Es un signo de la magnitud de la derrota experimentada por la Nueva Mayoría, y de la precariedad de su legado, su incapacidad para reconocer la profundidad de aquella y de proyectar las ideas que deberían ser parte de su herencia. Al contrario, el incumbente vencido se muestra sin espíritu, carece de una explicación para su derrota, no reflexiona críticamente, se halla desmotivado, sin propuestas para el futuro, sin claridad sobre su rol opositor, sin figuras de peso, sin liderazgos.
Publicado el 08.03.2018
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A escasos días de que asuma el nuevo gobierno, el cuadro político se mueve entre el legado y la promesa. ¿Qué deja tras de sí la saliente administración Bachelet? ¿Y qué se puede esperar de la administración entrante?

Por lo pronto, este es un cambio de marea previsible. Ningún grupo, coalición o líder —haya sido exitoso o fracasado en la gestión del gobierno— puede aferrarse a él (por mucho que desee hacerlo) y permanecer allí más que el período previsto por la ley. En esto consiste la alternancia democrática del poder.

En Chile, este proceso de renovación de las autoridades ha sido, además, “ejemplar”, como gusta decir la prensa local. Nadie tiene duda alguna de qué, cuándo y cómo sucederá. No hay espacio para ninguna ambigüedad. Además, la regla sobre duración del mandato —de apenas cuatro años— es un eficaz antídoto contra el afán de gloria, las ambiciones excesivas, los planes refundacionales y los malos gobiernos.

Contrariamente a lo que suele decirse, la brevedad del período presidencial es una sana y sabia medida liberal. Obliga a los gobiernos a focalizar sus prioridades, reduce los riesgos de la demagogia y está a tono con el espíritu de época que se halla marcado por la aceleración, la obsolescencia y la levedad.

Sirve también para recordarnos que la suerte del país depende más de las personas y sus asociaciones y desempeños en el seno de la sociedad civil, que de los gobiernos que elegimos. Estos pasan, ¡y relativamente rápido!, dejando huellas que sus sucesores pueden continuar o modificar. Más y más, las elecciones democráticas consisten precisamente en una decisión sobre la continuidad o el cambio del gobierno, su personal superior, orientaciones y planes.

Por lo mismo, el primer y mayor legado al que aspira un(a) Presidente(a) y la alianza de partidos que la o lo apoyan es una sucesión de continuidad. Su anhelo es que el soberano se pronuncie a favor de la obra realizada y elija nuevo personal para seguir conduciendo por el mismo camino, en la misma dirección, dentro de un mismo esquema ideológico y con equipos compuestos por fuerzas y cuadros dirigentes similares.

A la administración Bachelet, y a ella como líder de la Nueva Mayoría, el pueblo les negó la continuidad de su legado. No evaluó positivamente al gobierno en su vértice, a los partidos de la NM, a las ideas de reforma propuestas por la administración ni a su estilo de gestionar los asuntos que interesan a la población.

No sólo eso. Además, votó —con un amplio margen de mayoría— por la oposición y su promesa de un gobierno más efectivo, más realista en cuanto a los medios disponibles, más consciente de las fallas del Estado, más interesado en satisfacer demandas de las clases medias que en acusarlas de ser oportunistas, pequeño-burguesas, vacilantes, consumistas, preocupadas por el estatus y la distinción de sus capitales simbólicos.

De hecho, es un signo de la magnitud de la derrota experimentada por la NM, y de la precariedad de su legado, su incapacidad para reconocer la profundidad de aquella y de proyectar las ideas que deberían ser parte de su herencia. Al contrario, el incumbente vencido se muestra sin espíritu, carece de una explicación para su derrota, no reflexiona críticamente, se halla desmotivado, sin propuestas para el futuro, sin claridad sobre su rol opositor, sin figuras de peso, sin liderazgos.

Tampoco se hace cargo de la crisis por la que atraviesan las ideas del progresismo socialdemócrata en el mundo occidental. Ni de sus derrotas recientes en Italia, Alemania, Francia e Inglaterra, que han sido, además de descalabros electorales, derrotas de carácter ideológico y cultural. Es la falta de proyectos de futuro lo que tiene paralizada a las izquierdas.

El gobierno entrante tendrá que mostrar, a partir de la próxima semana, de qué madera está hecho y cómo espera actuar en lo inmediato (Sename y los niños, La Araucanía y el desbordamiento del Estado de derecho en su función más elemental de proteger la seguridad de las personas y su propiedad, la crisis de Carabineros, las relaciones con Bolivia, la inmigración y sus regulaciones, etc.). Y, enseguida, cómo se conducirá en el mediano plazo, dentro del breve período para el cual fue elegido (reforma previsional, ordenamiento de la salud, recalibramiento y revisión de varios aspectos de la reforma educacional, modernización del Estado, crecimiento de la productividad, etc.).

Es cierto que en la alternancia democrática es más cómodo entrar que salir del gobierno, sobre todo cuando se interrumpe la continuidad de los incumbentes. Pero, en la coyuntura actual, el gobierno saliente —fiel a su trayectoria errática e improvisada— ha decidido lanzar una salva (“serie de cañonazos consecutivos y sin bala disparados en señal de honores o saludos”) enviando al Congreso un proyecto de nueva Constitución, cuyo texto es desconocido por los partidos oficialistas, no se discutió seriamente dentro del propio gobierno, ni ha sido enriquecido con la opinión de especialistas y organismos representativos de la sociedad. Atrás quedaron los diálogos comunitarios, cuyo recuerdo se desvanece frente al absoluto personalismo de este proceso en su etapa decisiva.

El gobierno entrante, en tanto, ha actuado con mayor mesura y sin tanto disparo al aire. Mas necesitará revelar pronto su plan de acción, prioridades, medidas que impulsará y su visión del desarrollo del país, sin alimentar vanas expectativas ni frustrar las aspiraciones de la gente. Es un delicado equilibrio, difícil de obtener.

La anterior administración Piñera fracasó en proyectar su propia continuidad, en parte importante por la falta de un relato que comunicara sus intenciones, ideas y metas. El suyo fue un gobierno mudo ideológicamente, que en vano pretendió sustituir las palabras con acción, las emociones con el cálculo, la racionalidad social y política con la del homo economicus. Su perfil fue, por eso mismo, borroso: ni liberal ni neoliberal, ni conservador ni neoconservador. Tecnocrático, quizás. Más temeroso de las fallas del Estado que consciente de las fallas del mercado. Más inclinado hacia la eficiencia que hacia las identidades. Con escaso carisma cultural. Y con ningún deseo de impulsar la deliberación pública.

Está por verse cómo se desenvolverá la segunda administración Piñera. Y, por su lado, cuáles serán los próximos pasos de una oposición que hoy aparece fragmentada y confundida.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRÁN GAETE/AGENCIAUNO