Existe una forma lineal de razonar en política que opta por no ver las interacciones, lo que en los hechos se traduce en indiferencia hacia lo que venga después de dar un determinado paso. Es el desprecio por el sentido de las proporciones. Esa manera de pensar y de actuar suele presentarse como el non plus ultra del progresismo, pero en realidad es una forma de negligencia, que deja abierto el camino para cualquier desvarío. El régimen de libertades está siempre amenazado por la irracionalidad.
Publicado el 31.03.2018
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Mientras se desarrollaban los alegatos en la Corte Internacional de Justicia en La Haya, se volvieron a escuchar las voces de quienes, dentro de Chile, abogan por una salida soberana de Bolivia hacia el Océano Pacífico a través de nuestro territorio. Uno de ellos fue Gabriel Boric, diputado del Frente Amplio, quien escribió en Facebook el 20 de marzo: “Creo que una característica esencial de la izquierda es ser internacionalistas. En el caso con Bolivia creo firmemente que la solución no pasa por Cortes, sino por solidaridad e integración. Estoy por una salida al mar para Bolivia…”  Y agregó más adelante: “No me hace sentido ningún tipo de nacionalismo, ni aquí ni allá”.

Boric asocia su postura, entonces, al internacionalismo, la solidaridad y la integración, y al rechazo de los nacionalismos que, según él, definen a la izquierda. Sería pues, una posición fundada en una motivación generosa. Ahora bien, él es magallánico y, como sabemos, la gente de esa región expresa una especie de patriotismo regional que es perfectamente comprensible. Es el cariño a la patria chica, al terruño, como el que tienen los porteños por Valparaíso y los iquiqueños por su tierra. Como la franja del territorio que Boric está dispuesto a entregar corresponde a la región de Arica y Parinacota, tenemos que concluir que la suya es una generosidad a distancia, en la que no cabe la preocupación por lo que le pasaría a la gente que vive y trabaja allí en el caso de que la frontera norte se modificara. ¿Y cómo serían las cosas si fuera Magallanes la región fronteriza de la que Boric propone entregar una parte? ¿Qué diría en ese caso?

No estamos ante una generosidad inocua. Si en Bolivia hubiera un gobierno de derecha, no habría una campaña de los grupos de izquierda por la salida al mar para ese país. Ha sido la presencia de Evo Morales, que gobierna desde 2006, la que ha inflamado la pasión revolucionaria. En marzo de 2014, luego de participar en la ceremonia de asunción de Michelle Bachelet, el gobernante boliviano asistió a un acto en el teatro Caupolicán cuyo lema era “Mar para Bolivia”. Uno de los organizadores del acto fue el Movimiento Patriótico Manuel Rodríguez (MPMR) y entre sus asistentes estuvieron Eduardo Artés, el ex candidato presidencial stalinista, y Luis Mesina, líder del movimiento “No+AFP”.

Como es sabido, las actuales fronteras en todo el mundo son el resultado de muy complejos procesos históricos, traumáticos en muchos casos, en los que la guerra ha jugado un papel central. Basta con observar la Europa que surgió luego de la Segunda Guerra Mundial, a mediados de los 40, y también los cambios producidos por la disolución de la URSS, a partir de marzo de 1990, que significaron la desaparición de algunas naciones y la aparición de otras.

Afortunadamente, están lejanas las guerras en las participó Chile, la más costosa de las cuales fue la Guerra del Pacífico. Pero nadie está en condiciones de asegurar que no estallará un nuevo conflicto armado en el futuro. Nunca sabemos hasta dónde puede llegar la insensatez de determinados gobernantes. Precisamente por eso, es grave que Morales haya llevado su provocación hasta el punto de decir que “Antofagasta era, es y será boliviana”. Eso es jugar con fuego. En La Haya afirmó incluso que el Tratado de 1904, que estableció las actuales fronteras, “no es de paz ni amistad”.

Es antigua la demanda boliviana de un acceso soberano al Pacífico a través del territorio chileno, pero es reciente su agresividad. Coincide con la llegada de Morales a la Presidencia de Bolivia, cuando descubrió que esa demanda podía ayudarle a ser el adalid de una gran gesta nacionalista que, de paso, le sirviera para quedarse un largo tiempo en el poder. Fue Hugo Chávez quien lo alentó a lanzar su ofensiva política y propagandística contra Chile. Y el heredero del bolivariano, Nicolás Maduro, reiteró en los últimos días el respaldo a la causa de modificar las fronteras entre Bolivia y Chile. Más vale tomar en serio a los aventureros. Mucho más cuando actúan convencidos de que son redentores de sus pueblos.

Un video difundido por el Núcleo de Integración Latinoamericana de la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, permitió conocer la posición de algunos compatriotas que han sido honrados por el Estado de Chile con el premio nacional en sus especialidades. Según la versión de La Tercera, se trata de filmaciones hechas en diversos momentos a Tomás Moulian (Ciencias Sociales y Humanidades), Raúl Zurita (Literatura), Manuel Antonio Garretón (Ciencias Sociales y Humanidades), Juan Pablo Cárdenas (Periodismo), Jorge Pinto (Historia), Juan Radrigán (Artes de la Representación) y Julio Pinto (Historia). Cada uno manifiesta a su modo la simpatía con la salida al mar para Bolivia. El poeta Zurita lo dice así: “Bolivia va a tener mar porque no obedece a ninguna lógica que un país que tiene cuatro mil kilómetros de costa no pueda ceder, donar, entregar o devolver a un país hermano que no tiene. El océano, el mar, no reconoce fronteras. Algún día será todo esto recordado como una extraña pesadilla. Algún día las fronteras se borrarán y estaremos chilenos, peruanos y bolivianos todos bailando juntos en las costas del Pacífico”.

No sabemos cuánto tiempo falta para que se borren las fronteras y bailemos, ni cuánto para que la fraternidad universal se imponga en el planeta. ¡Cómo no compartir ese anhelo! Pero no tenemos más alternativa que actuar en el planeta real, en el que existen las naciones, y por ende las fronteras, los pasaportes, los controles, el contrabando, el narcotráfico, etc. Podemos soñar también con la desaparición del Estado, pero estamos obligados a pagar impuestos. Podemos considerar que ciertas leyes están mal hechas, pero sabemos que burlarlas tiene un precio. En fin, podemos celebrar el fuego de la poesía, pero tenemos que vivir en prosa, o sea con los pies en la tierra, porque también existen la política y el derecho, el comercio global y los tratados internacionales, la diplomacia y las fuerzas militares. Y todo ello es lo que permite que la vida sea más civilizada, no las ensoñaciones.

En el video, Manuel Antonio Garretón afirmó que “si nos encerramos en una identidad que está basada en hechos militares, en guerras, y no en procesos de reconstrucción histórica, yo creo que el país va a ser un país aislado”. Esto sí que es llamativo, además de inquietante. Nuestra identidad nacional incluye por supuesto los hechos militares, en primer lugar la guerra de independencia. O’Higgins y Carrera no llevan uniformes por casualidad. Y tampoco es casual que Arturo Prat sea respetado y admirado del modo que lo es. La historia fue como fue. Y nuestra identidad se forjó con la contribución de los hombres de armas y los hombres de derecho, de los artistas y los empresarios, de los políticos y los sindicalistas, de los poetas y los profesores de historia, etc. En consecuencia, los reduccionismos no nos sirven para entender lo que somos: ciudadanos de una nación concreta, con la cual tenemos un vínculo entrañable y cuya suerte nos compromete.

Existe una forma lineal de razonar en política que opta por no ver las interacciones, lo que en los hechos se traduce en indiferencia hacia lo que venga después de dar un determinado paso. Es el desprecio por el sentido de las proporciones. Algo así como “que pase lo que pase”. Esa manera de pensar y de actuar suele presentarse como el non plus ultra del progresismo, pero en realidad es una forma de negligencia, que deja abierto el camino para cualquier desvarío, lo cual confirma que el régimen de libertades está siempre amenazado por la irracionalidad.

Tenemos la suerte de ser ciudadanos de un país en el que los Presidentes no cambian la Constitución para quedarse más tiempo en el poder, como Morales. Por eso mismo, no podemos actuar desaprensivamente en los asuntos relativos a la soberanía nacional.  Sería útil que todos imagináramos la eventualidad de que nos correspondiera desempeñar responsabilidades en las que tuviéramos que adoptar decisiones sobre el futuro de Chile. Aunque ese momento no llegue, el solo hecho de imaginarlo nos ayudaría a reforzar el sentido de realidad. Quizás tendríamos mayor conciencia de todo lo que está en juego si se aceptara discutir sobre las fronteras. Si algunos no son capaces de imaginarlo siquiera, o les parece un ejercicio inútil, es porque a lo mejor les basta con los gestos, la osadía verbal y la siesta tranquila.

 

Sergio Muñoz Riveros, escritor y analista político

 

 

FOTO: AFKA/AGENCIAUNO