el criterio que no han mostrado aquellos a quienes eligió en esa oportunidad.
Publicado el 01.01.2016
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Dejamos atrás un 2015 muy acontecido e ingresamos con expectación a 2016. ¿Un viaje a lo desconocido? Apenas. Por supuesto, todo puede ocurrir, pero las señales son ominosas. Una seguidilla de escándalos en múltiples frentes ha instalado entre nosotros una desconfianza crónica hacia los políticos, los partidos, el gobierno, el Congreso, la Iglesia, el Ejército, los empresarios, incluso el fútbol; la economía se estanca y ya hay voces que advierten que vendrán tiempos duros si seguimos gastando como vacas gordas sin asumir la delgadez de nuestros ingresos; el ideologismo y la utopía se enseñorean, con un oficialismo que, en su voluntad de satisfacer “derechos sociales”, se resiste a ver la realidad en los hechos; instituciones antaño prestigiosas son presas de la manipulación y debilitadas por los mismos que deberían fortalecerlas; el aventurerismo se encarna en un proceso constituyente de contornos y contenidos imprecisos: no se sabe lo que es, cómo funciona, ni menos hacia dónde nos lleva.

Si 2015, el annus horribilis, sirvió para algo, fue para advertirnos del rumbo errático que hemos tomado. Pero nuestros líderes son sonámbulos que siguen caminando al despeñadero. La Presidenta de la República reconoce que 2015 ha sido su peor año, pero opta por seguir el curso, incluso autoinfligiéndose crisis con decisiones desconcertantes, como su viaje a La Araucanía. Ha escogido hundir al país con la bandera al tope. Aunque el ministro de Hacienda insista en confundirnos al decir que el “realismo sin renuncia” tiene vida, y algunos legisladores DC y opositores pataleen con más oportunismo que convicción, la Mandataria escapa hacia adelante. Ha dicho que no cederá, no obstante la escasa popularidad, los errores manifiestos, los reparos de órganos como el Tribunal Constitucional. Prefiere desafiar a quienes quieren que altere el rumbo: “No me conocen”, les advierte. Su terquedad sería admirable si no nos condenara a seguir padeciéndola.

Al sonambulismo presidencial se suma el de una clase política aferrada al poder, pese a que éste es cada vez más líquido. Y el de una elite golpeada que no sabe cómo responder luego de confirmarse que anda desnuda. En 2015 terminó de cerrar el círculo vicioso: la crisis de credibilidad se alimenta de sí misma y va cobrando la dinámica propia de una bola de nieve.

¿Quién podrá defendernos?

Ya que no parece haber nadie sensato allá arriba, quizás sea la hora de los de abajo. La última esperanza de que prime el buen sentido es que el electorado haya madurado desde 2013 y que actúe con el criterio que no han mostrado aquellos a quienes eligió en esa oportunidad. Las municipales de octubre entregarán pistas de lo que puede esperarse para las legislativas y presidenciales de 2017. Una de las bellezas de la democracia es que, cada cierto tiempo, los políticos deben callar para someterse a la decisión de los votantes. Estos no siempre han sido sabios, pero, dado el sonambulismo de nuestros líderes, la eventual existencia de una mayoría silenciosa que escoja con prudencia es el único salvavidas al que podremos aferrarnos en 2016.

 

Juan Ignacio Brito, periodista.

 

 

FOTO: MARCELO SEGURA/ AGENCIAUNO.